Por Italo Pallotti.-

No es de extrañar que se tome esto como una vulgaridad; pero a esta película ya la vimos. Cuando los que de alguna manera pretendemos bucear y analizar la realidad argentina y transformarla en alguna forma de opinión, no podemos menos que caer en esa vieja expresión. De inmediato uno piensa si es posible soportar, con paciencia infinita, lo que nos pasa. Y la respuesta elemental es sí, pues no hemos sido capaces de sacar de circulación, con argumentos y gestión a los que recurrentemente se fueron encaramando en el poder. Hubo en nosotros un desarraigo al civismo que se hizo crónico y las consecuencias no pueden ser menos que desastrosas. Hubo, por encima de todo, una derrota cultural que se nutrió sistemáticamente de mentiras, contradicciones y fracasos permanentes. Se valieron de excusas de las más simples a las más rimbombantes; pero siempre como una calesita trágica donde, ronda tras ronda, se estuvo ahí en el mismo lugar. Y esa derrota en lo cultural, expandida en el cuerpo social, sin dudas trajo como consecuencia una pérdida del rumbo que, como nación, nos debíamos. Entre las conductas corruptibles por doquier, impunidades y mal desempeño de funciones, se conformó un cóctel perfecto por el que fue transitando la República hasta estos días.

Hoy mal, que nos pese, ella está fundida. Pero no sólo en el orden económico. Lo está en múltiples aspectos en los que debe desenvolverse la nación. Lo expresado lleva a repasar por qué nos pasa lo que nos pasa; no sin antes abordar, con contundencia y severidad crítica el tema de la dignidad de los principales dirigentes que con el correr del tiempo ocuparon los lugares de predicamento. Hay una larga lista que, cobijados en la “nueva Democracia”, o lo que se intenta presentar como tal, no han sido capaces de sostener con cierto virtuosismo trayectorias limpias y honestas. Porque tanto que se intenta ostentar la limpieza de sus procederes, en la primera de cambio todo vestigio de nobleza que debe ser sostenida en su naturaleza racional y libre se tiró a la basura con el amparo consecuente de una Justicia que nos está debiendo, desde hace tiempo, desdichadamente, la cuota de castigo acorde a las tropelías cometidas por esos actores, sostenidos, aunque parezca mentira, por décadas en sus cómodas poltronas, sin que nada les preocupe la situación de una ciudadanía al borde de la paciencia; aumentada por el padecimiento a crisis recurrentes, a cual más grave, sin que en el horizonte se perciban prontas soluciones; todo lo contrario.

Lo expuesto, además, marca el síntoma de una decadencia moral. En ella, en una especie de contagio colectivo, nos ha llevado a tener que soportar de una manera casi enfermiza los estropicios que las clases gobernantes, subidos a una hipocresía casi conceptual y una mentira del mismo tono nos provocan de un modo rudimentario y torpe. Consecuentemente cada uno de nosotros, en un estado de incertidumbre y cuestionamientos por ese estado de cosas, nos planteemos el cómo salir de esta encerrona cruel a la que nos han llevado, decenio, tras decenio. El nuevo gobierno, jaqueado por una oposición desvergonzadamente antidemocrática, a la que se suma parte de otras fuerzas (sindicalismo, periodistas, partidos minoritarios, entre otros) y enmarcado en una aparente soledad, no exenta de actitudes personalistas y de un pragmatismo cercano a lo  fanático, que por momentos se insinúa como riesgoso, trata de imponer una impronta qué en la falta de prudencia y por demás audaz le hacen transitar por un andarivel, al menos, desconocido, casi aventurado. Mientras, los consensos que no llegan y las grietas que se acentúan, siguen gozando de plena salud. Despreciar los tiempos ya parece una banalidad. ¿Escaparán del “más de lo mismo”? ¡Ojalá!

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