Por José Luis Milia.-
Un año más ha pasado del Juicio a las Juntas, el verdadero acto fundacional del mito. Alfonsín -el beato laico del Preámbulo recitado como rosario- no dudó en violar la Constitución cuando advirtió que la transgresión rendía dividendos políticos y que una sociedad ansiosa de absoluciones morales no exigiría rendición de cuentas.
La guerra que las “orgas” terroristas le declararon a la República Argentina no terminó con el último disparo. Continuó, desde 1983, de manera más eficaz, en los tribunales, en los colegios, en las universidades y en la propaganda. Fue una guerra diferida, pensada para lograr lo que el sucio campo de batalla impuesto por el terrorismo no había garantizado: la derrota moral de las Fuerzas Armadas y la inversión completa de responsabilidades, hasta que el mismo pueblo que había exigido “aniquilar” al terrorismo terminó renegando de quienes ejecutaron esa orden.
Así, el llamado “padre de la democracia”- una distinción que en la Argentina se concede sin examen de antecedentes y con efecto retroactivo- encontró su oportunidad para dañar. Poco importó a los argentinos su prontuario, su paso como abogado de terroristas o su endémica mediocridad intelectual. Rodeado de declamadores profesionales, convencidos de que gobernar era recitar y acusar al pasado, se proclamó árbitro moral de una sociedad que jamás perdió la oportunidad de fingir inocencia.
Por cálculo político -disfrazado de torpeza jurídica- inauguró el primer gran circo judicial después de los años de plomo. Nunca le importó cerrar la tragedia vivida, sino administrarla. Se juzgó selectivamente, se blindó a los terroristas y se los recicló en víctimas ejemplares y reservas morales del régimen.
El llamado “relato de los derechos humanos” no fue justicia: fue política barata con toga. No fue un error: fue una decisión estratégica. Los juicios no cerraron el pasado; lo convirtieron en una fuente inagotable de poder simbólico.
Desde entonces, la Argentina vive bajo un sistema de culpabilidad administrada, donde la ley se aplica según conveniencia ideológica y el terrorismo goza de absolución moral automática. Ese fue el legado del “padre de la democracia”: una República jurídicamente degradada, moralmente desarmada y orgullosa de su hipocresía.
Como señaló el Dr. Alberto Solanet, más de 2.800 argentinos que combatieron al terrorismo fueron encarcelados como resultado de esta venganza y 970 ya han muerto en cautiverio. Un éxito colectivo: jueces satisfechos por haberse convertido en verdugos con toga, políticos con su hipocresía a salvo y una sociedad tranquilizada por haber elegido, una vez más, la mentira como relato.
10/01/2026 a las 8:59 PM
https://youtu.be/pjX0_Fi5TIw
11/01/2026 a las 12:55 AM
COMPARTIMOS SU MENSAJE.
PARA NOSOTROS SIEMPRE FUE, SE JUZGA A TODOS O A NINGUNO.
ASI DEBIO SER Y SINO, BORRON Y CUENTA NUEVA.
PERO ES SABIDO QUE LA IZQUIERDA CUANDO PIERDE LA GUERRA, LA VICTORIA LA RECUPERA EN LAS CALLES.
CLARO QUE SIEMPRE CUENTA CON UN PUEBLO HIPOCRITA Y ESCASAMENTE EDUCADO QUE,
LE PERMITE SER RECEPTIVO DE RELATOS POPULISTAS.
11/01/2026 a las 11:17 AM
El que lo catapultó como «Padre de la Democracia» fue NÉSTOR KIRCHNER, ya que hasta ese momento era un recuerdo.
11/01/2026 a las 8:09 PM
UN MAL RECUERDO !!
14/01/2026 a las 11:41 PM
El artículo es de una claridad notable. Lo de Alfonsín fué la lisa y llana derogación del artículo 18 de la Constitución Nacional. Un golpe de estado en toda la línea. Abogado del cabecilla del erp, garante de la impunidad de terroristas asesinos. Un desquicio de sujeto. Leí sobre el «juicio» de Nuremberg. Ese mamarracho, ejemplo de torturas y asesinatos llevado a cabo por los «buenos». La negación sistemática y brutal de acceso a pruebas que permitieran la más elemental de prueba y por ende a la más elemental defensa en juicio, fue la única norma procesal. La violación del artículo 18 de la Constitución Nacional, es una demostración de que los «acusados» fueron sometidos a un procedimiento delictivo. Con su decreto de juicio, Alfonsín, violó la división de poderes y vendió como justo un grotesco atropello. Alfonsín incurrió en un delito claro e innegable, a la vista y paciencia de todos nosotros. Él fue a la farsa del «juicio a los comandantes», lo que David «Mickey» Marcus, – coronel sionista y terrorista graduado en West Point, gestor y director de la ordalia de Nuremberg-. Es cuestión de buscar para que la verdadera naturaleza de los hechos y las intenciones quede puesta a la vista de quien quiera ver las cosas de frente. Tal y como lo hace magistralmente el autor de este excepcional artículo.