Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan proclive a las cuestiones con corta vida, no podemos ilusionarnos nunca demasiado por asuntos que debieran ser de largo plazo. Hemos creado, aun seguramente sin proponernos, una cultura del cortoplacismo. Nada es perdurable porque siempre, como aquello del viejo dicho, “el diablo mete la cola”. Siempre habrá un mal entendido, un imprevisto o simplemente una discordia que nos pone al borde del final de algo que, en principio, parecía encaminado a un buen final. Hemos sido capaces, por una constante conflictividad en las relaciones humanas, crear de una manera casi quirúrgica un comportamiento que hizo del desencuentro un modo desagradable y sin sentido de vivir en sociedad.
Como se ha dicho en estos espacios, reiteradamente, el avasallamiento de las relaciones familiares por conductas que han interferido peligrosamente en ellas por largo tiempo; las conductas interfamiliares con resultados trágicos tantas veces y los parámetros de la educación distorsionados en sus contenidos y aplicación, formaron un combo nefasto para todo el cuerpo social. Por múltiples razones, con culpabilidades concurrentes, cada uno dejó librado, poco menos que al azar, la resultante de sus contenidos. El egoísmo, la falta de sinceramiento y un patrón estricto que rigiera el sistema desarticuló toda posible intencionalidad.
En los últimos días, un recrudecimiento de la delincuencia puso en jaque todo el sistema de la seguridad pública. Casos policiales que tiñeron de zozobra y angustia a varios sectores de la sociedad parecieron haber abortado las intenciones de las autoridades del sector por poner un poco de orden. Mientras se intenta un freno, que por otro lado ya era hora que se pusiera en carpeta con urgencia tal propósito, el tema de la delincuencia juvenil parece haber forzado y superado todos los límites de lo imaginable. Casos como el de Córdoba qué en una balacera, poco menos que al boleo desde la calle, dejaran paralítica (dentro de su vivienda) a una joven madre; como el caso de un menor (12 años) muerto en un enfrentamiento con la policía, con posterior despedida a manera de “festejo” como si se elogiara a un héroe, superan ya todo vestigio de razonabilidad. Hasta la discusión sobre la edad de imputabilidad, ya parece un tema traído tan a destiempo que nos pone a todos frente a un espacio más de incertidumbre que de certezas. Varios son los interrogantes, que aún aprobado el tema (13 ó 14 años) da como lo mismo; porque un sistema que sea coherente y supuestamente justo llevará mucho más tiempo que el deseado por la comunidad. Cuando se confirma la detención de menores con hasta 30 ingresos a los lugares de detención, resulta insólito y patético. Está a las claras que este clima de acciones es concluyente: se agotaron los tiempos. Salvo que estemos frente a un oxímoron. El narcotráfico, tiene en esta cuestión un aspecto vital. Una tragedia que supera toda racionalidad. Incomprensible, por tanto camino recorrido, sin aparentes medidas correctivas. Completan el escenario las noticias sobre los atentados a Juzgados, por grupos de narcos, con evidentes amenazas a jueces y fiscales. Todo reciente, donde, como complemento, según información, se careció en algunos casos de cámaras de seguridad y custodia policial. Una especie de “tierra de nadie”; como a la espera de concluir que estamos ante el naufragio de la Justicia, frente al tsunami del mundo narco.
Mientras esto ocurre, dos episodios en la semana pusieron el tinte de incredulidad y sorpresa por las medidas del gobierno. El cambio operado en el INDEC, cuando parecía todo marchar sobre rieles, desde un tiempo prolongado, trajo incertidumbre al análisis de la sociedad, sobre la medida. Por otro lado la creación de la “Oficina de Respuesta Oficial” orientada a “desmentir falsedades y operaciones de los medios”, al margen de lo extraño del experimento, pone sobre aviso a todo el espectro y variables del periodismo. ¿Los proclamadores de la libertad, tan pregonada últimamente, no se preocupan frente a determinadas actitudes? Por todo lo expuesto nos lleva a plantear lo del título: «¿Cuánto falta?» Esto es para que la respuesta a los graves problemas del país y la coherencia en las medidas que se toman sean las necesarias y adecuadas para la nación.
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