Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra parece que pretender que las cosas cambien para bien es sólo una utopía. En cada uno de los ámbitos de la política y el espectro social los episodios que se viven tienen la rara particularidad de expresarse de un modo tan extraño, repetitivo y contradictorio que lleva a pensar que el ordenamiento equilibrado de las acciones de cada una de ellas, la política y el orden social, parecen encaminadas a sobrevivir en un clima de tal magnitud que la posibilidad de un reencuentro en un clima de apaciguamiento está muy lejos de conseguirse. Nada más lejos, en este enfoque, que ofrecer cuestionamientos explícitos sobre los alcances de los temas cotidianos; llámense asuntos que atañen a la política o las relaciones del cuerpo social. Cada uno, por su andarivel, trata de imponer su verdad. Y entonces, establecer un patrón de certezas en cada uno de los temas, es tarea muy difícil.
Pero el supuesto análisis, o para ser más simple la posibilidad de un reencuentro con la normalidad de los comportamientos a nivel de las conductas personales de los que se mueven en los ámbitos mencionados, sí merecen que se los deje bien expuestos para el juzgamiento de aquellos qué, como simples ciudadanos, tienen que soportar las afrentas a su tranquilidad, su paz social y, sobre todo, a la responsabilidad que tienen en el encumbramiento de hombres y mujeres que participan de las decisiones en su nombre, mediante el ejercicio del voto popular.
Los últimos acontecimientos vividos el último jueves, en el Congreso de la Nación (Diputados) y fuera de él, nos llevan, con la severidad del caso, a juzgar las conductas de quienes, sin escrúpulos de ningún tipo, ponen en juego la tranquilidad del resto de la ciudadanía. Para colmo de males la “convocatoria” a un paro general (el cuarto al gobierno del Presidente Milei), vino a poner sobre el tapete una situación que, por tan repetida, pasa a tener aristas de lo pésimo que resulta el tratamiento de las controversias que se presentan en el día a día entre la política gubernamental y la conducción de las cúpulas sindicales, tanto como con la oposición. Éstas (ambas), embanderadas con los resabios de un gobierno populista, demagógico y corrupto que por tantos años ensombreciera el ejercicio correcto que debe primar en el manejo de la cosa pública. El oponerse, por hacerlo de cualquier modo, sin importar los medios y los alcances del proceder. Las amenazas, de tinte golpista, como si esto aportara visibilidad a la conducta opositora. El aditamento y la “compañía” del mundo de izquierda, con lenguaje, propuestas y conductas de un pasado triturado por el añejamiento (representación popular -vía voto- de vergonzante porcentaje) que le aportan su brutal metodología verbal y la violencia en las calles. Todo en la búsqueda de la nada misma. Escasos de propuestas que sirvan para algo. Sólo una monotonía oscura de pensamiento y desenfreno, siempre, vinculado con la barbarie.
Nada de lo que exponen es valedero, una secuencia fantasmal del desprecio por lo ajeno (bienes e ideas). Los archivos, lejanos en el tiempo, confirman esta regla. El absurdo, como tránsito a un final anunciado. Dirigencia (sindical y política) detenida en la historia. La misma que al momento de juzgarlos no encuentra otro sinónimo que no sea el desencuentro con la lógica, la normalidad y el ideologismo que ya sucumbió, en el mundo, por lo anacrónico y olvidable por una cuestión temporal. El fracaso fue su única conquista; pero se lo pretende idolatrar y sostener con el grito y la amenaza; como si este fuera su único vocabulario, su lenguaje raquítico de mensajes útiles para la sociedad.
Por el lado del Congreso, no es menos patético el escenario. Gritos, insultos, conductas que recuerdan el peor de los manuales expertos en groserías. Un virtual circulo cerrado para el ridículo y la extravagancia. Y ahí están; son nuestros representantes, mal que nos pese. Pobreza de propuestas. Oponerse, por una costumbre atada a los prejuicios y la decadencia de tiempos que otra materialidad alejó, por propios errores, de la consideración popular. Todo nos lleva a reflexionar, como se dice en el título, ¿“Tanto les cuesta”?. Es decir, desembarazarse de esa realidad que cada vez los aleja más de un pueblo que se hartó de tanta estupidez. Los errores y vicios esperan, un día, ser redimidos.
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