Por Luis Alejandro Rizzi.-
Viene a cuento este título porque una mayoría de argentinos pensamos que conformamos un país o una sociedad decadente.
Miraba algunos lomos en mi pequeña biblioteca y tengo varios títulos que se refieren a un país en decadencia y en algunos de ellos sólidamente fundados midiendo datos básicos desde la participación en el comercio mundial inferior a períodos del siglo pasado hasta los más conocidos, como crecimiento del PBI y del producto por habitante, crecimiento del empleo registrado y economía marginal.
Según esos datos, es cierto, vamos mal.
Se trata de datos matemáticos, pero la pobreza argentina es menos gravosa que en otros países de la región y del mundo. Teníamos y tenemos buenos índices de alfabetización, que no califican la calidad de la educación, son cosas muy diferentes.
No tenemos cuestiones raciales ni religiosas, en se aspecto somos tolerantes. La inmigración ha sido absorbida por nuestras costumbres y formas de vida.
Institucionalmente respetamos su formalidad y desde el 10 de diciembre de 1983 los mandatos políticos se renuevan periódicamente sin interrupción y respetando los resultados electorales.
A diferencia de EEUU, nunca desconocimos resultados electorales, como lo hizo Tromp en 2021 y Bolsonaro cuando perdió ante Lula en Brasil.
Perú no logra terminar un mandato presidencial.
En ese sentido, junto a Uruguay, Paraguay y Chile, respetamos la formalidad institucional, es cierto, con una menor calidad en lo que se da en llamar “legitimidad de ejercicio”.
Nuestras decisiones políticas carecen de un mínimo de calidad y más de una vez no resisten el escrutinio de razonabilidad o del sentido común.
Como decía Ortega el 28 de diciembre de 1928, nos perdemos en el énfasis y no sabemos o no nos interesa “ir a las cosas”.
Ya dejando el nivel comparativo, la cuestión argentina sería un tema de baja calidad cultural.
Cuanto más bajo es el nivel cultural, más voraz se hace la ambición y más velozmente cae la calidad de las decisiones y los procesos de formación de las decisiones se desplaza del funcionamiento institucional a las famosas “mesas chicas” de la política.
El tratamiento de los temas públicos se secretiza y más de una vez se le pone precio a su divulgación, que no siempre es económico, sino de devolución de favores o de figuración en los medios.
La información, que debiera ser pública, se “privatiza” y se eligen voceros calificados como “amigos” para su difusión y ese uso se naturaliza llevándonos a la “primicia”.
Aunque parece paradójico, la “primicia” es lo que cautiva a los “círculos rojos” y allí se genera lo que académicamente se denomina “insider information”, que originariamente era más “insider trading”, porque se refería al tráfico bursátil.
Hoy, con la mayor regulación publica, la “primicia” se refiere a decisiones inminentes políticas.
Siempre recuerdo la “primicia “que tuve del plan Austral y allí aprendí que la “political insider information”, se divulga o no, pero no se debe buscar su ratificación.
Hay otra cuestión: ¿es moral divulgar una “political insider information”?
Retomando el hilo, si uno para calificar a la Argentina tuviera en cuenta esos bienes que resumíamos más arriba y comparamos con el presente de los EEUU y de varios países europeos que son los que tienen esas cuestiones sociales religiosas que nosotros no tenemos, es probable que por lo menos nos calificaríamos como menos decadentes de lo que creemos que somos.
Argentina, como Europa y EEUU, son destinos de migración.
Nosotros, por nuestra generosidad social, que la hemos financiado mal, pudimos garantizar acceso a la salud y educación de modo gratuito para promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino.
EEUU y Europa atraen por su “economía del bienestar”, que está lejos de garantizar acceso a la educación y a la salud.
Nuestra cuestión es la baja calidad institucional y en ese sentido creo que todos los gobiernos califican con el reprobado desde que asumió Carlos Menem en adelante.
Raúl Alfonsín aprobó, nos dejó un sistema funcionando, en una transición que, vista a la distancia, fue la de atravesar un desierto de espinas.
Carlos Menem tuvo la oportunidad y aún seguimos pagando su fracaso. No supo ni él, ni Cavallo, administrar la convertibilidad.
Les faltó cultura. Lo que vino después fue el imperio de la barbarie, que se prolonga con Javier Milei.
A modo de conclusión, la Argentina no es un país decadente.
Desde un humanismo real, podríamos servir de ejemplo en muchos aspectos de la vida.
Debemos respetar la lenta velocidad de los procesos, sobre todo los de elaboración de las decisiones y borrar el capítulo de la Constitución que incorporó los DNU.
Hoy no se piensa en términos de gobierno sino de “gobernanza”.
Ni Milei ni su hermana dan con el tono; desafinan groseramente; además, no tienen sentido estético de la vida, les falta eso que llamamos “don de gentes”, no pasan de ser pobres bárbaros, en el sentido orteguiano del término.
Ortega hablaba de “sabios bárbaros”. Estos son sólo “barbaros”.
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