Por Hernán Andrés Kruse.-

En su edición del domingo 13 de noviembre, Página 12 publicó un artículo de Martín Granovsky titulado “Il capo di tutti capi”, en el que brinda una detallada información sobre los vínculos entre Donald Trump y el clan Macri. Franco Macri, el señor padre del presidente de la nación, retornaba a su hotel en Nueva York cuando de golpe una limusina frenó a su lado. Dos hombres corpulentos se le acercaron y lo “invitaron” a subirse. En ese entonces don Franco había acordado la compra de una propiedad y la construcción de un edificio de 124 pisos en pleno Manhattan. Cuenta la leyenda urbana que dentro de la limusina estaba el mismísimo Trump. Según la información recabada por Página 12, el presidente electo de Estados Unidos no se encontraba en su interior. Según esas fuentes el anfitrión de Macri fue un neoyorquino de origen italiano con sólidos vínculos con las familias importantes de la ciudad. Cualquier similitud con la gran película de Scorsese es pura coincidencia. Al bajar de la limusina Franco Macri fue consciente de que no sería bróker inmobiliario de Manhattan y que su retorno a Buenos Aires debía producirse de inmediato. Sin embargo, el anfitrión de la limusina no dejó a don Franco con las manos vacías. En efecto, le prometió que el clan Macri sería contratado para llenar de azulejos las nuevas torres que se edificarían en Manhattan. Se trató, obviamente, de un premio consuelo pero era preferible ese premio y no quedarse sin nada. En ese momento Macri estaba convencido que tenía en su contra a la poderosa comunidad judía de Nueva York. Tan seguro estaba que solicitó a varios de sus amigos argentinos con aceitados contactos con esa comunidad que le aseguraran que él no era un antisemita. El problema fue que quienes lo dejaron al margen de los grandes negocios fueron los propios italianos que, a diferencia de Macri, no emigraron hacia Argentina sino hacia Estados Unidos. En 2005 el por entonces presidente de Boca Mauricio Macri contó a Torneos y Competencias pormenores de la negociación. En la entrevista reconoció que debió jugar con alguien muy importante para cerrar una negociación. Cuando los periodistas le preguntaron de quién estaba hablando, Macri respondió: de un tal Donald Trump. Con el tiempo, narró, se hicieron “amigos” y en cada oportunidad que viajaba a Nueva York lo visitaba. Reconoció que para conseguir negocios dejaba que Trump le ganara al golf para luego definirlo como un jefe de todos los jefes, es decir, el capo máximo de la mafia. Pese a que Trump lejos estaba de serlo, Macri creía que lo era. Con el correr de los años comenzó a subestimarlo hasta llegar a tildarlo de “chiflado” meses antes de las elecciones presidenciales norteamericanas. Pues bien, ese “chiflado” es hoy el presidente electo de la gran potencia planetaria.

Wayne Barret es un periodista de Estados Unidos que conoce al dedillo la relación entre Trump y Macri. Fruto de su investigación es el libro de su autoría “Trump: el mayor show sobre la tierra. Los negocios, la caída, la reinvención”.   En aquel entonces Conrad Stephenson, un personaje clave en esta historia de mafiosos, tenía a su cargo el área inmobiliaria neoyorquina del Chase Manhattan Bank. En 1982 este señor, que en ese momento contaba con 53 años de edad, manejaba una fortuna de unos 2700 millones de dólares. Para el Chase los Trump no eran ningunos desconocidos. En efecto, el señor padre de Donald Trump, Fred, había sido su cliente por espacio de 20 años. Incluso el megabanco había financiado algunos proyectos suyos en Brooklyn y Queens. En 1980 Stephenson le abrió al futuro presidente una línea de crédito por 35 millones de dólares sin necesidad de ningún tipo de garantía. Lo que Stephenson tenía en mente era lograr que la élite de Nueva York adoptara el banco como su instrumento crediticio. Con ese dinero Donald Trump se abocó a dos grandes proyectos: el Hyatt y el Trump Plaza de Atlantic City. Mientras tanto el clan Macri tenía en mente un emprendimiento de envergadura en Lincoln West (oeste de Manhattan) por un valor de 500 millones de dólares. Según Barret el señor padre del presidente argentino pensaba utilizar este proyecto para lanzar al grupo al estrellato internacional. Durante un lustro alquiló un departamento en la Quinta Avenida o tomaba una habitación de 800 dólares la noche en el Helmsley Palace. Estaba, pues, obsesionado con formar parte de la élite del capitalismo financiero transnacional. Barret incluso da a entender que don Franco estaba un tanto celoso de Donald Trump por la forma en que lograba cautivar a sus interlocutores de turno. Trump y Macri llegaron a un principio de acuerdo en 1983. En ese entonces Reagan era el presidente de Estados Unidos y Bignone era el gobernante de facto en la Argentina. El proyecto del clan Macri, Lincoln Center, pasaría a denominarse Trump City. El megabanco aceptó financiarlo pero imponiendo como condición que tanto Trump como Macri aceptaran contratar como bróker inmobiliario a Jospeh Comras y a la compañía de seguros Travelleres Insurance. El contrato finalmente fue firmado a fines de 1983. Tanto Franco como Mauricio Macri firmaron el contrato sin leerlo. El hoy presidente de la nación le confirmó a Gabriela Cerruti su participación junto a su progenitor en los negocios del grupo Sociedades Macri, Socma.

Barret narra que Franco Macri firmó sin leer con el propósito de enredar a Trump en sus redes. Grande fue su sorpresa cuando se percató de que en el texto final las condiciones admitidas habían cambiado, pero para peor. Habían dejado de ser las condiciones admitidas en julio. Otro problema fue que tanto Trump como Macri le ocultaron a Stephenson su decisión de firmar el acuerdo. Por si ello no hubiera resultado suficiente el banquero, herido en su amor propio, montó en cólera. A partir de ese momento el megabanco realizó varias maniobras para que Trump abandonara a Macri. Fue entonces cuando Franco Macri se valió de una persona que gozaba de la máxima confianza de David Rockefeller (presidente del Chase hasta 1981): José Alfredo Martínez de Hoz. “Joe” viajó a Nueva York para verse con Rockefeller. Lamentablemente para los intereses del clan Macri el proyecto no pudo se reflotado por el poderoso banquero norteamericano. Como si hubiera sido una travesura del destino el municipio de Nueva York decidió inmediatamente después agregar condiciones para permitir la construcción en Lincoln West. Como siempre sucede en estos casos Franco Macri comenzó a sospechar de quienes estaban a su lado, especialmente Abe Hirschfeld y Jim Capitalino (presidente de Lincoln West Associates). Capitalino fue asesor parlamentario de Ed Koch, quien fue alcalde de Nueva York entre 1978 y 1989, justo cuando Macri, Trump, el Chase y la ciudad de Nueva York se disparaban con armas de fuego. En ese entonces surgió una figura que más adelante daría mucho que hablar: Rudolph Giuliani, el emblema de la tolerancia cero. Su popularidad creció geométricamente el 11 de septiembre de 2001 cuando se puso en la primera línea de combate para organizar los rescates. Una clara demostración de demagogia de alguien que estaba obsesionado con llegar a la Casa Blanca. En las elecciones presidenciales pasadas jugó a favor de Trump quien, confirmada la victoria, lo hizo subir al escenario para que compartiera con él la victoria.

Granovsky culmina su increíble relato de la siguiente manera: “En 1984, mientras Koch se consagraba y Giuliani trepaba en su carrera dentro del poder, Macri y Trump terminaron sin concretar nada. Luego Trump contrató a Ralph Galasso y así Franco agregó un sospechoso a la lista. Otro de los consultores de Macri, Stanley Friedman, estaba, según Garrett, directamente a las órdenes de Stephenson. Capalino aumentó su influencia y en 1985 fue jefe de la última campaña electoral de Koch mientras en secreto asesoraba a Trump, que así reforzaba su cercanía con la administración municipal. Trump también contrató a otro abogado, Allen Schwartz, que era amigo de Koch desde 1965 y terminaría representándolo para contratos particulares. Se aceptan apuestas sobre quién invitó a Macri a dar un paseo en limusina”. ¿Donald Trump? Es probable que su nombre cotice muy alto.

En su edición del sábado 12 de noviembre La Nación publicó un interesante artículo de Eduardo Fidanza titulado “El triunfo del hombre hueco”, en el que analiza las razones que llevaron a un importante sector de la población de Estados Unidos a votar a alguien como Donald Trump. La bronca, finalmente, impuso sus condiciones y le abrió las puertas de la Casa Blanca a un magnate soberbio, racista, sexista y misógino. Las clases media y trabajadora, hartas de las desigualdades que propicia el capitalismo, se rebelaron y encontraron en Donald Trump a su mejor representante. El magnate supo interpretar el sentimiento de desolación y frustración de amplios sectores de la población estadounidense, provocado por un sistema económico que no los tiene en consideración. El esfuerzo de Obama por crear la mayor cantidad posible de puestos de trabajo se vio opacado por su incapacidad para evitar la paulatina desvalorización del salario de las familias medias a partir del inicio de este siglo. Pese al incremento del PIB, no hubo tal cosa como “efecto derrame”. La incertidumbre y el miedo no hicieron más que favorecer las chances electorales de un outsider de la política, carente de sólidos antecedentes éticos y profesionales que legitimen sus deseos de ser presidente de Estados Unidos. El resonante triunfo de Trump es, además, “el síntoma de una mutación más profunda, que anuncia una nueva época de la historia mundial”.

Fidanza distingue tres factores que ayudan a comprender la naturaleza de este cambio planetario: a) la desnaturalización del sistema democrático; b) la globalización económica; c) el efecto de la revolución tecnológica sobre el empleo.   Hace tiempo que el sistema democrático está dejando de ser tal para pasar a constituir una plutocracia, un gobierno constituido por élites que acaparan en sus manos todo el poder y que con sus caprichos deciden sobre la vida de los ciudadanos devenidos en súbditos. Emerge una densa red de complicidades entre las diversas aristocracias cuyos miembros definen entre bambalinas las políticas públicas, con lo cual terminan por debilitar los controles republicanos mientras facilitan la corrupción. Fidanza rememora el clásico estudio sobre el tema de Wright Mills a mediados del siglo XX y más cerca el estudio de Sheldon Wolin “Democracia S.A.”, ambos coincidentes en retratar crudamente a las élites norteamericanas. La globalización surgida luego del derrumbe del Muro de Berlín en 1989 arroja más pérdidas que ganancias luego de un cuarto de siglo de existencia. La realidad muestra que la globalización no hace más que impulsar la inequidad entre los trabajadores de todas las naciones, particularmente en las más ricas como Estados Unidos y Gran Bretaña. Según Branko Milanovic la especialización en exportaciones sofisticadas ahonda la grieta salarial entre los trabajadores calificados y los que no lo son, mientras que las importaciones que carecen de valor agregado conducen a un incremento del desempleo de los asalariados menos educados. Procesos como los recién señalados permitan explicar, en cierta manera, la decisión de un buen número de norteamericanos de votar por Trump. Para millones de personas la globalización ha empeorado su calidad de vida impidiéndoles cualquier intento por integrarse al “nuevo mundo”. Finalmente, cabe mencionar   la revolución tecnológica. Un reciente informe del World Economic Forum estimó que el avance en la genética, la digitalización, la inteligencia artificial y la impresión en 3D, provocará la pérdida de cinco millones de puestos de trabajo. Y no dentro de medio siglo sino muy pronto. Este fenómeno llevó a Andy Haldane, economista principal del Banco de Inglaterra, a decir a modo de advertencia que “habrá grandes perturbaciones no solamente en los modelos empresariales, sino también en el mercado laboral durante los próximos cinco años”. Las capas medias y bajas de la población, carentes del nivel educativo suficiente para adecuarse al nuevo sistema, han visto en Trump a su heroico defensor. Pero estos factores no son los únicos que explican una victoria del calibre de la obtenida por el magnate. En efecto, su triunfo implica, a su vez, la derrota de una concepción ética de la política asociada con la democracia liberal y el capitalismo productivo. Para los “liberals” americanos que alguien como Trump haya llegado a la Casa Blanca por el voto popular es lisa y llanamente una tragedia. No fue casual que el diario The New Worker haya tildado a Trump de “hombre hueco”, codicioso, fanático y mentiroso. Es cierto que el aparato estatal norteamericano es lo suficientemente sofisticado para impedir que los “excesos” de Trump provoquen estragos. Mientras tanto, sería aconsejable que los autotitulados “progresistas” se pregunten en qué se equivocaron para que casi 60 millones de norteamericanos hayan elegido a Trump el pasado 8 de noviembre. Quizá la injusticia propia de la globalización tenga bastante que ver con el arribo a la Casa Blanca de un outsider que puede sentar las bases de una nueva era en las relaciones internacionales.

Share