El soberano es la comunidad y no el Estado

Hay que intentar llamar a las cosas por su nombre para poder entender de qué se habla. Y así cuando pretendemos hablar sobre el Estado tenemos que desbrozar una serie de conceptos colindantes como comunidad, sociedad, gobierno, nación, pueblo para poder entender de lo que estamos hablando.

Hagámoslo una vez más.

La comunidad es un conjunto de personas que viviendo sobre un territorio comparten valores y vivencias. La sociedad es lo mismo pero en lugar de valores comparten contratos, por eso Marx pudo afirmar que el negocio es el corazón de la sociedad civil. Vivimos en conjunto pero nos tenemos que cuidar unos de otros, mientras que en la comunidad nos complementamos y ayudamos. La proximidad que se da con el prójimo es un elemento de la comunidad. En la sociedad rige la filantropía que se expresa a través de la idea de fraternidad, mientras que en la comunidad lo hace la caridad. Hoy en un cambalache intelectual la última encíclica Fratelli Tutti mezcla todo, fraternidad con caridad, comunidad con sociedad en un viva la Pepa donde “lo mismo es un burro que un gran profesor”.

El gobierno es el que ostenta el poder y por lo tanto es el que concibe los fines a alcanzar. Mientras que el Estado arbitra los medios para alcanzarlos. El gobierno está centralizado en un poder ejecutivo único y el Estado es descentralizado en tanto órgano de ejecución.

Los funcionarios del Estado (de directores para abajo) son los administradores de la cosa pública para que las medidas tomadas por el gobierno (ministros, secretarios y subsecretarios) se realicen en forma eficaz.

El Estado no tiene un ser en sí mismo sino que solo es y existe en sus aparatos, esto es, los distintos ministerios y secretarías.

Esta distinción entre gobierno y Estado, que es clara y ostensible en el peronismo, no se encuentra ni en las diferentes formas de democracia, ni en los socialismos, ni en los fascismos.

Sobre el asunto afirma el estudioso Negro Pavón: “El gobierno existe desde el principio de los tiempos como la institución natural o normal de lo político, siendo el Estado una excepción (moderna, agregamos nosotros). Las formas históricas de lo político han sido, son y serán probablemente gobiernos sin Estados.”

El Estado fue creado como un sujeto neutro de convivencia para evitar las guerras de religión entre católicos y protestantes. Su período histórico, propiamente dicho, se inicia con las revoluciones norteamericana y francesa en 1776 y 1789. Aunque históricamente el primer Estado moderno es el español con la unión de las coronas de Castilla y Aragón.

El Estado moderno que nació dentro del marco de la economía liberal capitalista se sometió a la ley ciega de la oferta y la demanda como criterio de justicia, pero sus contradicciones y las demandas de los pueblos, sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX, produjo un cambio que se dio a partir de la tercera década del siglo XX. Surgió así el Estado de bienestar donde el Estado adquirió mayor poder para poder cumplir la función de regular la economía. Este período duró hasta los años 80, a partir de los cuales el Estado se transformó en elefantiásico multiplicando sus empleados y abarcando ámbitos que no le correspondían. Paralelamente la economía privada se desarrolló, en gran parte a partir de los negocios corruptos con ese mismo Estado ineficaz, creando corporaciones superiores a los mismos Estados. Y hoy estamos viviendo la paradoja que el Estado está atacado por dos frentes: por arriba, por los grupos concentrados de la economía internacional, el imperialismo internacional del dinero, y por abajo, por los nacionalismos regionales y las minorías financiadas, por ese mismo Estado, que buscan su fragmentación.

Hace ya muchos años, en 1987, escribimos: “El Estado es el máximo instrumento político moderno creado por el hombre. Claro está que debido a su gigantismo inconmensurable ha hecho pensar a muchos que tiene entidad propia. Pero lo cierto que el Estado a pesar de su gigantismo sigue siendo un medio y como tal tiene su ser en otro. De ahí, que preguntarse por la esencia del Estado o por el Estado en sí, sea una falsa pregunta. O una pregunta que solo tiene respuesta, si como hizo Hegel, hipostasiando al Estado en figura divina como “el espíritu ético en tanto que voluntad sustancial revelada que se piensa y se sabe, que ejecuta lo que ella sabe y en la medida en que ella lo sabe.” Pero este es un razonamiento de carácter especulativo y nosotros nos hemos movido a nivel reflexivo”.

El Estado como dijimos no tiene “un ser en sí” sino que es un mero artificio que pone en funciones la soberanía de una nación. En tanto que la nación es un ente histórico que implica una comunidad organizada que se expresa a través del ethos: usos, maneras, costumbres y creencias de un pueblo.

Por todo ello hay que hablar, como enseña ese gran pensador del derecho y la política, Dalmacio Negro, más bien de nación-Estado que de Estado-nación, como se hace habitualmente.

Hace muchos años uno de los primeros filósofos argentinos, Saúl Taborda (1885-1944), observaba en 1933 que: “El Estado es hoy un esclavo de los intereses económicos de grupos y de partidos… No hay testimonio más evidente de su muerte que el extraordinario incremento que va tomando la dictadura en todas las latitudes de la tierra”

El concepto de nación refiere a la unidad histórico-política de un pueblo con capacidad de obrar y conciencia de su singularidad en el concierto de las naciones del mundo. Mientras que el pueblo que no existe como nación, por ejemplo, los judíos antes de 1948, es un conjunto de seres humanos unidos por una conciencia étnica, cultural, lingüística y religiosa, pero no necesariamente política.

Vemos que el concepto de nación exige un doble movimiento de la conciencia, el de un pueblo como unidad política ante sí mismo y el de su singularidad histórica ante otras naciones. Todo ello expresado en un programa o proyecto nacional que indica su destino y su propósito decidido de existir con rasgos propios. Todo ello puede estar expresado o no en una constitución. Si se expresa en una constitución esa nación se transforma en un Estado nacional, que por definición no es otra cosa que “la nación jurídicamente organizada”.

En cuanto al concepto de pueblo, se limita a un conjunto significativo de seres humanos unidos por una conciencia común de pertenencia a valores étnicos, morales, culturales, lingüísticos y religiosos. Y como tal no tiene acceso a la actividad política en tanto que no se integre en una comunidad organizada. Pero para ello tiene que autoconstituirse en nación.

Aclarados en lo que pretendimos aclarar los conceptos de Estado, gobierno, sociedad, comunidad, nación y pueblo, recién ahora podemos reafirmar el título de este artículo: el soberano es la comunidad no el Estado.

Alberto Buela

buela.alberto@gmail.com

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JUAN ROBERTO FERNÁNDEZ BLANCO
JUAN ROBERTO FERNÁNDEZ BLANCO
1 month ago

Estimado Sr. Buela, permítame sumar mi sintético punto de vista:

EL GOBIERNO “NO ES” EL ESTADO !!

Un pueblo de ciudadanos deseosos de convivir respetuosa y armónicamente bajo los beneficios de la libertad e inmunizados frente a toda tentativa de gobiernos totalitarios debe tener bien en claro y asumidos los conceptos rectores que preservarán sus derechos y su condición soberana.

*Estado es la comunidad de personas soberanas (Autoridad Suprema) integradas como consorcio para interactuar libre, respetuosa y armónicamente según lo explicitado en el Reglamento Constitucional.

*Gobierno es la tríada de instituciones “subsidiarias” (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) a cargo de empleados públicos “mandatarios” a sueldo, designados y removidos por el pueblo soberano, al exclusivo servicio de los ciudadanos, con atribuciones limitadas y específicas que no les es permitido rebasar.

*No distinguir la diferencia conceptual entre Estado y Gobierno tiene un efecto demoledor en la conducta emocional del ciudadano pues debilita sensiblemente su condición soberana y su mal preservada libertad quedando expuesto a la condición de sometimiento respecto de un Gobierno totalitario que pretende arrogarse y centralizar la suma del poder adjudicándose la despótica facultad de planificar todos los aspectos de nuestra vida social y productiva, decidiendo sobre nuestros derechos y libertades, pretendiendo ser obedecido en aspectos que jamás hemos resignado y que nunca les hemos delegado, expoliando los frutos de nuestro trabajo y destruyendo nuestra capacidad generadora de riqueza y bienestar según sus caprichos, antojos, pulsiones ideológicas, obsesiones psicóticas e intereses personales.