Por Luis Américo Illuminati.-
«Y ruego a Dios que nos tenga misericordia,
ruego que nos haga olvidar estos asuntos que originan tanta discordia ya que los he discutido y me los he explicado demasiado, que estas palabras respondan por lo que ya se ha hecho que no se hará otra vez y que se nos juzgue con misericordia, porque con estas alas no es posible volar son simples abanicos y para abanicar un aire seco ya y muy reducido más seco, más reducido que la voluntad enséñanos a sentir y a prescindir, danos tranquilidad» (T.S. Eliot, Miércoles de Ceniza, 1930).
El Miércoles de Ceniza es un día santo de oración y ayuno para el cristianismo y está precedido por el martes de Carnaval y es el primer día de Cuaresma, el período de seis semanas de penitencia antes de la Pascua. El Papa León XIV propone acompañar el tradicional ayuno de Cuaresma con una abstinencia centrada en el poder del lenguaje. El Pontífice subraya que, para que el ayuno sea auténtico y evite la tentación del orgullo, debe acompañarse de una abstinencia de palabras hirientes que dañan al prójimo. Esta iniciativa busca desarmar el lenguaje cotidiano, invitando a los fieles a renunciar al juicio inmediato, la calumnia y el discurso de odio en redes sociales y medios de comunicación.
Una abstinencia de palabras durante la Cuaresma me parece una buena idea del Papa, que parece tan tranquilo mientras el mundo se cae a pedazos. Una pausa y un pequeño sacrificio en cuaresma puede ser el inicio de un cambio positivo para el hombre de una sociedad de valores en fuga, o un acto aislado y contingente que no cambia nada. El mundo ha perdido la chaveta y se regocija por ello. Hace falta que León sea más drástico y se enoje como Jesús cuando echó a los mercaderes del templo. En la inveterada lucha entre el Carnaval (el desenfreno) y la Cuaresma (metanoia o arrepentimiento), que ilustra las páginas de La Celestina o Libro del Buen Amor, el combate alegórico de Don Carnal contra Doña Cuaresma, en el que ésta siempre pierde y aquél siempre gana. Es la eterna recurrencia y círculo vicioso de la Argentina, estar del lado del primero. Todo el año es Carnaval. Y si no, repasemos los acontecimientos de los últimos veinticinco años, veremos que la lengua desmesurada de los políticos y de los sindicalistas no se toma descanso jamás, sus discursos vacíos están plagados de lugares comunes, son una cadena interminable de «flatus vocis» (soplo de voz), palabra vana, sin contenido, expresión latina desarrollada por el nominalismo medieval que negaba la existencia real y objetiva de los universales, que para esta escuela son sólo nombres. Afirmaba que lo que llamamos ideas generales son términos del lenguaje o conceptos mentales que actúan como etiquetas para clasificar la realidad, sin corresponder a una entidad metafísica real. Por eso pedirles a los políticos argentos, enfermos de psitacismo (el puro palabrerío), abstinencia de palabras, es como pedirle peras al olmo. La máxima de los antiguos estoicos «abstine et sustine» (abstente y soporta). Abstenerse de mentir, de transar, de vivir eternamente del Estado, y soportar la carestía de la vida, la falta de trabajo, la inacabable y letal inseguridad sin solución de continuidad. Lo cual para la «casta política» es absolutamente incompatible para con su confortable «modus vivendi», donde ni soñar renunciarían a reducirse sus elevados sueldos -digamos a la mitad- por solidaridad ante la angustiante situación general.
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