Por José Luis Milia.-

Me defino como conservador. Vengo de una familia conservadora y creo, siguiendo a Emilio Hardoy, que el conservadurismo argentino, aun con sus graves defectos cívicos, dio forma a una república que prometía ser un solar de paz, orden y progreso para millones de desplazados del mundo. Esa república -imperfecta, elitista, limitada- fue, sin embargo, una construcción institucional seria, con reglas, con Estado, con una noción de legalidad que hoy resulta casi exótica. Reconocerlo no implica absolverla, pero sí entender que algo muy valioso existió allí.

Dicho esto, sería intelectualmente deshonesto no admitir que fue el radicalismo el que le dio a la Argentina los tres mejores presidentes del siglo XX.

El radicalismo nació a fines del siglo XIX como un grito contra el régimen conservador que desde 1880 monopolizaba el poder. En sus primeros pasos fue un instrumento de incorporación política de sectores relegados y el actor central de la transición desde la república de salón hacia la democracia de masas. Cumplió, en ese sentido, una función histórica imprescindible. Pero allí mismo comenzó su degradación. La estructura de comité terminó convirtiendo a la militancia en un culto a la palabra hueca: discursos como espejismos, frases ampulosas sin sustancia, retórica sin hechos. Mientras unos pocos dirigentes soñaban con ampliar la república sin destruir lo mejor del legado conservador, la mayoría se hundía en internas facciosas, personalismos y resentimientos. Un pantano donde flotaban los mediocres y se ahogaba cualquier idea seria.

Y, sin embargo, en una de esas paradojas crueles que definen a la Argentina, fue ese mismo partido -que hizo del vacío un método- el que terminó produciendo tres excepciones extraordinarias. De un aparato político mezquino y pedestre surgieron anomalías brillantes, hombres que gobernaron con instituciones, proyecto y decencia. Marcelo T. de Alvear, Arturo Frondizi y Arturo Illia compartieron estilos distintos, pero también un destino común: fueron demasiado buenos para un sistema político que premia la demagogia, cultiva la ignorancia y castiga la seriedad.

Alvear gobernó entre 1922 y 1928, probablemente el período más estable y eficaz de la Argentina moderna. Hubo crecimiento, obra pública, equilibrio fiscal, respeto por la ley y una YPF profesional que cimentó la soberanía energética. No hubo épica ni relato: hubo un Estado que funcionaba. Su error fue creer que el radicalismo estaba a la altura. Ya durante su gobierno comenzaron las fracturas internas y los personalismos mezquinos que generaron las condiciones políticas para el golpe de 1930, junto con la acción de los conservadores que, como reconoció sin eufemismos Emilio Hardoy, fueron responsables directos del desastre: “los conservadores que institucionalizamos el fraude electoral y con torpeza incomparable impedimos que Marcelo T. de Alvear fuera de nuevo presidente y, en definitiva, conseguimos que lo fuera Perón”. Con ello, el orden institucional que Alvear había consolidado se evaporó.

Frondizi fue el único presidente argentino que se atrevió a transformar en serio la estructura económica dependiente del país. Comprendió que sin energía, industria pesada, tecnología y educación técnica la Argentina era inviable. Usó el capital extranjero no para entregar el país, sino para emanciparlo. ¿Quién demolió su proyecto con mayor saña? No sólo los cuarteles ni el peronismo proscripto, sino también un radicalismo dividido que lo tildó de traidor y vendepatria. Frondizi no cayó solo por los militares: cayó porque una parte del partido al que pertenecía fue demasiado mediocre, cobarde y miserable para defender un proyecto que era demasiado serio para la política argentina.

Arturo Illia fue el presidente más honesto que tuvo la Argentina. Gobernó con la ley, mejoró la economía, redujo la inflación, reguló a los poderosos -ley de medicamentos- y fortaleció la educación y la ciencia. En apenas tres años el país llegó a crecer a tasas cercanas al 10% anual. No robó, no persiguió, no gritó. ¿Resultado? Lo llamaron lento, inútil, débil; lo caricaturizaron como una tortuga. La prensa lo demolió, los poderes económicos lo aislaron y el radicalismo fue incapaz de construirle poder político. Creyeron, otra vez, que la decencia se defendía sola.

Ellos no fueron el problema. Alvear no falló por gobernar bien. Frondizi no falló por tener razón antes de tiempo. Illia no falló por ser honesto. Falló el sistema político que los rodeó y falló, en particular, un radicalismo que habló sin cesar de República, pero nunca supo sostener a sus mejores hombres cuando gobernaron de verdad, pues el radicalismo -al igual que el país- no estuvo a su altura cuando hubo que defenderlos. Tal vez por eso seguimos buscando salvadores, tal vez por eso mismo, por la vergüenza que ello entraña, el radicalismo y sus seguidores, han preferido olvidarlos y recordar reverentemente a un charlatán de feria que recitaba como mantra salvador el preámbulo de una constitución que estaba dispuesto a manosear en todo momento.

Alvear, Frondizi e Illia fueron, pese a errores y equivocaciones, la excepción luminosa en la oscura y triste política de un país que hace tiempo ha perdido su rumbo.

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