Por Hernán Andrés Kruse.-

“La Acción Humana” es uno de los libros fundamentales de Ludwig von Mises, emblema de la Escuela Austríaca de Economía. Mises comienza su tratado de economía analizando el significado de la praxeología.

Pese a ser una de las ciencias más jóvenes, la economía le permitió a la investigación adentrarse en ámbitos hasta entonces inimaginados. Con su descubrimiento de leyes inmutables que regulan la secuencia e interdependencia de los fenómenos de mercado, la economía alumbró conocimientos que no pertenecían al resto de las ciencias-lógica, matemática, psicología, física y biología-. Desde sus orígenes, el saber filosófico tuvo como meta averiguar cuál fue el designio que Dios o la naturaleza se proponían plasmar en el curso histórico. Lo que los filósofos intentaron desde siempre fue descubrir la ley que rige la evolución de los seres humanos. Y fallaron. Lo hicieron porque, incluso aquellos pensadores alejados de la teología, se valieron de una metodología inadecuada. En efecto, erraron en su objetivo porque se valieron de conceptos generales, como la humanidad, la nación, la raza, la religión. Lo que hicieron los filósofos fue fijar arbitrariamente los fines a los que apuntaba la naturaleza de las entidades mencionadas. A pesar de ello, no pudieron descubrir las fuerzas que impulsaban a las personas a comportarse de manera tal que permitiera a las entidades mencionadas alcanzar sus fines. Hubo otros pensadores que no intentaron volar tan alto y se dedicaron a analizar los hechos humanos desde el punto de vista político. Creyeron tener la capacidad suficiente para crear una suerte de técnica de gobierno para garantizar el buen funcionamiento de las sociedades. Como siempre sucede en cada profesión, algunos pensadores fueron más audaces que otros. Aquellos elucubraron planes muy ambiciosos tendientes a reformar y reestructurar completamente la sociedad. Los más modestos se limitaron a sistematizar la experiencia de la historia. Pero todos coincidían en algo fundamental: el orden social no presentaba las regularidades que se daban en el mundo de la lógica y en el de las ciencias naturales. Decidieron no investigar las leyes sociales por cuanto consideraban que el hombre estaba en condiciones de organizar la sociedad como lo considerara más conveniente. Si la utopía soñada terminaba siendo irrealizable la culpable era la imperfección moral humana. Para estos pensadores los problemas sociales entraban en la órbita de la ética. La sociedad ideal era posible en la medida en que los gobernantes fueran virtuosos y los súbditos fueran virtuosos. Si se daban esos requisitos toda utopía era posible.

La economía desmoronó ese edificio de suposiciones al descubrir la interdependencia de los fenómenos económicos. Los pensadores se vieron obligados a un profundo replanteo del problema. Advirtieron que la conducta humana podía ser analizada más allá de las consideraciones morales (lo justo y lo injusto, lo malo y lo bueno). En el ámbito social los hechos se ajustan a leyes regulares que deben ser respetadas por quienes deseen alcanzar determinadas metas. Si el hombre se enfrenta con los fenómenos sociales como si fuera un censor, no hará más que estrellarse contra la pared. Las leyes que rigen la acción humana y la cooperación social deben ser analizadas tal como son examinadas por el físico las leyes que regulan la naturaleza. Esta equiparación de las leyes sociales con las leyes físicas implicó un progreso revolucionario, enfatiza Mises: “El que la actividad humana y la cooperación social se convirtieran en el objeto de una ciencia de relaciones predeterminadas, dejando de ser consideradas como objeto de disciplinas normativas dedicadas a ponderar no lo que es, sino lo que debiera ser, constituyó revolución de enorme trascendencia, no ya en el ámbito de la investigación científica, sino en cuanto atañe al gobierno de la sociedad”.

Según Mises durante más de un siglo las personas redujeron la ciencia económica a un solo aspecto: la vida mercantil. En esto mucho tuvieron que ver los economistas clásicos y su incapacidad para elaborar una correcta teoría del valor. A raíz de ello, redujeron el ámbito de la ciencia económica. Hasta las postrimerías del siglo XIX la economía política se dedicaba exclusivamente al estudio del aspecto económico de la acción humana, con lo cual no era más que una teoría de la riqueza y el egoísmo, o lo que es lo mismo, del afán de lucro. Afortunadamente, el análisis de los economistas clásicos fue superado y completado por el análisis de los partidarios de la moderna economía subjetiva, que lograron reemplazar la teoría de los precios por la teoría general de la elección humana. Este reemplazo implicó algo mucho más profundo que la sustitución de una teoría imperfecta del intercambio mercantil por otra teoría más elaborada. La teoría general de la elección humana no se limita al análisis del aspecto económico de la acción humana, que procura siempre obtener lo que necesita el hombre para mejorar su calidad de vida. Todos los aspectos de la acción humana constituyen el objeto de análisis de la ciencia económica. Cada vez que el hombre decide, elige. La toma de decisiones implica necesariamente una elección entre varias alternativas. En toda elección entran en juego objetos materiales e inmateriales. Todos los valores humanos entran en la elección. “Todos los fines y todos los medios-las aspiraciones espirituales y las materiales, lo sublime y lo despreciable, lo noble y lo vil-ofrécense al hombre a idéntico nivel para que elija prefiriendo unos y repudiando otros”, enfatiza Mises. Lo que hace la nueva teoría del valor es agrandar el campo de investigación de la ciencia económica. La teoría económica clásica hizo posible el surgimiento de la teoría general de la acción humana o “praxeología”. Es así como la ciencia económica pasa a formar parte de una ciencia más general, más universal, más abarcativa: la “praxeología”.

La praxeología emergió como un cuerpo extraño que causaba varios inconvenientes al sistema tradicional de conocimiento. Los científicos del establishment se mostraban atónitos ante el nuevo panorama. Perplejos, no sabían a ciencia cierta dónde ubicar a la nueva teoría de la acción humana. Pero había algo que los tranquilizaba: la inclusión de la nueva ciencia económica en el mapa científico no modificaría su fisonomía. Las discusiones dialécticas entre los economistas de la Escuela Austríaca y los miembros de la escuela histórica prusiana, y entre la escuela de John Bates Clark y el institucionalismo americano, tenían como propósito precisar la legitimidad lógica y el fundamento epistemológico de la praxeología. Partiendo de una filosofía que únicamente consideraba científicas las ciencias naturales y la historia, los pensadores sentenciaron que la teoría económica carecía de valor y no prestaba utilidad alguna. Por un lado, el historicismo pretendía sustituirla por la historia económica; por el otro, el positivismo pretendía elevarla a la categoría de una ciencia social apoyada en la estructura y la lógica de la mecánica de Newton, lo que para Mises era una misión imposible. Ambas escuelas tenían algo en común: su menosprecio por las conquistas del pensamiento económico. Este ataque frontal y radical fue luego rebasado por un nihilismo todavía más radicalizado. Desde los orígenes del hombre se aceptaba como algo fuera de discusión el carácter uniforme e inmutable de la estructura lógica de la mente humana. Al discutir sobre el carácter epistemológico de la economía, los filósofos llegaron a rechazar por primera vez esa idea. Carlos Marx expresó que era misión fundamental de la sociología del conocimiento hacer evidente la vacuidad ideológica de las filosofías y las teorías científicas. Para el autor de “El Capital” la economía no era otra cosa que un “engendro” de la burguesía y los economistas eran meros “sicofantes” del capitalismo. Más adelante, el historicismo, expresa Mises, aseguró que no era inmutable la estructura lógica del pensamiento y de la acción del hombre, sino que se modificaba a lo largo de la historia. Por su parte, el polilogismo racial consideró que cada raza portaba una lógica específica, mientras que el antirracionalismo llegó a considerar que la razón no servía para analizar los factores irracionales que modelan el comportamiento humano. Este cúmulo de doctrinas pone en tela de juicio todo el saber e incluso la propia razón del hombre. Afectan, por ende, a las matemáticas, a la física y a la economía. Ello explica la actitud de los economistas que siguen inmersos en sus estudios sin prestarle demasiada atención a los asuntos de la epistemología y a los mandobles del polilogismo y el antirracionalismo.

Según Mises el polilogismo y el irracionalismo tienen en común un único enemigo: la praxeología. Consideran que no tiene sentido suponer que la investigación científica está en condiciones de sentar conclusiones válidas para los pueblos de todas las épocas, razas y clases sociales, acusando a determinadas teorías físicas y biológicas de estar al servicio de las burguesías dominantes. Sin embargo, cuando la aplicación de esas tan vilipendiadas teorías se torna indispensable, sus detractores archivan sus críticas y las aplican sin dudar. Tal el caso de la técnica soviética, que no duda en valerse de todos los avances de la química, biología y química burguesas en su propio provecho. En definitiva, “el proceder de los hombres de todas las razas, naciones, religiones, grupos lingüísticos y clases sociales demuestra claramente que no toman en serio las doctrinas del polilogismo y del irracionalismo en lo concerniente a la lógica, las matemáticas y las ciencias naturales”. El escenario cambia radicalmente cuando entra en escena la praxeología. Las doctrinas polilogistas, historicistas y antirracionalistas se unen para menospreciar a la ciencia económica. Los socialistas, los racistas, los nacionalistas y los estatistas no lograron demostrar el origen de sus doctrinas, a las que Mises tilda de falaces. Dicha actitud los llevó a la negación de los principios lógicos y epistemológicos sobre los que se sustenta la razón humana, no sólo en lo referido a la vida en general sino también en lo atinente a la investigación científica.

¿Cuál es la tarea fundamental del investigador científico? Su misión primordial es analizar y definir aquellas condiciones y aquellos supuestos sobre los que se asienta la validez de sus afirmaciones. La investigación económica no debe tomar como modelo a la física, enfatiza Mises. En última instancia, “el problema principal de la economía redúcese a precisar la adecuación existente entre sus asertos y la realidad de esa acción humana que los estudios económicos pretenden llegar a conocer”. En consecuencia, le cabe a la ciencia económica analizar la afirmación según la cual las proposiciones de la teoría únicamente son válidas bajo un sistema capitalista y en una etapa liberal, ya superada, de la civilización occidental. La ciencia económica es la indicada para ponderar las críticas que fueron formuladas contra la capacidad de las investigaciones económicas para desmenuzar la naturaleza de la acción humana. “No basta abordar los problemas económicos”, expresa Mises, “por las sendas tradicionales. Precisa estructurar la teoría cataléctica sobre la sólida base de una teoría general de la acción humana, es decir, de la praxeología. Tal planteamiento no sólo lo hará inmune a muchas críticas carentes de consistencia, sino que, además, aclarará numerosos problemas en la actualidad mal enfocados y peor resueltos. Con este criterio se suscita, de modo singular, la cuestión relativa al cálculo económico”.

Muchos acusan a la economía por su escaso desarrollo como tal. Mises divide a quienes sostienen esta creencia en dos grupos bien diferenciados. Están los naturalistas y físicos que acusan a la praxeología de no ser una ciencia natural y de prescindir, a raíz de ello, de las técnicas empleadas usualmente en el laboratorio. El objetivo de “la Acción Humana” es, tal como Mises expresa, poner en evidencia el error que encubre tal manera de pensar. Del otro lado están quienes consideran que las ciencias sociales yerran permanentemente debido a la “insatisfactoriedad” de la realidad social. Mientras las ciencias naturales lograron en los últimos tiempos relevantes realizaciones, las ciencias sociales fracasaron en su intento por mejorar la calidad de vida de la gente. No lograron eliminar la miseria y el hambre, las crisis económicas y el desempleo, los conflictos armados y los regímenes tiránicos. Son ciencias absolutamente estériles, en suma. Tales detractores, sostiene Mises, no tienen en consideración el hecho de que los grandes progresos científicos y técnicos fueron posibles con la imposición de las ideas liberales que fueron producto de las investigaciones económicas. Fue gracias al pensamiento de los economistas clásicos que las sociedades modernas lograron liberarse de esa camisa de fuerza que implicaba la organización gremial y el paternalismo gubernamental. Fueron los economistas clásicos los encargados de hacer evidentes los beneficios que trae aparejados la actividad mercantil. La revolución industrial fue posible porque previamente hubo una revolución ideológica propiciada por las doctrinas económicas liberales. Gracias a la Escuela de Manchester y los fisiócratas franceses fue posible el progreso de las ciencias naturales, con el consiguiente beneficio para las masas.

Mises está convencido de que el porvenir de la civilización moderna está íntimamente vinculado con el futuro de la economía. Dicha civilización surgió porque los pueblos confiaron en las enseñanzas brindadas por los economistas clásicos y probablemente perezca si las naciones se dejan hipnotizar por las doctrinas que condenan el pensamiento económico. Ahora bien, la economía, como ciencia teórica, se abstiene de señalar cuáles son las normas de conducta que deben seguir los hombres. La ciencia económica centra su atención en los medios idóneos para el logro de específicas metas. Todo lo vinculado con los fines últimos y la valoración quedan fuera de su ámbito de incumbencia. Jamás le indica al hombre qué debe hacer con su vida; sólo le señala cómo debe comportarse si pretende obtener determinados fines. “Hay quienes consideran eso insuficiente”, culmina Mises, “entendiendo que una ciencia limitada a la investigación de lo que “es”, incapaz de expresar un juicio de valor acerca de los fines más elevados y últimos, carece de trascendencia para la vida y la conducta. El mantener tal opinión igualmente implica incidir en el error. Evidenciarlo, sin embargo, no puede ser objeto de estas consideraciones preliminares. Pues ello constituye una de las pretensiones de este tratado”.

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