Por José Luis Milia.-
El presidente Emmanuel Macron —con la solemnidad de un mesías de cuarta que cree que sus palabras son decretos divinos— calificó en su cuenta de X el asesinato de Quentin Deranque, joven francés de derecha, como “un estallido de violencia sin precedentes”. La frase suena tan hueca que uno no sabe si Macron es cínico, ciego, mentiroso… o todo eso junto. Porque si esto fue “violencia sin precedentes”, ¿dónde estaba el señor presidente la noche del 13 de noviembre de 2015, cuando París y Saint-Denis se convirtieron en un campo de batalla? Aquella vez, los ataques coordinados de islamistas suicidas- tiroteos en bares y restaurantes, rehenes asesinados en Le Bataclan, explosiones en el Stade de France, dejaron 130 muertos y más de 400 heridos. El Estado Islámico se adjudicó la masacre. Pero claro, para Macron aquello debe haber sido apenas un malentendido urbano.
La izquierda, mientras tanto, sigue con su catecismo hipócrita. “La derecha es violenta”, repiten, mientras ellos mismos asesinan, amedrentan y organizan linchamientos. “La derecha es facha”, gritan, mientras montan escraches, cancelaciones y persecuciones. “La derecha es perversa”, pontifican, mientras sus intelectuales relativizan la pedofilia o defienden abusadores. La izquierda te mete preso por un gesto, pero su tradición es, como hoy hace en España, soltar violadores y aliarse con los asesinos de ETA. El doble estándar ya no es un síntoma, es su ADN.
Y la pregunta incómoda nunca se responde: ¿cuántos de los asesinos de Quentin eran franceses? Porque el linchamiento “progre” es global; son los mismos delincuentes con la misma mentalidad asesina que en la Argentina de los ’70 sembró el país de víctimas, reciclados hoy con el sello “woke”.
El wokismo fue la gran estafa de la izquierda. Transformó sociedades en bombas de tiempo, multiplicó divisiones, introdujo la censura bajo el disfraz de “combate a la desinformación” y dejó como herencia impuestos para sostener migrantes y los pobres que ellos generaron, desempleo nativo y un intervencionismo económico que asfixia. La inmigración descontrolada tampoco es “inclusión” ni “diversidad”: es un problema monumental para la sociedad y la economía. Pero decirlo es pecado, porque el progresismo convirtió la mentira en religión y la censura en sacramento.
Macron, con su teatral indignación, no hace más que confirmar lo obvio: el verdadero “estallido sin precedentes” no es el crimen de Quentin, ni siquiera la violencia que desgarra a Francia. Es la hipocresía institucional, esa maquinaria que convierte tragedias en excusas y que se alimenta de la mentira como si fuera dogma.
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