Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, plagada de continuo de esa sensación extraña muy parecida al descreimiento, nos hemos acostumbrado a vivir de modo tal que todo llega a parecerse normal. De todo lo que se habla siempre hay una parte que ponemos en duda. A cada una de las cosas del diario vivir le buscamos un atajo, porque hemos pasado décadas en que al momento de ilusionarnos, hasta de lo más simple, siempre hay una cuota de incertidumbre que tira por el suelo ese poquito de esperanza a la que nos aferramos pensando en una experiencia mejor a la ya vivida. Una cadena de frustraciones siempre acompañó aquel objetivo propuesto. Y finalmente, una cadena de acciones contrapuestas hace que nos hayamos acostumbrados a soñar, sólo por hacerlo, pero sin la convicción de que lo imaginado pueda llegar a ser realidad. Siempre el fantasma del engaño sobrevoló nuestra existencia. Nos cuesta creer, porque lo que en teoría se dice y promete como cierto termina siendo una simple patraña, un embuste del que termina como víctima toda una sociedad. Han sido expertos, desde el poder, en confundirnos con sutiles engaños, que por ser tan laboriosamente incrustados en el pensamiento de la gente común llegan a percibirse como verdades; las que tienen siempre corta vida.
Dicho eso, hemos estado sometidos a la doble verdad, que por ser tal siembra la duda. En estos tiempos difíciles donde la economía, mucho más que otros temas importantes, rige la vida de la gente y en época de comienzo de año, donde el tema de la carga impositiva se presenta con una explosiva virulencia más que nunca se aprecia aquello de lo que se viene hablando más arriba. El proceso inflacionario, sobre todo en el interior del país, ha pegado con una contundencia fenomenal. Los índices con los que se renovaron las cifras a pagar por impuestos provinciales y municipales (anuales), nada tienen que ver con los índices nacionales. Nadie explica el porqué. Nadie se ocupa de decirnos a qué se debe ese desatino. Sólo la percepción de una ciudadanía, al borde de un ataque de nervios, por sí puede deducirlo. Sólo una descontrolada secuencia de gastos públicos justifica lo expuesto. Publicidad de todo tipo sobre los (obligados) actos de gobierno, festivales, gigantografías, cortos televisivos de lo archiconocido justifican el apriete impositivo. Una sociedad sumisa y temerosa de las amenazas publicitarias oficiales sobre los riesgos de no pagar en término se vuelca en tropel a pagar, a como dé lugar, sus obligaciones. Fue, es y será por siempre; somos así, genéticamente pagadores; alejados de aquellos a los que la moratoria “salvadora” lavará sus culpas morosas.
Bueno es decir, por una simple cuestión de justicia, que los esfuerzos del gobierno central del Dr. Milei chocan frente a este despilfarro generado en el interior; donde cada oficina pública se ha transformado poco menos que en un pequeño reducto de “protegidos” bajo el pesado estigma del empleado público, cuyo control de eficiencia se pone en duda de continuo, con justificadas y comprobables razones. Todo lo dicho inyecta presión en el aumento de la carga impositiva sobre los ciudadanos de a pie, de un modo injusto.
Todo lo expuesto atenta, del punto de vista que se lo quiera mirar, contra el principio de libertad, tan predicado desde el gobierno nacional. Y esas “pequeñas porciones de libertad” que se van perdiendo, como se indica en el título, atenta contra la gran conquista de libertad que, con razón, se quiere conquistar para el bien de todos. ¿Se entenderá, un día?
Deja una respuesta