Por Paul Battistón.-
El desafío a la intuición es la perversión con la que la política adueñada del estado moldeó una Argentina ingeniosamente (tramposamente) sobreviviente pero largamente incompetente.
Antes que la competencia en sí, el principal escollo a saltar es el maltrato ofrecido como un constante cambio de reglas casi siempre ajeno al sentido de la realidad y por lo tanto esquivo a la intuición. En su reemplazo un olfato político del momento resulta mucho más útil (cuando no fundamental) para la supervivencia.
80 años de FATE, todo un logro. La fábrica de telas engomadas nacidas en ese periodo donde terminó por acentuarse el capricho político por sobre cualquier condición de mercado al punto de desembocar en ese instante en que el capital debía ser combatido. Y por si faltaba poco, la principal causa de fenecer de una empresa podía ser simplemente la de “caer en desgracia”, concreta y sencilla frase de Raúl Apold (el Goebels argentino) dirigida a un director cinematográfico al que al parecer estimaba pero no encuadraba con precisión en el rumbo del régimen.
Nacer en ese escenario donde la desgracia podía ser impartida podía transformarse en una ventaja en la cerrera de aprendizaje de la supervivencia, casi como la de un joven hoy nacido digital frente al entorno analógico esforzado en convertirse.
FATE se inició justo antes de esa bisagra donde la política y sus redacciones doctrinarias planeaban y ejecutaban cómo debía ser el mundo según sus necesidades. Los hermanos Madanes, Adolfo y Manuel, habían fundado FATE; se les unirían como accionistas otros hermanos. Víctor Madanes formaba parte de los asesores del equipo económico del gobierno y además era financista de Jorge Antonio, ése que siempre sería indicado como el empresario peronista. Para una doctrina combativa del capital, alguien catalogado como “empresario peronista” era la demostración de que la doctrina era un camino viable y resistido sólo por la inhumanidad del capitalismo imperialista y perverso.
En el 51, los Madanes chocarían sus palmas con las de Jose Ber Gelbard y tendrían negocios cruzados pero además Gelbard vendría a solucionarle a FATE un problema divisorio en las aguas de la economía argentina, un problema de divisas (valga la coincidencia fonética). Firestone y Goodyear se llevaban toda la producción de caucho brasilero. Los vínculos con Gelbard les permitió a los Madanes acceder a la compra de divisas oficiales para poder obtener caucho del mercado exterior. Gelbard era el fundador de la CGE (Confederación General Económica) inmediatamente avizorada por Perón como el medio de cooptación del empresariado; el nexo fue Gómez Morales, que en los 70 sucedería fugazmente a Gelbard en el ministerio de economía justo antes del gran colapso dejado como regalo a Celestino Rodrigo.
La cuestión de las divisas, atada siempre a los desequilibrios macroeconómicos, ya nunca dejaría durante el resto del siglo de ser el causal del nacimiento del encierro disimulado en el que toda empresa debió navegar para subsistir.
La línea Victor Madanes, Juan Duarte, Eva Duarte fue el camino para interponerse a la voracidad de Firestone y Goodyear. Eva había comenzado a tener una buena relación con la embajada norteamericana ante la necesidad del gobierno de Perón de superar la inminente crisis y dificultades producto de los desequilibrios macro que la doctrina justicialista había sembrado.
La embajada norteamericana veía con satisfacción un cierto viraje del régimen ante la necesidad de acceder a cierta ayuda económica norteamericana más allá de que en palabras escritas o en discursos eufóricos la causa imperialista siguiera siendo esgrimida como responsable de cualquier contratiempo. El régimen debía seguir manteniendo el acting pour la galerie (o para la masa).
José Gelbard en los 60 ya era un hombre con depósitos en Suiza y bienes en Catamarca (así de extremo), un lobista con un trasfondo invisible y además afortunado sobrino de una tía en Bolivia. ¿Quién no tiene una tía en Bolivia?
¿Quién podría culpar a los Madanes y de qué? El zoológico para la cacería llevaba años conformándose, era lo que Argentina ofrecía. Protecciones aduaneras, acceso diferencial a divisas, cierre de importaciones, provisión amiguista al estado. FATE lo hizo bien, como el país lo hizo mal en su macroeconomía, el único ejercicio posible en ese escenario siempre será en presencia de corrupción. Ber Gelbard fue un abierto defensor de la legalización del lobby (tráfico de influencias) invariablemente conducente al cobro de comisiones (cometas).
Durante el “casi siglo” peronizado, la comprensión de los conceptos básicos de la economía fueron ensombrecidos para que se aceptara el reemplazo por textos de una doctrina que fue impartida desde primaria hasta facultades. Sólo una facultad mental alterada podía pretender imponer la idea de que la cotización de una divisa (un bien) podía ser establecida por una negociación que no fuera entre comprador y vendedor. Pues así lo estableció Perón en su condición de semidiós a dos mil años de distancia del último engendro mitológico así autopercibido.
Ber Gelbard, el integrante del directorio comunista (existía en las sombras) fue el enchufe político que conectó a FATE con absoluta precisión a todos los tipos de corriente y amperajes políticos peronismo, radicales, desarrollistas y por sobre todo militares. Los Madanes por sí solos no lo hubieran logrado tan bien.
Gelbard fue la conexión para la inversión de Aluar, la participación en compañías mineras en Catamarca, la creación y contacto con financieras de origen muy oscuro, la participación en Chocón Cerro Colorado, los contactos con el Mossad y con el adinerado “directorio” comunista.
Gelbard dio un entusiasta apoyo a la nacionalización de la banca, al control estatal del comercio exterior y a un intento de reforma agraria cuando el país atravesaba el interregno de la ausencia de Perón. Un verdadero arquitecto de la consolidación del zoológico de caza para empresarios ansiosos de la comodidad de la incompetencia.
Poco después fue el nexo real y verdadero entre el Perón exiliado y los militares reticentes a su regreso, mientras los medios mostraban a la figura emplastrada de gomina y recortada de una prolijidad exasperante de Jorge Paladino.
Klein, Sivak, Graiver son todos nombres unidos y cruzados en los derroteros de Gelbard y son por sí mismos una descripción de la agitación política que existía y que vendría.
1965 fue el año de ingreso definitivo de Gelbard a FATE (ya como accionista) y de Manuel Madanes como el Madanes definitivo. Los dineros de la tía boliviana de Gelbard sirvieron para que Manuel comprara los paquetes accionarios de sus hermanos. Gelbard dejó el “directorio” pero montaría tiempo después en oficinas de FATE el despacho oculto donde atendería sus contactos sindicales, políticos, militares. Su empresa de influencias literalmente en las entrañas de FATE.
4 millones de dólares repartidos en comisiones dieron buena vida a variados personajes para que FATE se quedara con el negocio del aluminio.
En Argentina ser competente no era un negocio seguro por sí solo. El espécimen lobista era garantía de acceso a privilegios de posición ventajosa a las constantes innovaciones (desesperadas por lo general) que las políticas económicas imponían. La expresión “políticas económicas” siempre significó parches desesperados para corregir desarreglos ingeniosos.
Gelbard se fue a mitad de los 70 al exilio y a la muerte. FATE sobrevivió a los sinceramientos económicos inevitables y a las aperturas desorganizadas post peronismo, también al encierro alfonsinista. Estaba preparada, los personajes políticos y las ideas obtusas se continuaban y el ejercicio del lobby era absolutamente natural.
Durante la Argentina menemista muchas familias empresarias optaron por deshacerse de sus empresas. La parva de billetes verdes resultaba más atractiva que enfrentar la competencia (un deporte para el que estaban fuera de estado). FATE compitió y atravesó con innovaciones, acuerdos e inversiones extranjeras el nuevo campo de juego.
El encierro siempre es caro y el kirchnerismo convenció al tiempo mismo de una permanencia y un modelo donde todas las restricciones naturales del peronismo fueron vueltas a escena, sólo que las trajo a un escenario donde la velocidad del libreto era altamente superior.
Sólo 28 años de eternidad duró el muro que encerró a Berlín, al igual que la duración de esa ficticia figura de la RDA. Aún subsiste una sensación de nostalgia en quienes habitaron ese oriente alemán y una densidad estanca e inferior en cuanto al desarrollo y emprendimientos con respecto al occidente alemán. Cabría preguntarse también si en esa reunificación alemana parte de esa inercia al sometimiento de la comodidad no influyó en un frenado de la parte occidental que los aletargó descuidando su independencia energética.
El kirchnerismo impartió pasado sólo por 20 años pero lo hizo en los 2000 en la primigenia aceleración tecnológica que hoy está en plenitud. Los 20 años de kirchnerismo podrían equivaler a 50 del socialismo oriental alemán.
FATE ha llegado a la orilla contraria con la cantidad de empleados necesarios de la orilla de partida, con el hábito de un lobby que ya no cuenta (Paolo Rocca puede dar fe de ello), con una incompetencia que en la mayoría de las empresas surge de la descapitalización, específicamente la de bienes de producción que en este corto tiempo fueron desarrollados para duplicar las velocidades, disminuir la necesidad de mano de obra y optimizar la cantidad y calidad de productos. Es sencillamente el futuro que ha llegado en el instante en que el encierro nos seguía entrenando para una supervivencia de cuestiones políticas y no de competencia.
Argentina está ante una segunda apertura dolorosa más compleja que la de los 90. Las velocidades han cambiado exponencialmente. Una segunda apertura que sería prácticamente innecesaria si no hubiéramos caído en ese encierro ideológico que el kirchnerismo nos concedió y con el que pretendió clausurar todo vestigio de nuestra efímera conexión con el planeta. Personajes como Kicillof o Grabois aún intentan vender como soluciones lógicas esos mismos aislamientos óptimos para la incompetencia cultivada.
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