La debilidad de la democracia

Las frecuentes quiebras del orden democrático mucho tiene que ver con una socialización política que no impulsa la formación y vigorización de un sistema de partidos que limite la intromisión de las corporaciones como el ejército, la Iglesia, los sindicatos, empresas y otras organizaciones, en el conflicto político. Las corporaciones están diseñadas para defender intereses sectoriales, no poseen una perspectiva general de los problemas, no son organizaciones de funcionalidad política pero tienen un arma de la que los partidos carecen: la coacción política. Pueden crear situaciones que lleven a dictaduras, incluso al totalitarismo. Los golpes de estado están ligados por lo general a esta dinámica: el Estado interviene necesariamente ante los conflictos que decantan de golpear directamente al poder en busca de demandas sectoriales. La debilidad del sistema de partidos los ha provocado en varios países de Latinoamérica. Nuestro país es buen ejemplo. El ejército como sector más preparado para mantener el orden, tuvo que intervenir en reiteradas oportunidades, quebrando el precario orden democrático. Los políticos sobrepasados lo pidieron a gritos.

Los partidos son indispensables no solo para dar información sobre las demandas de los votantes sino para conciliarlas viendo si tienen posibilidades de ser satisfechas dentro del contexto histórico en que se vive. Deben ofrecer soluciones probables a los problemas del total de la sociedad aunque representen a un sector de ella. Las corporaciones cuando la democracia se debilita aparecen en la escena política para disputarles su rol.

Los sindicatos, empresas y otros grupos significativos en pos de sus propios intereses, tienden a distorsionar los mecanismos autoreguladores del mercado y a crear privilegios para las corporaciones de más capacidad de presión sobre el gobierno. Le pasan la carga que representan los privilegios y dádivas que les otorga el gobierno a otros sectores sin capacidad para presionar. Las corporaciones siempre tienden a liberarse de la protección de los partidos procurando ponerlos a su servicio. En un contexto similar al que describo, el entonces coronel Perón con un liderazgo improvisado utilizó los medios de una endeble democracia para destruirla. Su alianza con la Iglesia, el Ejército y los sindicatos, permitió la primera dictadura electiva de la Argentina. Fue apoyada por amplios sectores de la población.

Es necesario, a través de la educación, diseminar una cultura favorable a la democracia, que muestre la importancia de sus pilares: el sistema de partidos la institucionalización de la opinión pública y el mercado del voto. Sumarle el respeto por la propiedad privada y el estado de derecho.

Decidirnos por la democracia, por más imperfecta que sea, nos permite deshacernos de malos gobernantes sin violencia Es la mejor opción con la que contamos hasta ahora. El sistema político democrático prescribe normas provisorias y perfectibles para elegir pero la responsabilidad recae libre y enteramente sobre las personas. La gama de alternativas también es limitada.

El mercado del voto donde compiten partidos políticos con propuestas de gobierno alternativas, es el único método, no arbitrario, que a pesar de sus imperfecciones no depende de un gobernante autoritario, sino de la decisión de miles de ciudadanos y de un marco normativo común cuyo resguardo depende del Estado. Este marco es el fundamento del sistema de partidos y no la mera existencia de estos.

Los desmanes que sufren países vecinos son perpetrados por vándalos que no se han incorporado a las estructuras políticas democráticas, han resultado proclives a ser captadas por liderazgos antipartido situados al margen de las normas democráticas. Se le añaden ideas anticapitalistas que hacen un conjunto peligroso en la lucha por terminar con la democracia. Los partidos son los encargados de permitir una participación política ordenada. Están especializados en la competencia política para alcanzar el poder de la sociedad global mediante la ocupación del gobierno para dirigir el Estado. Donde la democracia por una causa u otra no funciona bien y el sistema de partidos, no logra robustecerse, la democracia suele ser la víctima.

En estos días Chile muestra que la incorporación creciente de sectores sociales, antes marginales, se ha hecho difícil, es acompañada por una inmensa revolución de las expectativas en el plano psicológico por la mayoría de los chilenos. Se amplió la movilidad social abriendo los canales a la participación política, ello acelera nuevos y más altos niveles de aspiraciones desatando graves conflictos para la estructura democrática.

Hay ideas que deterioran la fe y la práctica de la democracia. Ésta es importante para mantener la paz. Como bien lo expresa von Mises, la democracia no es una institución revolucionaria sino el mejor sistema para evitar revoluciones y guerras civiles porque hace posible adaptar pacíficamente el Gobierno a los deseos de la mayoría o, en la primera elección, deshacerse de quienes gobiernan. Sin embargo, gobierno del pueblo no significa que prevalezca la masa, aclara Mises, se pretende a los mejores pero deben demostrar su capacidad política convenciendo a los ciudadanos, en vez de hacerlo con tanques en la calle. Sin embargo, la democracia no garantiza a los mejores, puede que se elija un gobierno bueno, regular o malo si las ideas de la gente son equivocadas.

En Argentina es lamentable que no se haya fortalecido un sistema de partidos. Con Macri presidente hubieron esperanzas de que comenzara a formarse, pero ahora cabe la posibilidad de que el nuevo Gobierno kirchnerista intente debilitar los embriones de partidos que existen, -unidos de vez en cuando por intereses políticos o particulares- y trate de crear un “Movimiento”, a semejanza del de Perón. El Movimiento trata de terminar con los partidos y con la democracia. Fue objetivo del socialismo marxista, el fascismo, el nacional socialismo y los anarquistas. También es el de los populismos, los cuales los aceptan, transitoriamente, hasta alcanzar el poder. Luego la idea es terminar con ellos y también con la política, para pasar a la “administración” hecho que lleva a la burocratización y estatización de la sociedad como a la creación de un “antipartido”.

En las situaciones de crisis, como la actual en Bolivia, el poder tiende a concentrarse. No solo en los autoritarismos, también en las democracias, para poder resolver más rápidamente los conflictos e imponer el orden. Ello puede derivar también en despotismos.

Bolivia como Chile y Argentina, en muchos aspectos tan distintos, muestran que todo Gobierno debe satisfacer las necesidades, expectativas, e intereses generales, aunque no sea totalmente, para que se mantenga el orden social. Algunos gobernantes, se exceden para aumentar su poder tratando de eliminar otros poderes, provocando inquietud, ansiedad, por lo que el ejercicio del mandato y su obediencia se hace cada vez más débil o se pierde. Altas cuotas de poder como las que se apropiaron Evo Morales y Nicolás Maduro, hacen que se hayan animado a manipularlo en su propio beneficio y en los de sus amigos, quienes recibieron recompensas institucionales o prebendarías. Perdieron de este modo credibilidad y consenso, dos elementos fundamentales para conservar el poder.

Los partidos reclaman en democracia que sus líderes se acepten mutuamente. Su existencia responde a que la democracia directa es imposible en una sociedad de altos grados de complejidad. La gente le entrega al partido y a su liderazgo la representatividad de su poder político. Aunque se elige entre oligarquías este sistema permite no solo que se las revoque periódicamente sino que se las controle por varios medios, evitando el poder absoluto. Todos pueden aspirar a los cargos electivos.

Subrayando el carácter cooperativo de la sociedad, vuelvo a Mises: por cuanto la división del trabajo exige la paz, el liberalismo aspira a montar el sistema de gobierno que mejor la salvaguarda: el democrático”.

Elena Valero Narváez

Miembro de Número de la Academia Argentina de la Historia

Miembro del Instituto de Economía de la Academia de Ciencias Morales y Políticas

Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas)

Autora de “El Crepúsculo Argentino” (Ed Lumiere, 2006)

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8 comments for “La debilidad de la democracia

  1. Ironics
    19/11/2019 at 7:54 PM

    Señora me gusta como escribe usted, pero dejeme decirle que mas importante
    que la democracia, es la republica.

    Si esta no funciona, por la debilidad de sus instituciones, la democracia pierde sentido.

    Claro en la base esta la educacion y un Poder Judicial fuerte y apolitico.

    Sino son solo discursos muy lindos, pero asi no va la cosa, ni va a ir nunca.
    Quizas se degrade mucho mas aun.

    Saludo

  2. Ironics
    19/11/2019 at 7:56 PM

    Abono dos ejemplos, Chile y Bolivia.

    Fijese como se resolvio distinto de acuerdo a la fortaleza de la republica
    en uno y otro pais.

  3. roberto
    20/11/2019 at 8:10 AM

    Señora, Ud. menciona la ” democracia ” como lo señalan los sres. politicos permanentemente. Y eso no es asi.. En mi opinion.

    En principio estoy de acuerdo con lo que dice ” Ironics ” mas arriba. Preguntese, porque razón la palabrita ” democracia ” no existe en,la Asamblea francesa, ni tampoco en el Acta de la independencia Americana, preguntese porque desde Churchil, hasta Adams, o Madison,despreciaban la ” democracia ” y decian traia anarquia, que no servia, y que terminaria con los derechos individuales, y seria el fin de la libertad y el derecho de propiedad.

    Lo importante, y asi lo establecieron nuestros proceres, es la REPUBLICA DE GOBIERNO REPRESENTATIVO, consistente, en el Poder Ejecutivo que dirige la Nacion, el Poder Legislativo, que hace las leyes, y el Poder Judicial que sirve para vigilar a los anteriores, y para hacer justicia independiente, basado en la Ley, que es la Constitucion Nacional. Asi lo entendio Alberdi, y asi desde 1853 en adelante empleando los principios republicanos, la Argentina paso a ser una de las naciones mas ricas, prosperas y libres del mundo civilizado.

    Desde 1816 a 1946 nunca tuvimos mas de 3% de inflacion al año. Lamentablemente llego el peronismo y les enseño a los sres. ” politicos ” como destrozar la Nacion, como gastar el ahorro previo, y como eleborar pobres para tener ciudadanos de 2da. cautivos, y seguidores por limosnas. Apelando a la famosa ” tercera posicion ” de tomar del socialismo y del liberalismo lo mejor, dejando los extremos…etc etc etc, que en Europa lo llamaban ” intervencionismo ” la Argentina y sus malditos politicos, una y otra vez prosiguen incurriendo en el despotismo ilustrado, del gasto las prebendas los favoritismos, los punteros, los piquetes, y llamelo, como quiera, el gasto excesivo fuera de nuestras posibilidades, que nos empobrece cada dia que pasa. Todos los gobiernos se financian con deuda externa, y lo hacen ” pensando en la justicia social ” QUE NO EXISTE.

    La famosa justicia social es otro pleonasmo, a menos alguien conozca la justicia mineral, o vegetal, o animal ? Peron, que era socialista admirador de Hitler en el GOU, y en su estada en Italia admirando a Mussolini, vacunó al Pais con sus ideas, con la Carta del Laboro elevando a los sres. sindicalistas, a la calidad de explotadores pagos, vividores de trabajadores, que dejan con sus demandas a la mitad de los trabajadores del Pais sin trabajo, que subsisten con changas.

    Macri tuvo una gran oportunidad y falló. Hoy tenemos nuevamente por delante los mafiosos al poder, gracias a la ” democracia ” que es solamente poner un voto en una urna, para que los elegidos, se llenen la boca de la famosa palabra, y digan ” hoy triunfo la democracia ” o nos engatusen conque ” con la democracia se vive, con la democracia se educa, con las democracia se cura etc etc etc. Todo para la tribuna.

    Para que haya mas democracia, los politicos necesitan mas pobres necesitados, mas empleados publicos dependientes, mas punteros obedientes, y eso lo ha logrado el peronismo y el progresismo en el Pais. Hay Provincias en el norte que son verguenza mundial, con gobernantes que se retiran cuando mueren, y con la mayor cantidad de empleados publicos que crecieron con los K al 4% anual, mientras el Pais esta estancado hace 12 años, sin crecer.

    Nuestro politicos TODOS SON DEMOCRATICOS, TODOS ADORAS LAS ELECCIONES Y LA BOLETA SABANA, donde incluyen personajes que solo sus familiares conocen.

    De este manera no podremos avanzar.

    Lo que nos falta en principio es EDUCACION, EDUCACION, EDUCACION. Inculcar los valores republicanos a nuestros docentes para que los enseñen en las aulas, y en 20 o 30 años podriamos llegar a ser otra vez una gran nación, con cada vez menos politicos, menos empleados publicos, menos democracia y mas republica , mas chimeneas y mas riqueza en nuestros ciudadanos.

  4. Emi
    20/11/2019 at 1:14 PM

    LA ESI ( EDUCACIÓN SEXUAL INTEGRAL) QUE SE VA A DICTAR EN LAS ESCUELAS EN LOS TRES NIVELES. ESTA EN CONTRA DE NUESTRA LEGISLACION DE FONDO. Y QUITA A LOS PADRES AUTORIDAD PARA EDUCAR A SUS HIJOS EN TEMAS SENSIBLES.
    OTRO ATROPELLO IDEOLÓGICO CONTRA LA FAMILIA ARGENTINA.

    • .....................................
      20/11/2019 at 1:18 PM

      YA QUITARON LA PATRIA POTESTAD
      EL NUEVO ABERRANTE CODIGO CIVIL YA NO ESTÁ LA FIGURA DE PADRE Y MADRE
      Y A LOS INFANTES SE LES PUEDE ENSEÑAR ESI DESDE LOS CUARENTA Y CINCO DÍAS DE NACIDOS.

    • .....................................
      20/11/2019 at 1:46 PM

  5. °
    20/11/2019 at 1:44 PM

    De la democracia, ¿puede salir algo bueno?
    Por Flavio Infante -19/11/2019

    La democracia, sepulturera del «demos»

    Es frecuente que cuando algo es exaltado sobremanera, cuando a algo o alguien se le arroga un puesto en la escala de los seres muy por encima de su real talante, lo que sigue sea la aniquilación implacable del objeto así encumbrado. Porque el absurdo es corrosivo, y el abstraer a nadie de su real puesto en el cosmos atrae la intervención de esa justicia vindicativa implícita en las obras de la Providencia divina, que no se está ociosa ante los desafueros de los mortales. Poner a algo o alguien por las nubes suele seguirse de su conversión en gas, en humo.

    Algo así ocurrió con esa unidad orgánica y jerárquica llamada «pueblo» después de que agitadores e ideólogos de la Revolución levantaran el increíble estandarte de la «soberanía popular», dotando de atributos regios (que, por definición, corresponden a uno solo) a la muchedumbre. Muy pronto desde entonces la unidad del pueblo (que le venía dada por su identidad histórico-cultural) pasó a fundarse en esta prerrogativa que se le birlara al Príncipe, lo que supuso quizás la más crasa cristalización del error voluntarista -y de mayor alcance- que se conozca en la vida de las sociedades históricas.

    Fue un golpe de mano al nivel de las concepciones primordiales, de los conceptos que traducen la aprehensión misma de las cosas, una herida en la inteligencia que determinó la vasta hecatombe de extravíos que se han venido sucediendo hasta la actualidad en progresión siempre creciente. Como consecuencia, el pueblo dejó de existir a instancias de la masa -esa entidad voluble, de pura materialidad sin forma, pasible de ser domeñada, como la masilla, por las manos de aquel que se la apropie. Y susceptible también de ser arreada detrás de una “causa” tan volátil como la honra de sus propugnadores. En nuestros días lo comprueba sin atenuantes el auge incontrastable de la estupidez, cuyo cultivo se revela prioritaria política de Estado, al igual que la coexistencia (la paradoja no es más que aparente) del individualismo y la despersonalización más extremos, en una hipnótica síntesis de liberalismo y colectivismo marxista consumada por esa «fraternidad» postrera llamada a superar la tensión (latente ya desde los días de Desmoulins y de Babeuf) entre la libertad y la igualdad revolucionarias. La democracia –dogma inatacable de nuestro tiempo, y por ello tabla a la que se aferra el hombre limitado a su solo instinto de conservación, como lo comprueba tanto comedido obispo- supo así erigir al buenismo como árbitro de las disociadoras fuerzas del orgullo y de la envidia que bullían en su seno. Por este recurso extremo logra la sociedad pervivir en su símil, tal como el pueblo lo venía haciendo en su simio.

    El convencionalismo axiológico, fruto del trastorno democrático de los principios

    La remota e indeficiente lección de un Pitágoras, que supo a lo múltiple derivado de lo Uno, apenas dice nada a nuestros contemporáneos arrastrados tan habitualmente al caos como periódicamente a las urnas. Ni se sentirán sus ideólogos llamados, como aquellos ilustres filósofos que la historia registra con el mote de «presocráticos», a remontar afanosamente la pluralidad de los seres en busca del Principio unitario. En política, concretamente, aquel talante fructificó en el viejo Platón de la Carta VII y en el mayor de sus discípulos, cuya máxima luego glosada por santo Tomás («sapientis est ordinare») cifraba una cualidad tan netamente personal que mal podía atribuirse a la multitud. Sabio se dice de uno, que no de muchos. Corresponde, en todo caso, a los muchos (y esto es efecto de la sana regulación de la política) beneficiarse del rebalse del gobernante sabio.

    En la vieja noción de la soberanía real como dimanada de Dios, las leyes del buen gobierno temporal no pueden sino reproducir por analogía el gobierno providencial del Creador sobre todas las cosas, al paso que es la propia Providencia la que designa al mandante, la que lo trae al pináculo de la existencia pública para que encarne aquellos principios. Alguno podrá replicar que esto podría igualmente decirse del gobernante consagrado por los votos de miríadas de electores encantados por la propaganda multimedia, toda vez que la Providencia no tuvo a bien impedir su ascenso fulminándolo con un rayo. Será menester entonces notar la profunda disparidad de los principios que animan a una y otra concepción para entender que difícilmente disponga Dios ungir al príncipe que ha sido fruto de la rebelión contra Su ley, haciendo al pueblo la fuente del poder. A lo más, todo lo que caiga de este lado servirá a explicar ese singular aspecto de la Providencia conocido como «permisión del mal».

    La democracia ateniense había sido el régimen político proporcionado a la tesis de Protágoras (el puro metro humano) y a la logomaquia de los sofistas. La democracia moderna, para salvar el abismo de tantos siglos, aprovechó el jalón del absolutismo real -si es que no estaba implícita en él: el rey, poniéndose al margen de todo lo que limitaba el ejercicio de su autoridad (empezando por la tradición política común, de la que se tenía voluntariamente por ab-suelto, como así también de todo ligamen trascendente a la mera razón de Estado), y aunque siguiera invocando el origen divino de su mandato, actuaba persuadido de la autodeterminación del mismo. Bastó sólo con cambiar el sujeto de esta autodeterminación (que ya constituía una doctrina extraña aunque la encarnara un hombre de cetro y corona) para desencadenar la catástrofe democrática en agobiante vigor. No es casual que la Revolución política triunfara primeramente en aquellas naciones (Inglaterra, Francia) que antes habían sucumbido a la deriva absolutista.

    Hay, pues, una doble indebida apropiación, un auténtico pillaje en la raíz misma de este régimen que ha sido universalmente impuesto a sangre y fuego en el arco que va de las guerras napoleónicas hasta las dos Guerras Mundiales. Lo que descarta, para el caso, el profesarle alguna indulgencia por recurso a la manida «indiferencia» respecto del modo de gobierno en tanto éste conspire al bien común. [Urge, por lo demás, descartar la engañosa identificación de «bien común» con desarrollo técnico-económico: si hay un espejismo que no debiera hacer mella entre católicos es éste, estrechamente asimilable al carácter de las tentaciones sufridas por Nuestro Señor en el desierto, reductibles al cabo a la conversio ad creaturam. Ésta es precisamente la adulterada noción de «bien común» que prevalece, cuando aún se la invoca, en la híspida conglutinación democrática]

    Una vez creado y ensanchado el vacío, lo que matemáticamente sigue (si acaso, a modo de paliativo instado por el horror vacui) es la agotadora recurrencia a la constitución escrita, esa especie de compromiso entre el derecho positivo y la ley no escrita en la que anidan aquellos principios «de rango constitucional» que garantizarían alguna solidez en la licuefacción del moderno devenir político. Pero aun estos principios fundantes no pueden sustraerse a su carácter enteramente convencional, indiferentes como lo son a la naturaleza de las cosas invocadas en sus formulísticos notariales parágrafos. La democracia es cínicamente positivista, consagra la pura facticidad contra el «deber ser», y sus leyes suelen ser más la expresión de la procacidad autosuficiente de una Babel orbital que no el reflejo de una armonía incoada en la convivencia de los hombres. Una pura nadería dimanada de consensos artificiales que no alcanza a llenar de alguna sustancia a esos sus «valores» ululados hasta la extenuación.

    A la postre, no hay nada de innoble, de vergonzoso o de protervo que la democracia no se avenga a reivindicar, allí donde la «diversidad» es el supremo paradigma.

    La democracia es una religión

    En un texto escrito hace ya cien años e incluido en su El espectador, Ortega aludía al hecho de que «como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de procurarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias». Entre estas extravagancias el autor deploraba particularmente el plebeyismo que, lejos de suponer la elevación de la plebe a partir de la adquisición de un cierto inventario de derechos que otrora le habrían sido denegados, se reducía al «proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos». Certera en este último punto la observación, lo que Ortega no advierte es que la democracia, desde su funesta irrupción, se pretende a sí misma precisamente «principio integral de la existencia», y que en el ya remoto origen histórico de este convulso movimiento hacia el establecimiento de la Civitas hominis late un postulado lo suficientemente radical como para reclamar algo más que «puras formas jurídicas» que lo coronen. Esa primacía o imperio () concedidos, en insuperable impostura tética, a un «pueblo» que no es sino la hipóstasis larvada del mero arbitrio humano, ese hachazo aplicado a las raíces mismas de unos hábitos sociales fundados en la convicción inmemorial de que hay leyes inherentes a las cosas y al hombre y que éstas son previas a su arbitrio, ese auténtico salto histórico al vacío (y acá volvemos a considerar la correspondencia con una de las tentaciones rechazadas por el Señor en el desierto) no puede no querer constituir sino un «principio integral de la existencia» -o más bien un principio desintegrador de la misma. La democracia pretende ser mucho más, en suma, que una mera ordenación jurídica.

    Lo vio con la acuidad que es suya propia Nicolás Gómez Dávila, quien antes de abordar el tema de la democracia en su desarrollo histórico se sirvió recordar que «todo acto se inscribe en una multitud simultánea de contextos; pero un contexto unívoco, inmoto y último los circunscribe a todos. Una noción de Dios, explícita o tácita, es el contexto final que los ordena». De ahí que «ninguna situación concreta es analizable sin residuos o dilucidable coherentemente mientras no se determine el tipo de fallo teológico que la estructura». Se aplica aquí lo del Evangelio: «antorcha de tu cuerpo son tus ojos: si tu ojo fuere puro, o estuviere limpio, todo tu cuerpo estará iluminado. Mas si tienes malicioso o malo tu ojo, todo tu cuerpo estará oscurecido« (Mt 6,22). La democracia supone una identificación fundamental del hombre con la divinidad: es antropolátrica. «Su doctrina es una teología del hombre-dios; su práctica es la realización del principio en comportamientos, en instituciones y en obras»: esto es, la proyección corpórea de lo que el ojo ha previamente concebido.

    Por esto es que el abordaje de la democracia conviene sea hecho no tanto desde la teoría política cuanto desde la teología de la historia. Surgida para acabar con el régimen de cristiandad y para opugnar y suplantar al cristianismo (cosa inmediatamente advertida por los mártires de La Vendée y por los más esclarecidos testigos de la infestación revolucionaria, entre ellos un acatólico como Edmund Burke), este maldito propósito y la latitud de su éxito obligan a configurarla con las profecías atinentes a las postrimerías, al reinado del Anticristo –o, al menos, a retenerla su más esclarecido precursor. Su carácter sustitutivo y simiesco resulta, por lo demás, explícito al advertir el encomio que la democracia ha hecho a menudo de sus «padres», no que de sus «apóstoles» y «mártires». Como un organismo parásito, tomó la nomenclatura cristiana para re-semantizarla de conformidad con sus fétidos fantasmas.

    En estos tiempos de delirante ecumenismo dados a exagerar la porción de verdad contenida de hecho en las distintas religiones(los semina Verbi que san Justino vio esparcidos desde antiguo en los más diversos cultos), no estará de más precaverse contra la más irredimible de las religiones, aquella que ostenta el cero perfecto en punto a siembra de verdades parciales, la religión que enaltece a la humanidad, que es -otra vez en palabras de Gómez Dávila- «el único dios totalmente falso».

    Efectos deletéreos de la democracia

    Así como en el microscopio se escrutan los agentes patógenos, los efectos devastadores de los rituales democráticos en una nación pueden reconocerse al vivo en los pueblitos de campaña. Quien suscribe estas líneas vive en una localidad de la pampa húmeda que supera en poco los quinientos habitantes, y puede dar cuenta de lo que cualquier vecino podría confirmar: la proximidad de las elecciones pone a los candidatos (que suelen ser dos) en una frenética campaña de “compra de voluntades”, con erogación de dinero contante y sonante a cambio del voto. Tanto es así, que no extraña que el derrotado pueda alegar como razón de su derrota su menor disponibilidad financiera para el ejercicio de la venalidad.

    El carácter religioso invertido, como de superchería inapelable, se destaca al comparar la escasísima asistencia a Misa (o lo que eso parece, picado el nuevo rito dizque católico de toda suerte de guiños democratizantes y antropolátricos), en contraste con la masiva afluencia al cuarto oscuro. Endomingados para la fiesta cívica a la que acuden con la prestancia de las reses al matadero, los vecinos revelan sin saberlo el carácter sustitutivo de la verdadera religión que asume esta otra completamente ajena al esplendor y la belleza de la Verdad. Para no hablar del efecto inmediato de la comparsa comicial: la enemistad facciosa, de grupetes, fundada ni siquiera en la inconciliabilidad de cosmovisiones en pugna, sino –mucho más acá- en una rivalidad inducida, de gallos de riña, con susceptibilidades heridas a golpe de monosílabo y resquemores tan pueriles como durables. Como su nombre lo explicita, la política “de partido” vuelve a exhibir, aun en los escenarios más simples, todo el tenor de su aversión a la unidad.

    Es conocido aquel pasaje del Martín Fierro en que el protagonista es «arreado en montón» para ir a servir en la frontera con el indio, a instancias de un juez de paz que no le perdona su poca afición a los comicios:

    A mí el juez me tomó entre ojos

    En la última votación.

    Me le había hecho el remolón

    Y no me arrimé ese día,

    Y él dijo que yo servía

    A los de la esposición.

    Y ansí sufrí ese castigo,

    Tal vez por culpas ajenas.

    Que sean malas o sean güenas

    Las listas, siempre me escondo:

    Yo soy un gaucho redondo

    Y esas cosas no me enllenan.

    Se observa cómo el delirio polarizador inspira a los facciosos de uno y otro bando el atribuirle al abstencionista su presunta pertenencia al rival, «a los de la oposición». En nuestra campaña de la segunda mitad del siglo XIX, el hombre que llevaba en la latitud de su soledad el eco de una tradición atacada por el cosmopolitismo de los necios, sabía despreciar rotundamente las tretas de los mercaderes de ilusiones y las lisonjas prometeicas. Sabía, sin demasiadas letras, que «esas cosas» no son la plenitud de nadie.

    La plenitud que reivindicaba Fierro, con todo, luce imposible en tiempos de tal vacío existencial que hace que nuestros contemporáneos suenen a hueco si se los golpea un poco. La célebre pregunta de Natanael, aplicada ya no a Nazaret sino a la democracia o a la modernidad (que ambos son términos intercambiables por metonimia, como «feudalismo» y «alta Edad Media») puede responderse con un «ven y verás» que exhiba el mustio cuadro de la pura problematicidad de la existencia, la crisis político-económica crónica, la demolición de la familia, el aborto, la perversión sexual, la corrupción de las conciencias de los niños, el apogeo de la usura, la depresión y el hastío de la vida, la desmembración de las naciones y su repoblación a expensas de inmigraciones sustitutivas, la falsificación sistemática de todo lo visible y lo invisible, etc, …para comprender que el católico que esté dispuesto a cumplir un módico servicio a la verdad aceptando las reglas de la moderna política de partidos tendrá que hacer abstracción de sus principios –los suyos propios y los de la democracia-, y rehuir toda atención a las consecuencias y fines atinentes a unas premisas lo bastante explícitas como para augurar algo mejor que lo que vemos con espanto. Tendrá que admitir la homologación del Evangelio con las doctrinas más aberrantes, del mismo modo que el procedimiento eleccionario empareja al héroe y al desertor, al santo y al rufián, ya que todo voto vale uno.

    Una eficiente acción política católica para nuestros tiempos estribaría –así lo suponemos y así lo ponemos por obra- en un estado de repulsa categórica y de espera vertical, opiniendo a aquellos novissimus diebus [quibus] instabunt tempora periculosa (II Tim 3,1) el testimonio de una prestancia ojival y una solidez inconmutable, como de piedra viviente integrada en el templo espiritual de los redimidos. Dios nos lo conceda. Porque de los laberintos se sale por arriba, y a esta bestia pluricéfala y de aliento venenoso como la hidra sólo puede vencerla aquel Heracles divino que vendrá como el rayo, y no a la cabeza de ninguna lista eleccionaria.

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  6. Emi
    20/11/2019 at 5:31 PM

    ESTIMADA ELENA, LA JUSTICIA ES UN VALOR, FÍJESE UN SOLO DISVALOR QUE TIENE LA DEMOCRACIA (TIENE MILES), PERO LE DOY UN EJEMPLO.
    UN MES DE NOVIEMBRE LA GUERRILLA CRIMINAL Y TERRORISTA, ASESINABA EN EL CENTRO DE BS.aIRES, AL SR. SANTIAGO SOLDATI Y SU CHOFER SR. ROLDAN. EN EL ATENTADO MUEREN TRES INSURGENTES DE LA ORGANIZACIÓN TERRORISTA MONTONEROS AL MANIPULAR EL EXPLOSIVO; SIN EMBARGO LA DEMOCRACIA LOS INCLUYE EN EL PARQUE DE LA MEMORIA, Y ENCIMA INDEMNIZA A SUS FAMILIARES. PERO BUENO, PARECE QUE LA MAYORÍAS SIEMPRE TIENEN RAZÓN

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