Por Luis Américo Illuminati.-
«La filosofía es el arte de no ser engañado por las palabras» (Hegel).
Cuando surge un asunto de vital importancia que debatir en la Argentina la discusión se convierte en un campo de batalla, en la calle, en el Congreso y en los medios. La legislación laboral desde que existe el peronismo ha sido constantemente un incordio. La democracia no existe en los gremios, existe el feudo gremial. La caza de brujas de antaño ha sido suplantada por la cancelación y en su lugar tiene prioridad y auge la ciega aceptación sin reflexión ni crítica que permita una convivencia pacífica. Esta desgraciada antinomia omnipresente no es algo reciente, sino que está arraigada en la cultura del trabajo por obra de una política populista que es un lecho de Procusto. Se razona «a dicto secundum quid ad dictum simpliciter» (de lo que es relativo a algo, a lo que se dice sin restricción alguna). Vale decir, pasar de una aserción verdadera en un dominio limitado, a la aserción general aplicable a todos los casos. A nadie escapa que de un tiempo para acá la sociedad está en pleno naufragio, ya no hay tolerancia, ni amor ni comprensión, ni orden ni bonanza alguna, ya no existe en ningún lado el diálogo. La estupidez se expande vertiginosamente en el mundo. La inteligencia en plena regresión. Los therian (ver mi nota en esta misma página «Un fenómeno alarmante…») odian el lenguaje humano, quieren ser como los animales. El corolario es la impostura total, donde la locura como un doctor le dicta su ley a la destreza. Pues como bien dijo Hegel -y no se equivocaba- el hombre percibe «el mundo al revés» y cree que lo que ve (el mundo fenoménico) es lo correcto, lo normal y ordinario, no repara que detrás de lo aparente subyace -sub verbis- la verdad y así vive subyugado y sumergido en una realidad aparente. Oscila entre el laberinto del Minotauro y la caverna de Platón. Solamente encuentra la salida cuando reflexiona y medita gracias a la conciencia iluminada por la luz de la razón y la fe. Entonces liberado de las cadenas y las sombras, el hombre, el Dasein (ser-ahí) en el lenguaje de Heidegger -el ser que se interroga por el ser- enfoca, corrige, subsana, remedia, restaura el orden descompuesto: «the time is out of joint», el tiempo desarticulado (Hamlet, Acto I, escena 5) y pone las cosas en su justo equilibrio en dirección a la armonía. Por eso Hegel hablaba del «mundo al revés» en el contexto de la dialéctica y la conciencia. Para él, la realidad no es lo que parece a primera vista; hay una inversión entre lo aparente y lo esencial. La conciencia común ve el mundo «al revés» porque se queda en la superficie, mientras que la Filosofía busca revelar la verdad «invertida» o más profunda, el fondo de las cosas. El «mundo al revés» para Hegel significa que las cosas no son como parecen. La realidad profunda es lo opuesto a lo que vemos. Como si la verdad estuviera «patas para arriba». Karl Marx deliberadamente tergiversó la filosofía de Hegel, intentó vanamente refutar en este punto a Hegel, sosteniendo que su doctrina ponía al hombre de pie. Marx considera que Hegel comete un error al creer que la idea prevalece sobre la materia, afirmando que es ésta la que moldea la conciencia, calificando la inversión hegeliana como un «misticismo», sin importarle que su doctrina es pura filodoxia, es decir, la falacia de las falacias. De ahí nacen una serie de sofismas que sirvieron para complicar y enredar más aún las relaciones entre el capital y el trabajo, atizando el fuego en lugar de prevenir el incendio -el conflicto social- con una propuesta superadora que no desembocara en la lucha de clases. En la misma línea de Hegel se encuentra Lewis Carroll -Charles Dodgson- que captó la idea del «mundo al revés» en su libro «Alicia en el país de las maravillas», donde todo era lo contrario de la lógica. Lewis Carroll logra una metáfora profunda de la realidad al retratar el mundo como un espacio caótico, ilógico y arbitrario. Utiliza la lógica onírica para satirizar las reglas sociales y lingüísticas, demostrando que el orden racional es frágil o inexistente. Los cambios constantes de tamaño de Alicia reflejan un mundo onírico donde el individuo es muy pequeño o muy grande respecto del mundo circundante. El «mundo invertido» de Hegel (desarrollado en la Fenomenología del Espíritu) y el País de las Maravillas de Lewis Carroll comparten la lógica de la inversión absoluta donde las leyes convencionales se subvierten. Hegel propone un mundo que invierte el mundo sensible (donde lo positivo se vuelve negativo, la fuerza se invierte), lo que coincide con el sinsentido y las paradojas lógicas en el espejo de Carroll, donde las flores hablan y el tiempo corre al revés. Hegel entiende que la realidad es un todo y la ley fundamental es la inversión o los opuestos (el ser se vuelve nada). En el espejo de Alicia Dodgson, los personajes deben correr para quedarse en el mismo sitio o recordar eventos antes de que sucedan, desafiando la lógica causal. Hegel y Dodgson coinciden en su crítica o desafío a la racionalidad convencional. Mientras Hegel lo usa para explicar la dialéctica del entendimiento, Carroll utiliza la lógica matemática para crear un «sinsentido» estructurado. El resultado es un mundo loco donde los gatos sonríen, las reinas juegan a los naipes, donde todo es al revés. ¿No es acaso así el mundo que hoy vivimos, donde el vicio es una virtud y la virtud es algo ridículo y estúpido, la «cosa en sí» es el disparate y la entropía permanente es el estado normal del mundo, especialmente en la Argentina, el país de las maravillas? Lo estamos viendo con la reforma laboral, donde el peronismo utiliza un falaz razonamiento para poner palos a la rueda con argumentos que llevan a una aporía (un callejón sin salida), distorsionando la realidad, que hace apología de la violencia, de la revolución sangrienta, que lleva a la rebelión de las masas, con paros y huelgas interminables, con manifestaciones que son actos de terrorismo que alienta un amplio sector del corporativismo gremial parasitario, sector biomórfico y anacrónico que se arroga la defensa de los derechos de los trabajadores, anomalía social que lleva a la destrucción de la economía nacional, que promueve el conflicto permanente entre obreros y patrones, donde la industria del juicio laboral por cualquier motivo llevó a la ruina de empresas e industrias y ahora el desempleo y la falta de trabajo es el triste resultado, esto es la obra del peronismo que hizo del trabajo un derecho que funciona sistemáticamente como un artefacto que destruye su fuente de subsistencia. He aquí la Argentina del revés, un mundo loco, esquizofrénico que no permite progresar, que prefiere quemar no sólo las naves sino también los árboles del bosque que le darán cobijo, refugio y sombra en el verano. Hacer apología del interés mezquino de un sector -la obsoleta y abusiva legislación que el peronismo de ayer y de hoy quiere mantener «ad eternum»- por sobre el bien general de la sociedad, implica razonar «a dicto secundum quid ad dictum simpliciter», implica llevar la contra ciega y empecinadamente porque sí, por orgullo, interés o por capricho. El patrón debe sí o sí asumir todos los riesgos y el trabajador nada. Si la ley de la oferta y la demanda se debilita o expira y no hay trabajo, si las empresas extranjeras emigran, de ellos no es la culpa. La culpa es del patrón, ese «miserable explotador», según la remanida consigna o cliché de bolsillo del peronismo y del comunismo.
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