¿Igualdad, para qué?

“¿Libertad, para qué?” Vladímir Ilich Uliánov (Lenin)

En un reportaje reciente, la escritora Isabel Allende (n.1942) afirmó refiriéndose a nuestra región que “la desigualdad, más que la pobreza, produce una ira que crece”.

Se trata por cierto de un concepto, el de la igualdad económica, muy meneado en los últimos años tanto por nuestros gobiernos y dirigencia social en general como por la jerarquía católica y de izquierda en particular y que se encuadra entre las muchas propuestas “políticamente correctas” que conducen por línea directa a efectos contrarios a los pretendidos: en este caso a peores promedios de pobreza, ignorancia y exclusión y a mayores desigualdades, dependencia y desesperanza con más predadores sociales activos (reales, no imaginarios).

Dicho esto bajo el supuesto -por obvios antecedentes puesto en duda- de que en verdad se pretendan evitar tales efectos antes que usarlos con frio cálculo político por conveniencia electoral (o falsamente pastoral, por qué no).

El tratar de igualar económicamente apelando a la redistribución forzada a través de impuestos es una noción foránea que choca contra el mandato constitucional de nuestros Padres Fundadores quienes nos prescribieron, en cambio, la igualdad de oportunidades a través del recto camino de la (anterior y fundante) igualdad ante la Ley.

Nuestros próceres abominaban sin excepciones del robo tributario; de su efecto discriminatorio y frenante, aplicado desde antaño por el imperialismo colonial.

Mínimo Estado indispensable, máximo lucro productivo por mérito honesto y consecuente desarrollo nacional con mínima exacción impositiva posible, era su norte.

La historia de nuestro espectacular despegue (a partir de 1860) y llegada al estrellato planetario hasta el comienzo de nuestra decadencia al invertirse del todo esta fórmula en 1946, es harto conocida.

Llamemos entonces a las cosas por su nombre: la igualdad económica planteada en este 2022 no responde al “anhelo altruista de vastos sectores” sino a simples resentimientos individuales, emociones prejuiciosas, envidias y sobre todo a inconfesables sentimientos de inferioridad, culpa e impotencia personal por propia incapacidad, ignorancia y malas decisiones de vida, incluidas las electorales.

Desde luego, no podemos ignorar este drama humano ni suprimir a los millones que se auto enjaularon en las mazmorras de la decadencia. Prisiones mentales que de hecho son el resultado a largo plazo del adoctrinamiento estatista operado a través de contenidos obligatorios sesgados en la educación nacional (pública y privada) en sus tres niveles durante 3 generaciones.

No podemos acallar esa sensación, tan extendida, de ira creciente frente a las desigualdades.

Mas sí podemos reinterpretar esa ira con la misma mirada de estadista de los autores de nuestra Constitución, que dieron categoría rectora a la igualdad de oportunidades.

Un tipo de igualdad que, bien mirada, es la que en verdad demandan quienes hoy se rebelan ante la espiral de pobrezas y sometimientos, de resignaciones e injusticias a la que son empujados mientras nuestras oligarquías se enriquecen sin pausa a vista y paciencia de todos.

Ricas oligarquías modelo siglo XXI; bien argentas y bien definidas por diversos analistas y autores y que son 3: la oligarquía política (la casta y su enorme red de parásitos), la oligarquía de los empresarios protegidos (coimeros cortesanos de la Patria Contratista y el capitalismo de amigos) y la oligarquía sindical (millonaria, retrógrada y mafiosa por donde se la mire).

La ira de la gente buena y trabajadora se debe a la falta de oportunidades. A lo que perciben como el “portazo en la cara”; el cierre de facto a sus posibilidades de acceso a la elevación cultural y económica.

No hay bronca de gente honesta cuando existen oportunidades reales de crecimiento y movilidad social; cuando hay perspectivas ciertas de que los hijos estén un día mejor que sus padres. No existe ira cuando impuestos y regulaciones no asfixian su trabajo, su emprendedorismo ni su disfrute de lo ganado. Y sobre todo cuando la justicia se aplica pareja, no hay impunidad para nadie y los castigos son ejemplares; cuando robo y crimen… no pagan (caso Cuadernos y caso Nisman, por poner 2 ejemplos).

En esas condiciones, en ese “sistema”, la desigualdad entre patrimonios honestamente ganados importa un rábano a la gente buena, no envidiosa, porque la sociedad entera se encuentra en igualdad de oportunidades para elevarse.

Es la desigualdad de oportunidades reales de progreso, de llegar a “pertenecer” al escalón superior al propio en lo cultural o económico disfrutando de sus ventajas lo que motoriza desde lo profundo esa furia a la que se refiere la Sra. Allende, y que hoy crece.

La ira de la gente mala y empobrecida se debe, por otro lado, a sus previsibles dificultades de acceso a la “contención” tribal clientelar de las 3 oligarquías que, del brazo y en acuerdo de conveniencias, depredan (y rigen hoy) nuestra Argentina.

En definitiva y parafraseando a Lenin, bien podríamos preguntarnos ¿Igualdad económica nivelando hacia abajo, para qué?

Por el contrario, si los argentinos lográsemos mostrar más inteligencia emocional que resentimientos, aplaudiríamos el surgimiento de enormes desigualdades económicas honestas: decenas, cientos, miles de mujeres y hombres, empresarios emprendedores y multimillonarios al estilo de Bill Gates, del cual se ha calculado que su fortuna personal (unos 130 mil millones de dólares) representa sólo un 2 (dos) % de la riqueza que creó para todos los demás.

Y que es, además y con lo propio para horror de la izquierda, uno de los principales filántropos del mundo superando en monto con aportes de dinero inteligentes (reproductivos, no clientelares) a infinidad de Estados “solidarios” y “presentes”.

Justo J. Watson

www.libertadynoviolencia.blogspot.com

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