Por Luis Américo Illuminati.-
Creo que en el caso de la joven argentina Agostina Páez retenida en Brasil acusada de racismo, debería intervenir la cancillería argentina. Lo que supuestamente hizo que se le acusa, de ninguna manera constituye un acto de racismo; se han ensañado con ella de una manera espantosa, no es una criminal. ¿Hay algo político detrás de todo esto? ¿Hacía falta colocarle tobillera electrónica? Una cosa es insultar y ofender a todo un pueblo, como hizo cierto ex embajador argentino durante la gestión de Mauricio Macri, que hizo que el gobierno ecuatoriano se quejara y lo declarara «persona no grata» para que se fuera del país. Y otra cosa muy diferente es indignarse y enojarse con motivo por una cuenta que pagar y que resulta demasiado elevada para los bolsillos normales. Más allá de la discusión y la seña que hizo Agostina en devolución a las que le hicieron a ella, no pasa de ser un incidente menor. Al embajador en cuestión no le imputaron ningún delito en aquella ocasión, que fue un verdadero papelón internacional. Lo justo hubiera sido que pagara una multa y listo, pero imponerle prisión preventiva es una exageración, un laberinto similar a la novela de Franz Kafka «El proceso». Además, no hay que perder de vista que muchos argentinos han reportado que en Rio de Janeiro también con ellos se han abusado los comerciantes en los precios en bares y restaurantes que nadie controla; que habría dos tarifas, una normal y corriente y otra -obviamente oculta y subrepticia- para los desprevenidos turistas argentinos. ¿No es eso una estafa? Pero lo que llama poderosamente la atención es la actitud pasiva del resto del turismo ramplón como observa con indiferencia la desgracia de su compatriota. Creo que a la justicia brasileña se le fue la mano. Han agarrado a Agostina -consciente o inconscientemente- de «chivo emisario» o pato de la boda. La expresión «pato de la boda» viene de una deformación de la palabra «pacto» en el español antiguo, donde se hacía burla a los judíos, implicando que eran responsables de culpas ajenas y debían «pagar el pacto» (o pato). Y precisamente esto es lo que el juez y el fiscal brasileño están haciendo con la turista argentina. Un silogismo hipotético de premisas ambiguas y equívocas que desemboca en un silogismo invertido. Olvidan que el concepto de Justicia tiene una base substancial en el sentido de lo que hay en algo de permanente en cuanto este permanente sea considerado como sujeto y objeto de la Justicia Universal, divina, aceptada objetivamente por todas las culturas y todos los pueblos para que reine entre los hombres de buena voluntad una paz permanente y no una paz frágil, incidental y contingente. La justicia humana posee un sustrato, un soporte, contrario a la justicia hipostasiada, sino que posee una cualidad irrenunciable que es una de las cuatro virtudes cardinales. De lo que se sigue que la justicia humana distributiva (punitiva), propia de cualquier nación de la Tierra está subordinada a una escala sublime de los valores universales -sagrados- a aquella única realidad que existe por sí misma, que no es atributo de nadie: la Divinidad, el Ser Supremo, Dios. El concepto y la acción de la justicia están indisolublemente unidos a esa realidad que es de orden divino, donde ningún juez puede desligarse de aplicar la equidad, que es la justicia en el caso concreto. Caso contrario, esa justicia se convierte en atributo o esencia de sí misma, encerrada en una inmanencia absolutista que la torna en algo ambiguo, una justicia inhumana, desconociendo que ella depende de un orden superior trascendente, que hace que el hombre -el existente- sea un auténtico Dasein (el ser-ahí), el cual no es un mero ente arrojado en el mundo, sino que un ser que tiene alma y que debe ser juzgado rectamente y no con un parámetro cualquiera. Pues sino el juicio se asemeja bastante al que le hicieron a Cristo. Un juicio donde la verdad no cuenta para nada. Una justicia de esa índole es una mónada incomunicada, incompleta, que se desliga, que rompe con la «substancia primera» con la que todo lo humano depende ya es parte de un todo. Y la parte nunca es superior e independiente al todo, el Ser Supremo, «fuente de toda razón y justicia», como reza nuestro Preámbulo. Pues «si Dios no existiera entonces todo está permitido» como dice Dostoievski por boca de uno de los personajes de su novela «Los hermanos Karamazov». Y justamente porque Dios existe es que existen leyes y jueces para poner límite al mal. Y una justicia que juzga con un rigor que va más allá de los límites razonables es un Leviatán desencajado, temible.
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