Por Luis Américo Illuminati.-
Un MacGuffin es un elemento de suspenso de la trama de una película, término acuñado por Alfred Hitchcock como una excusa argumental o elemento narrativo (objeto, persona o secreto) que impulsa la trama y motiva a los personajes, pero carece de relevancia por sí mismo; lo esencial no es el objeto, sino cómo hace avanzar la historia. Ejemplos: el maletín en «Pulp Fiction», todos lo buscan, genera un gran conflicto, pero nunca sabemos qué hay dentro del maletín. En el Halcón Maltés, la estatuilla es la razón de ser de la película, pero al final resulta irrelevante en comparación con la acción desarrollada. El Santo Grial en Indiana Jones y la última cruzada, es el objetivo principal de la búsqueda, indispensable para la aventura, pero el valor real está en las peripecias del viaje. «Rosebud» en «Ciudadano Kane»-el film icónico de Orson Welles- la palabra enigmática que el protagonista pronuncia en el lecho de muerte y que desencadena una frenética investigación periodística para entender su vida, misterio que se aclara sólo para el espectador en la última escena. Se trataba de la marca de fábrica de la cuna del protagonista cuando era un bebé. El Anillo Único en «El Señor de los Anillos», aunque tiene un gran poder, funciona como un MacGuffin al constituir el objeto central que motiva la misión de destruirlo, moviendo a todos los personajes. En la mitología griega, los Argonautas el vellocino de oro es el Macguffin que permite el desarrollo de todas las vicisitudes y avatares de la trama. En el campo social y político, los «MacGuffin» suelen ser temas que capturaron -y siguen capturando- la atención pública y generan reacciones intensas en base a una manipulación de la información y tergiversación de los hechos históricos de la década del setenta, con la clara intención de adoctrinamiento ideológico. Un relato o narrativa que se usa para distraer, polarizar y movilizar a las masas en determinada dirección. Ejemplos de esto son las noticias prefabricadas, promesas electorales estrambóticas de candidatos de gastada trayectoria y figuras payasescas que opacan los debates más profundos. En ese sentido, los Macguffin políticos sirven para desviar la atención de problemas estructurales, creando una narrativa simplificada de «buenos y malos». La teoría de los dos demonios. Sirven paralelamente para generar una sensación de urgencia o crisis que justifique medidas extraordinarias. Con el retorno de la democracia en la Argentina de 1984 se generaron frenéticamente cientos de debates, películas y libros a granel, historias no todas verificadas, buscando los guionistas y directores más réditos económicos que la verdad real, infinidad de guiones romantizando la guerrilla y condenando la lucha antisubversiva iniciada a partir del golpe de estado del 24 de marzo de 1976, soslayando los miles de crímenes contra militares, policías y civiles cometidos por los subversivos durante los tres años precedentes (1973 a 1976). Narración unilateral que difundió -y sigue difundiendo- una sola versión, por lo cual la verdad y la memoria resulta incompleta; puesto que no abarca la tragedia que comenzó a partir del retorno definitivo de Perón a la Argentina, desencadenándose ese día (20 de junio de 1973) la masacre de Ezeiza, donde peronistas de derecha se enfrentaron a balazos con peronistas de izquierda. La Ortodoxia peronista, la CGT y las 62 Organizaciones versus la JP (Juventud Peronista) y Montoneros. Por consiguiente, el debate sobre las causas desencadenantes de la dictadura cívico-militar de 1976 sigue siendo un tema pendiente en la política argentina. Algunos políticos y grupos facciosos del populismo utilizan la excusa de la dictadura como caballito de batalla para polarizar debates y justificar medidas injustificables, con el objetivo de distraer la atención de la gente de los problemas actuales urgentes. Recurrir al fantasma de la dictadura cívico-militar de 1976 -que sin duda fue una consecuencia o correlato forzoso de un caos que el gobierno peronista no podía frenar- para «curarse en salud» como pretexto o vía para conseguir fines incompatibles con el bien común. Y, más allá del rechazo ético y moral de los métodos de la dictadura, después de 50 años, en cuyo transcurso la mayoría de los responsables y actores principales fallecieron, es un claro e inequívoco «macguffin» que aún utilizan los demagogos para perpetuarse en el poder fundamentalmente, el kirchnerismo y las izquierdas- agitando el fantasma de la dictadura. La memoria incompleta y parcial se ha convertido en un sempiterno macguffin para generar miedo, justificar medidas, atacar a los gobiernos no peronistas y encubrir la corrupción como sistema de gobierno. La sombra de la dictadura puede ser un arma política poderosa. Como dice el historiador español Santos Juliá: «El recuerdo del pasado se convierte en arma arrojadiza en el debate político» (Juliá, 2003). En España, el fantasma de Franco sigue siendo usado para polarizar debates, aunque muchos de los responsables ya no están («¿Qué significa olvidar a Franco?»). La cuestión es que, como dice el filósofo argentino León Rozitchner (2003), «el pasado es un campo de batalla. En ese sentido, el uso político de la memoria de la dictadura puede servir para legitimar o deslegitimar a ciertos actores políticos en el presente («El terror y la gracia»). Lo cual tiene repercusión en la discusión sobre los Derechos Humanos y gravita negativamente sobre la Justicia, toda vez que se les negó olímpicamente los Derechos Humanos a miles de víctimas asesinadas por las organizaciones subversivas. La memoria de la dictadura es un tema complejo y no tan simple como lo cuentan las organizaciones de izquierda. Este Macguffin sirve -y ha servido- para desviar la atención de problemas actuales o para atacar a opositores políticos. Como dice el historiador argentino Hugo Vezzetti (2009). «La memoria no es un depósito de recuerdos, sino un campo de batalla donde se disputan sentidos del pasado y proyectos de futuro». En este sentido, el uso político de la memoria de la dictadura puede servir para legitimar o deslegitimar a ciertos sectores de la sociedad y actores políticos en el presente. Un ejemplo claro es el debate sobre la Ley de Obediencia Debida y Punto Final, que en su momento buscó cerrar las causas por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. El gobierno de Carlos Menem buscó «cerrar el capítulo» de la dictadura para avanzar hacia la Reconciliación Nacional. Como dice Elizabeth Jelin (2002): «La justicia es un componente fundamental de la memoria, no sólo como un acto de reparación, sino también como un acto de reconocimiento de la dignidad de las víctimas» («Los trabajos de la memoria»). En conclusión, la memoria de la dictadura es un tema complejo y multifacético que requiere un abordaje cuidadoso y crítico. Es fundamental recordar el pasado para entender el presente y construir un futuro más justo y democrático (Vezzetti, H. (2009). «Sobre la violencia revolucionaria»). Cuando ya parecía cerrado ese «doloroso capítulo» hizo su irrupción el kirchnerismo y entonces se procedió a poner el derecho y la justicia de cabeza, se dictaron leyes inicuas para invalidar los indultos dictados por Menem, nombrando una Justicia adicta que mantuvo presos a los militares -todos ancianos y enfermos- antes indultados y se los mantuvo por décadas detenidos con pruebas testimoniales de dudosa legalidad, sin que a ninguno se les celebrara el juicio definitivo que prescribe el art.18 de la C.N., dejando a los subversivos gozando de libertad con la excusa de que sus delitos no configuraban crímenes de «lesa humanidad», asegurándose para ello de nombrar jueces federales y miembros de la Corte Suprema que no contradijeran el criterio impuesto.
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