Por Paul Battistón.-
¿Cuántos años caben en este escaso año de gobierno de Donald Trump?
¿Dónde quedaron las patéticas pataletas del progresismo? Deben estar olvidadas en la era pasada, donde la parsimonia, la ineptitud o la complicidad de gobiernos les permitían formar parte de sus agendas como opción de estafa aceptable.
¿Alguien creía que el mundo marchaba bien con ese libreto de caricaturas que iban desde Greta Thunberg hasta Nicolás Maduro?
Después de años de aburrimiento programado finalmente Davos se volvió divertido. Si el año de Trump pesa como 10 años es porque sus últimos tres días pesan como dos años. ¿Cuál es el riesgo? Que derive en una exponencialidad que abrume y no pueda ser atendida ni entendida.
Hace apenas tres días veníamos de ese planeta que tenía ONU, OTAN y Davos (quizás no sobreviva) y de repente hoy estamos en el medio de una gran terraformación que, aunque herede siglas, ha reformulado todos sus significados y pesos.
OTAN significa favores nunca retribuidos y ONU, lugar de consentimiento a gobiernos peligrosos y a políticas inmaduras revestidas de herencia cultural.
Davos era el lugar de reunión para alocuciones elaboradas cuya pretensión máxima era coincidir con la corriente de la corrección.
Javier Milei hace dos años escupió el chicle sobre la alfombra de Davos con un discurso en contrasentido pero Trump sencillamente desde su interior ha encendido en llamas sus cortinas. Podríamos resumir su actuación en “hacer algo” ¿nada más que eso? Pues en un lugar donde no se hacía nada más que desplegar la cola de pavo real, resulta revolucionario.
El personaje más exitoso de ese planeta que acaba de esfumarse era sin dudas el señor Xi Jinping (un batido con ¾ de Deng Xiaoping y ¼ de Mao Tse Tung) con la ventaja sobre los demás líderes mundiales de la continuidad política democráticamente impuesta por la suma de la voluntad del partido (o sea él mismo, mientras le dure). Su juego de ingenio (o de ingeniero) le permitió desarrollar a gusto las aspiraciones de supremacía de su imperio en ese mundo de oportunas y aprovechables miserias esparcidas. Un mundo también con una Europa íntegramente dormida en sus inútiles desvaríos progres desde su joven Este hasta las costas de California.
En ese escenario todo era viento a favor para Xi. Trump se ha encargado de detener repentinamente el viento y reemplazarlo por imprevistos vórtices capaces de revolver ese mapa que portaba adherido algo abstracto que solían llamar derecho internacional (incluía el derecho a respetar la subsistencia de dictadores y el terrorismo como negocio y método de imposición cultural).
¿Qué puede hacer semejante agitador como Trump por la paz? Romper el esquema que claramente no la ha conseguido y de paso quedársela (tomándola o comprándola).
Groenlandia acaba de conseguir la paz de una Berlín libre y pujante en lugar de quedar expuesta a convertirse en una Berlín separada de América por un muro de agua bajo la custodia de una Stacci.
Venezuela ha conseguido la paz de que su petróleo mediante la desigualdad capitalista pueda sacarlos rápidamente de las profundidades de su camino a la miseria cubana.
La mayor apuesta de Trump: que Gaza se convierta en el aliado reconstruido que lo adore como liberador de la violencia siempre agregada con fines extraterritoriales. Esa gente quiere vivir en paz.
20 países, un excelente punto de nucleación para una germinación interesante. En el planeta de la era pasada podríamos haber adivinado de antemano el listado con los ojos cerrados, ahora difícilmente acertaríamos más de cinco.
Trump quiere la paz aun por la fuerza y nada mejor para conseguirla que esa lista ecléctica libre de previsibilidad que ha logrado.
Un logro superlativo, desmenuzándola encontramos incluidos civilizaciones con ejecuciones públicas, riqueza y pobreza extrema, dictadores asustados, outsiders, tierras en el corazón mismo de la ex URSS, aliados de siempre en ejercicio reciente, una verdadera cadena de entramado por encima de todo los viejos bloques, un acceso a todos los lugares recónditos, una invitación a nuevos y renovación a conocidos.
Después de todo, ¿para qué sirvió la ONU más allá de inventar pandemias con sus subsidiarias?
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