Por Luis Américo Illuminati.-

«No hay en la Corte, oído que no canse contando su bravura y la gloria de su raza». (Molière, «El Misántropo»).

Siguiendo la frase de Jean-Baptista Poquelin, o sea, Molière, yo la adapto al castigo moral o plaga que se abatió sobre la Argentina, a partir del 17 de octubre de 1945 -el Día de la Lealtad- llamada peronismo. Dos años antes la funesta camarilla del GOU le preparó el camino -4 de junio de 1943- al «elegido del pueblo». Y uno sin tomar partido por ninguna causa que no sea la verdad y el pensamiento libre, sin ataduras ni preconceptos (el pensamiento rizomático que propuso Gilles Deleuze y Félix Guattari en Mil Mesetas), forzosamente se pregunta: «Qué lealtad? ¿Cuál pueblo? Y sola y sin fórceps fluye la respuesta o derivación de la frase poqueliana, que es la que sigue: «No hay oído que no se canse de escuchar siempre las mismas cosas que dicen los políticos argentos, repitiendo las mismas fábulas, bagatelas y habladurías de siempre, el mismo argumento aburrido de película decadente, basura que venden en época de elecciones y la ramplonería la compra gustosamente». Esa serpentina impura que tienen los socios de la casta política, el órgano de la lengua, sin la cual nadie los oiría. Pero por suerte para ellos y desgracia para nosotros, estos sátrapas abusan de la lengua y emiten sonidos que, si bien son palabras o términos del idioma, en rigor son «flatus vocis» que llenan un árido, ruinoso y absurdo «discurso» tipo arenga, hijo bastardo del nominalismo abstracto que no designan cosas e ideas universales, sino que es la «doctrina de lo absurdo y lo ridículo». Discursos que enrarecen el aire. Una sociedad de la que Molière encontraría un rico filón, una cantera para sus comedias. Dicho «lenguaje» es un tratado de psitacismo verbal, un grosero charlatanismo, la herramienta de los sofistas prebendarios de la política de subsuelo. Así en la Tierra como en el Infierno. La verdad queda afuera, huérfana de padres y encerrada en un reformatorio, loquero o casa de orates. No nos engañemos, hoy vivimos una época de total decadencia, con vertiginosa proliferación de hormigueros humanos (cosmópolis alienadas), lugares que por usar una vieja frase de campo adentro, una masa que va y viene, que infecta las playas y los balnearios de ríos y mares, multitudes «amontonadas como bosta de cojudo». Tal como lo anunció en su momento Pierre Virión y que nos parecía un autor de ciencia ficción y resultó un visionario -como George Orwell y Aldous Huxley- que pintó en su libro un mundo de pesadilla: «El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia», lo mismo que el P. Castellani cuando habló de «una Iglesia apócrifa y hereje dentro de la verdadera Iglesia» (El Apokalipsis y ¿Cristo vuelve o no vuelve?) e Hilaire Belloc cuando nos habló de «la última herejía» (ver su libro «La crisis de nuestra civilización») en el mundo crepuscular que le tocará vivir al «último hombre» que mirará el mundo circundante con mirada bovina. Nosotros somos sus abuelos. Vivimos en una sociedad que va para atrás como el cangrejo. El «último hombre» en la filosofía de Nietzsche (ver Así habló Zaratustra) representa la antítesis del Superhombre: un ser mediocre, conformista y pasivo que busca la máxima comodidad sin esfuerzo de ninguna clase. Lo estamos viendo. «La Tierra se ha vuelto pequeña, y sobre ella brinca el último hombre, que lo hace todo pequeño». «¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre ya no lanzará la flecha de su anhelo más allá del hombre, y la cuerda de su arco se habrá olvidado de vibrar”. «Hemos inventado la felicidad» -dicen los últimos hombres, parpadeando. Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio».

Nos preguntamos ¿quién o quiénes gobiernan el mundo? Nadie lo sabe. No vemos los hilos invisibles con los que son manipulados los hombres. Nadie sabe con exactitud quién o quiénes están detrás del poder, tras bambalinas. ¿Nos regirá una máquina, un ordenador similar a HAL 9000 (Heuristically programmed ALgorithmic computer), como en la película «2001: Odisea del espacio»? ¿Qué cosas se le comunican al ciudadano? A estar por los contenidos -pura publicidad y propaganda que condicionan la voluntad y embotan la inteligencia- no son mensajes de alerta y prevención sino consignas para el rebaño. El lenguaje de la satrapía reunida en casta tiene un sentido «expletivo», es decir, el uso de palabras o expresiones innecesarias para el significado básico de una oración, que se emplean para añadir énfasis, eufonía y valor retórico. Estas palabras son pura cháchara que funciona como material redundante o de relleno. Disimulan el «naufragio» de la sociedad argentina -un barco semihundido- que comenzó el mismo día del regreso definitivo de Perón a la Argentina, que no pudo aterrizar en Ezeiza por la tremenda batahola entre las facciones y bandos del peronismo de derecha y peronismo de izquierda. Los «representantes» -caras visibles- del peronismo invariablemente han utilizado eufemismos y simulacros, han soslayando la explicación real del naufragio que causaron mediante la grosera falsificación de la historia, evitando maliciosamente dar una explicación coherente y verosímil -después de su desalojo del poder en dos oportunidades- tendiente a determinar las causas, el «porqué» y bajo qué condiciones ocurrió y ocurre un determinado fenómeno. A tales fines, la mera «descripción» de los hechos es insuficiente, y si hay malicia suele ella encubrir anomalías e irregularidades, si bien detalla el «qué» y el «cómo», este procedimiento o mecanismo -un constructo- sólo es útil algo para crear una imagen mental, mientras que la explicación detalla el «porqué» y el «para qué» ocurre un fenómeno, estableciendo conexiones causales. La «descripción» es más subjetiva que objetiva, ya que se enfoca en las propiedades o características, pero poco es lo que aporta en dirección a la búsqueda de la verdad como objetivo primordial para salir de la caverna de Platón o del Laberinto del Minotauro donde éste es una ficción, una holografía (tal como dijimos en nuestra carta anterior «El pensamiento rizomático y las Mil Mesetas. La cuestión Malvinas), a diferencia de la «explicación» que se enfoca decididamente y sin ambages en las causas y razones determinantes del fenómeno, a los fines de encauzar o neutralizar sus efectos, o sea, salvar a la Argentina. Salvarla de los viejos tiburones -rémoras consuetudinarias- un país rico pero sumergido durante décadas en la arbitrariedad, la anarquía, la anomia como ley vigente no escrita, la mediocridad y la ramplonería más torpe, vana y arrogante jamás vista, ni siquiera en los pueblos más primitivos.

Lo mismo que el socialismo y el comunismo en todo el mundo, ha fracasado estrepitosamente el viejo y desgastado populismo argento surgido en los 40 y prohijado por el nefasto golpe de estado fechado el 4 de junio de 1943, que dio a luz un leviatán, un gólem que llevó a la sociedad al «grado cero» de la inteligencia, obnubilando la visión del bien común como principal objetivo y salvaguarda de la libertad y la democracia. La verdad es que sin verdaderos caballeros como el General José de San Martín, nuestro país seguirá siendo una «isla de la fantasía», un barco semihundido y averiado por los continuos abordajes y pillajes del kirchnerismo. Sin ponernos a favor de ningún bando, partido, partidito o bandería política, aguardamos no sin cierta impaciencia, sin resignación y con reservas, que el presidente Javier Milei pese a su histrionismo, extroversión, errores cometidos y zarandeada travesía, ponga proa mar adentro-Duc in altum- imprimiendo el rumbo correcto a la nave.

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