Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, aunque parezca absurdo, estamos siempre como comenzando a intentar volver sobre los temas que en cualquier país serio hubieran tenido solución muchas décadas atrás. Por esos motivos que la razón no puede entender estamos en una especie de remanso en el que parecemos siempre atrapados. El tiempo pasa y devora iniciativas. Los gobiernos pasan y al imponer cada uno su impronta, a veces unas más descabelladas que otras, es como comenzar cada período como si el país cambiara, desprolijamente, de rumbo. Las consecuencias, un estancamiento que nos ha llevado por un sendero de improvisaciones cada vez más alocadas. Las oportunidades se diluyen en la medida que, normalmente, no cuentan con la adhesión de mayorías opositoras que por diversos motivos, ideológicos generalmente, siempre se oponen, desviando la atención o simplemente llevando agua para su molino; sin importarle el bien colectivo.

En estos días el tema de la seguridad, aunque se lo desmienta con estadísticas, ha ingresado a la opinión pública con una particular virulencia a raíz de los asesinatos en manos de menores de edad. Una cruel secuencia de esta práctica delictiva, como una bestial paradoja, se cobró jóvenes vidas de una manera brutal y estrafalaria. La presencia de los jóvenes en esta práctica (asesinato) mueve a reflexionar qué ha pasado en la sociedad para haber llegado a estos límites. De hecho para reconocer los orígenes de esta situación debemos, inexorablemente, posar la mirada sobre el núcleo familiar. La pérdida de valores esenciales para su desarrollo ha llevado a ese núcleo esencial para la vida de la sociedad a un estado de descomposición tal que sin dudas se ha ido transmitiendo de generación en generación, sin límites. El comienzo de la actividad delictual, desdichadamente, contó con políticas absurdas, perversas y endemoniadas que detrás de un mentado falso garantismo llevaron a un sector de la comunidad a un estado de discordia de aristas críticas para abordarlo sino con medidas que deberán ser, en el futuro, de mucha severidad. Los protagonistas, que durante décadas, sobre todo de perfiles ideológicos populistas, demagógicos y corruptos dejaron pasar el tiempo sin ocuparse de esta problemática; porque era muy fácil echarle la culpa a la sociedad que marginaba a sus actores. Ellos son los verdaderos responsables de haber llegado a este espantoso escenario. Súmese a ello la educación, sobre todo la de gestión pública, que poco y nada hizo en este espacio temporal para aportar algún atisbo de remedio sobre la conducta de niños y jóvenes, que reconociendo orígenes de centro y periferia delictual (padres, hermanos, abuelos, amigos) poco aportaron para intentar soluciones válidas. Más aún que en muchos casos (el entorno familiar), fue y es “maestro”, en el mundo marginal. Adicional a todo esto el flagelo de la droga aportó, como una severa maldición, todos los condimentos para cerrar un círculo vergonzante e impiadoso. La pobreza, la indigencia y la carencia de elementales normas de vida pusieron el broche final a esta realidad.

Aquellos que tuvieron la oportunidad de revertir en algo lo expuesto, nada hicieron. El discurso falaz e inconducente de la política, avalado por una justicia lenta y permisiva, con argumentos de amañados perfiles y apoyos populacheros y ridículos, nos trajeron hasta aquí.

Hoy, cacheteados por una realidad que no admite ya más atajos, a los tantos desperdiciados miserablemente, estamos a las puertas de intentar con los nuevos proyectos salir de este oprobioso dilema que no será fácil, toda vez que hay sectores empecinados en torpedear los mismos; bajo el argumento de proteger a los menores delincuentes que por su impericia hoy constituyen un gravísimo problema social. De todos modos es de esperar que con las nuevas autoridades y su perfil de custodio de la libertad del cuerpo social, como se expresa en el título: “De a poco” salgamos de este desgraciado laberinto. La historia se está escribiendo de un modo más que escabroso e indecente. Ojalá despertemos, ¿estamos a tiempo?

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