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05.07.2011 | Economía | Por: Estudio Adolfo Ruiz & Asociados

Comercio exterior: sin estrategia, ni táctica. Y sólo con mirada a corto plazo






INFORMADOR PÚBLICO

En toda estrategia geopolítica a mediano plazo, existen tres ingredientes imprescindibles: educación, energía y comercio exterior. Los tres exigen un pensamiento a largo plazo. Y gran parte de nuestra decadencia, en términos comparativos internacionales, tiene su raíz en la ausencia de estudios, planes y programas sobre ellos. En su tratamiento, desde la restauración democrática, han primado el anuncio rimbombante, la improvisación y, no pocas veces, la ignorancia. Hoy nos referiremos al último de esos ingredientes: el comercio externo.

La globalización no sólo ha cobrado importancia en cuanto a la intensificación del comercio internacional, sino en la difusión -prácticamente instantánea- de las crisis o de las olas favorables que se producen en cualquier país o región. El imponente ego que nos adorna a los argentinos, suele enfrentar a la globalización sosteniendo que tenemos granos y carnes en abundancia y que, como el mundo necesita comer, por lo tanto, ninguna caída del nivel de la economía mundial nos habrá de afectar sensiblemente. No hay ausencia total de razón en esa postura, sólo que su razón es parcial y se basa en un enfoque poco inteligente pues, aunque fuera cierta en lo inmediato, ignorar las consecuencias de la globalización, nos perjudicará en el medio tiempo.

Ya nos pasó después de la segunda guerra mundial. También en ese momento, “el mundo necesitaba comer” y por aplicar una estrategia equivocada de autoabastecimiento e proteccionismo industrial a ultranza, nos aislamos del mundo en el preciso momento en que la economía mundial se estaba rehabilitando e internacionalizando. El hecho destacable es que si bien podemos negar el fenómeno de la globalización y hasta, con soberbia, considerarnos una excepcionalidad dentro del orbe, proceder así no nos ha convenido nunca, ni nos conviene ahora, ni nos convendrá en el tiempo por venir.

Más allá de que la globalización constituya un fenómeno irreversible -pueda o no beneficiarnos-, deberíamos estar debatiendo cuáles y cuántos son los costos que tendríamos que pagar para subirnos al carro que parece ser más confortable y más veloz, para alcanzar los mejores índices de progreso y la distribución de sus frutos entre toda la sociedad.

La grosera bravata del convaleciente presidente venezolano Hugo Chávez –”ALCA… al carajo”-, sonó como miel para la garganta de los miles de argentinos imbuidos de nacionalismo declarativo, que lo aclamaron en la cumbre de Mar del Plata. Los nacionalistas -en su mayoría de buena fe, pero otros guiados por intereses puramente particulares, como ciertos ubicuos dirigentes industriales- suelen creer que, si nos adherimos al libre comercio, perderemos un pedazo de nuestra de “argentinidad”. Pues bien, ¿es acaso el pueblo chileno -nacionalista si los hay, pero que pareciera estar hoy más cultivado políticamente que nosotros- menos fervoroso por haber firmado el ALCA? Nos preguntamos, ¿a quién le va mejor?

Desde hace décadas, nuestra dirigencia política carece de estrategia, buena o mala, y más bien, se desempeña dentro de un reino de improvisación. Los efectos de esa opacidad e imprevisión, se terminaron siempre disimulando detrás del impacto que provocaron las periódicas crisis político-económicas que nos afectaron o bien, como en el presente, por la vigencia de una corriente económica internacional favorable, que nos produce ganancias fáciles y rápidas. Pero cuando este “viento de cola”, que ya lleva más de un lustro, amaine, se producirá una crisis, “esa forma brusca –según Martín Redrado- que tiene el mercado para decirle a un país que su política económica no es sostenible”.

Destaquemos un síntoma de la tremenda importancia que los resultados de la globalización producen: de las 60 unidades económicas más grandes del mundo, solamente la mitad son países, la otra son empresas y conglomerados. Por otro lado, debe tenerse en cuenta que son los mercados globales los que determinan los precios de la mayoría de los bienes; las tasas de cambio de la casi totalidad de las monedas; el porcentaje de las tasas de interés; y, cada vez, más el precio del trabajo manual e intelectual.

Se podrá ignorar esta fuerte incidencia globalizadora durante cierto tiempo -por ejemplo, podemos retribuir a los salariados por encima (o por debajo) de lo que lo hacen nuestros vecinos- pero los valores terminarán por alinearse, en el medio tiempo. Digámoslo con claridad: las naciones-estado han perdido soberanía y poder de decisión. Si bien, se puede luchar quijotescamente contra “los molinos de viento”, el costo de esta nostálgica decisión perjudicará a nuestros hijos.

A principios del siglo XX, cuando se dominó la distribución eléctrica a hogares e industrias, muchos críticos pensaban que tanto la electricidad, como los ferrocarriles, los barcos a vapor y el telégrafo, terminarían con las fronteras nacionales y así, reactivamente, se exacerbaron tendencias nacionalistas tremendamente virulentas, tanto, que provocaron nada menos de dos guerras mundiales. Pero el fenómeno de mundialización parece ser inexorable y más que entablar una guerra perdida de antemano, convendría evaluar la mejor forma y menos costosa para adaptarnos a él.

Defender a ultranza, ciegamente, lo que fuimos o lo que todavía somos, implica abandonar toda posibilidad de progreso o perfeccionamiento comparativo. Nos encerramos con orejeras dentro de nuestra cultura política y económica, y así nos resulta fácil ignorar una decadencia que mes a mes se hace más intensa. Se olvida que nosotros -y cualquier pueblo- puede preservar su propio estilo y, desde luego, mejorarlo, sin por ello privarse de incorporar pautas culturales valiosas que otras sociedades ofrecen.

Por otro lado, conservar la cultura o las costumbres de la tradición nacional, depende fundamentalmente de cada pueblo y sus circunstancias, no de disposiciones gubernativas: en tanto aquellas representen un orgullo como para que los jóvenes quieran quedarse en su territorio natal, no hará falta dictar decretos imponiendo el mate como la bebida nacional, ni la quena como un símbolo patrio. Pero si esos jóvenes se avergüenzan de sus líderes políticos, culturales, científicos o empresarios -debido a su incompetencia, su vulnerabilidad moral y al doble estándar con que manejan sus acciones-, buscarán emigrar, y no se esforzarán mayormente por conservar nada propio en su forma de ser.

Porque no se puede pretender que un pueblo mantenga comportamientos sociales éticos, si sus líderes están corrompidos. Y viceversa. Aunque, es obvio, con mayor carga de responsabilidad para estos últimos. Es que la corrupción se derrama sobre el resto de la sociedad, principalmente a través de dos canales: 1) el mal ejemplo brindado por las clases gobernantes, y 2) el rol de los empresarios y creativos que cumplen el papel de “partícipes necesarios”, sea como sujetos activos o pasivos del delito.

 

Preparándose para el futuro

En el orden de la naturaleza, encontramos sistemas de tres tipos: abiertos, cerrados y aislados. Los abiertos intercambian energía y materia entre ellos; los cerrados sólo intercambian energía pero no materia; y los aislados no intercambian ni energía ni materia. Un sistema aislado sólo subsiste con sus propios recursos, pero sabemos que estos tienden a decrecer con el tiempo. De la misma manera, un país, una sociedad, que se encierra (Corea del Norte, Albania o Cuba) -salvo que tenga un tamaño gigantesco, como EE.UU. o China-, terminará retrocediendo hasta degradarse.

Tal como ocurre en el orden natural con las especies biológicas, el mutualismo nos conviene a todos. Porque la asociación es un sistema que le permite a una sociedad o a una especie formar una masa crítica lo suficientemente voluminosa, como para enfrentar con éxito a múltiples peligros exteriores. Y estos, más que asentarse en los hechos o en las amenazas de alguna o algunas naciones, se basan en los cambios que se operan en las tendencias internacionales, tanto económicas como políticas.

Por una razón u otra, tenemos conflictos con muchos países supuestamente amigos. Hasta hemos atravesado hechos desopilantes, como el reto de nuestra Presidenta al líder africano que nos visitara o el tragicómico allanamiento hecho por el canciller para detectar armas y drogas en el avión norteamericano. Nuestros desplantes diplomáticos y el descuido por las formas y el protocolo, nos han tornado en poco menos que indeseables en el ambiente internacional. Todavía se nos soporta, pero cada vez más somos ignorados y mirados con más indiferencia. Se nos podrá responder que nuestro país mantiene alianzas sólidas con Venezuela, Ecuador, Bolivia, Cuba y Nicaragua. Es así, aunque convengamos que se trata más de “un tren fantasma” que de “un cuadro de honor”. Son países de economía primaria, en los que no existe democracia ni división de poderes. En realidad, parecemos ser un país solitario y extravagante, que solamente calificamos con los de abajo, con un puntaje cada vez más bajo.

Conviene recordarlo una vez más: el comercio interno y externo es la principal fuente de desarrollo económico. Esto es básico. Fue el comercio el factor que produjo los milagros alemán y japonés de postguerra y, actualmente, el de China. Y no lo atribuyamos al crédito de EE.UU., pues el capital financiero siempre está disponible para mercados potencialmente exitosos (y por eso, no invierten lo mismo en el África).

Obsérvese la actual comparación entre Grecia y Argentina: se le atribuye como causa de las crisis de ambos países a la rigidez del tipo de cambio. Sin embargo, si Grecia se sale del Euro no se beneficiará con la misma reacción que tuvo la economía argentina, por la sencilla razón de que no tiene muchos bienes exportables y, lo sabemos, no sólo de servicios turísticos viven los países. La situación griega es similar a la de Portugal, Irlanda y, en menor medida, España (los Pigs). La devaluación del 2002 sólo fue un estimulante a la recuperación de nuestro país, pues el principal factor de recuperación lo constituyó una cadena agropecuaria de altísima productividad. Esta, recogió los beneficios de medidas estratégicas tomadas varias décadas atrás, con la fundación del INTA y el lanzamiento del primer Grupo CREA, o varios años antes, con la aceptación de las semillas transgénicas.

Estamos en un turning point y, como en todo momento de decisión, el camino geopolítico que intentemos puede llevarnos a distintos resultados: exitosos, intermedios, o de fracaso. El aislamiento es una receta infalible para llegar a éste. La burbuja de consumo y la política salarial alegre parecen agotarse, tal como ocurrió en recalentamientos económicos del pasado. Es que -como dice el politólogo Vicente Massot, parafraseando un dicho norteamericano- “Cualquiera puede crear una burbuja, cualquiera puede inflarla, por no cualquiera sabe desinflarla”.

“El presente es siempre el futuro del pasado; pero el presente también es el pasado del futuro”, sostiene Fredy Kofman. El presente suele ser el resultado de nuestras decisiones tomadas ayer, así como las decisiones que tomemos hoy, serán la causa eficiente de las bondades o los perjuicios que viviremos en el futuro. A eso apunta nuestro planteo, entonces. Pensamos que resulta imperioso diseñar una estrategia de inserción en un mundo globalizado y no seguir, improvisando sin inteligencia, como hasta ahora. Pues esta es la mejor manera de aumentar nuestras probabilidades de incurrir en errores.

Perspectivas Microeconómicas

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