Por Pascual Albanese.-

Nunca como hoy tuvo tanta vigencia aquella frase de Perón en su libro “La Hora de los Pueblos”, editado en 1968, hace 58 años, cuando la palabra “globalización” no figuraba todavía siquiera en los diccionarios: “En el mundo de hoy, la política puramente nacional es una casi de provincias. Lo único que verdaderamente importa es la política internacional, que juega desaprensivamente por adentro y por afora de los países”.

La Argentina tiene dos antecedentes muy cercanos sobre la actualidad de esa apreciación. El primero ocurrió en septiembre de año pasado cuando el apoyo del presidente estadounidense Donald Trump y de su Secretario del Tesoro, Scott Bessent, permitió que Javier Milei superara una situación extremadamente crítica y ganara las elecciones legislativas del 26 de octubre. Fue la primera vez en la historia en que el apoyo de un presidente estadounidense determinó la victoria en una elección en la Argentina.

El segundo antecedente, todavía más próximo, fue el fallo de la Cámara de Apelaciones de Nueva York que al revocar la sentencia de primera instancia de la jueza Loretta Preska otorgó el triunfo a la Argentina en la demanda iniciada por el fondo Burford a raíz de la expropiación de YPF durante el gobierno de Cristina Kirchner. Todos los analistas coincidieron en señalar la influencia que tuvo en ese fallo el alineamiento internacional del gobierno de Javier Milei. Prueba de ello fue la presentación en favor de la Argentina realizada por el Departamento de Justicia estadounidense. Si alguna duda faltaba para corroborarlo algunos observadores subrayaron que uno de los abogados del estudio Sulliven & Cromwell, que defendió los intereses de la Argentina en durante todo ese prolongado pleito, fue Robert Giufra, que se había desempeñado como abogado de Trump.

Es imposible analizar la política argentina, y menos aún la formulación de una estrategia de desarrollo nacional, sin una correcta lectura del nuevo escenario internacional, signado por la Cuarta Revolución Industrial, cuya expresión emblemática es la explosión de la inteligencia artificial, y por el nítido predominio de dos superpotencias: Estados Unidos, la superpotencia dominante, y China la superpotencia ascendente, en un marco de inter-dependencia económica y de competencia por la hegemonía centrado en la búsqueda del liderazgo tecnológico.

En este escenario cabe inscribir la guerra de Irán. Algunos analistas en temas militares caracterizaron a este conflicto bélico como una “guerra internacional asimétrica”, en una analogía con las numerosas contiendas que en el pasado, y aún hoy, enfrentaron en muchos países a los aparatos estatales con los grupos guerrilleros. En este sentido, la estrategia defensiva iraní presenta puntos de semejanza con la acción terrorista de esos grupos.

Para tener una dimensión de la disparidad de las dos fuerzas en disputa, corresponde señalar que el producto bruto interno de Estados Unidos asciende a más de 30 billones de dólares, mientras que el producto iraní es de sólo 436.000 millones de dólares. En otros términos, el PBI de Irán equivale a menos del 2% del PBI de Estados Unidos. Al mismo tiempo, para graficar esa abrumadora supremacía militar estadounidense, vale precisar que el presupuesto de defensa de Estados Unidos es de más de 832.000 millones de dólares, mientras que el de Irán no alcanza los 9.500 millones de dólares, o sea unas nueve veces menos.

En una guerra de carácter fundamentalmente aéreo, en la que los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Irán son respondidos por los drones misilísticos iraníes contra sus vecinos árabes y contra Israel, la única carta defensiva efectiva de Irán es el control sobre el estrecho de Ormuz, con su consiguiente impacto en el transporte y el precio mundial de los combustibles, lo que altera también el nivel general de precios a escala global, incluyendo a Estados Unidos.

El énfasis en el control del estrecho de Ormuz corrobora una tendencia, ya reflejada en el documento de seguridad estadounidense publicado a fines del año pasado: la prioridad puesta en la seguridad del transporte marítimo, en especial de los pasos interoceánicos, como ya se manifestó en el interés de Trump por el canal de Panamá, Canadá y Groenlandia en el hemisferio norte y por el estrecho de Magallanes, en el hemisferio sur, una proyección que involucra a las islas Malvinas.

Este reacomodamiento estratégico reconoce una causa estructural: el vertiginoso e indetenible desarrollo de la inteligencia artificial multiplica exponencialmente la demanda de energía y minerales. Las circunstancias devuelven actualidad a un libro del prestigioso ensayista estadounidense Robert Kaplan, publicado en 2012 y titulado “La revancha de la geografía”. Esa reaparición de la geografía, incentivada por la creciente demanda de recursos naturales, implica una revalorización de los territorios, del subsuelo, de la importancia de las fronteras y del papel de los estados.

Esta vigorosa reaparición de la “tierra” como factor económico supone también una simultánea revalorización cultural de la noción de “patria”, etimológicamente “tierra de los padres”. Emerge una nítida diferenciación entre la globalización como hecho estructural y el ”globalismo” como ideología. En un discurso ante la asamblea general de las Naciones Unidas pronunciado en 2019, durante su primer mandato, Trump señaló: ”el futuro no pertenece a los globalistas sino a los patriotas”. La consigna de “America First” irrumpe como una respuesta al cosmopolitismo cultural dominante en el Partido Demócrata estadounidense.

En el caso específico de la Argentina, este reposicionamiento político de la geografía adquiere una enorme importancia. El papel protagónico de los recursos naturales, expresado en la importancia de la energía, la minería y naturalmente del agro como factores claves para el desarrollo, impulsados por el régimen de incentivo a las grandes inversiones (RIGI), implica una tendencia a la reformulación de la geografía económica argentina. Pero esa nueva geografía económica supone también la aparición de una nueva dimensión geopolítica de carácter territorial, que se exhibe en la creciente gravitación política en el orden nacional de los poderes locales, en especial de los gobernadores y los intendentes.

La contracara de este proceso es la situación del conurbano bonaerense, lugar de origen histórico del peronismo y disparador de los dos grandes estallidos sociales ocurridos en la Argentina desde la restauración de la democracia, en junio de 1989 y en diciembre de 2001. La construcción de esta nueva geografía económica exige poner en marcha un proceso de reindustrialización internacionalmente competitiva del tejido productivo del conurbano y también, sino con anterioridad, implementar un proceso de reconversión social para atender a las demandas derivadas de la pobreza estructural y avanzar en el indispensable mejoramiento de los niveles de empleabilidad de la fuerza de trabajo.

Importa puntualizar que de todos modos, en términos de mediano y largo plazo, esta nueva geografía económica conlleva un necesario proceso de desconcentración demográfica, cuya materialización llevará muchos años. En términos estructurales, resulta virtualmente imposible concebir la existencia, y menos aún la subsistencia, de una estructura económica en la que el 35% de la población esté concentrada en sólo el 2% de la superficie nacional.

Este proceso de reconversión productiva está inserto en un escenario de apertura internacional de la economía argentina, que tuvo una primera expresión con la ratificación parlamentaria del tratado de libre comercio entre el MERCOSUR y la Unión Europea y la firma del acuerdo comercial entre la Argentina y Estados Unidos, que por su capítulo referido a la protección de la propiedad intelectual produjo un impacto en el tema de las patentes medicinales y del pago de las patentes por el uso de semillas.

Los desafíos de la apertura internacional exigen empero una precisión. En el mundo de hoy la competencia internacional tiene un carácter sistémico. No compiten únicamente empresas, sino también, y fundamentalmente, países, es decir sistemas integrales de organización y decisión. Esto implica la necesidad de “nivelar la cancha”. La productividad no puede entonces medirse exclusivamente “puertas adentro” de las unidades productivas sino también “puertas afuera”, lo que entre otros puntos implica afrontar los asuntos vinculados con la estructura impositiva, la legislación laboral, los niveles de educación y, especialmente, la infraestructura.

Existe un inequívoco contraste entre las demandas de la nueva geografía económica y una geografía electoral marcada por el peso decisivo de la región metropolitana. Esa restricción estructural signará inevitablemente este proceso de transformación estructural. Como acertadamente señala Ricardo Arriazu, en el llamado proceso de “destrucción creativa” inherente al desarrollo capitalista la fase de destrucción avanza más rápidamente que el ritmo de creación.

En esta fase de la transición cabría situar el actual momento del gobierno de Milei tras su fortalecimiento relativo con su victoria en las elecciones de octubre, que posibilitó la aprobación parlamentaria de la ley de reforma laboral y otras iniciativas del Poder Ejecutivo. A esa victoria electoral, que patentizó la ausencia de una alternativa opositora y generó la percepción mayoritaria en la opinión pública de que la opción era “Milei o la nada”, sucedió el amesetamiento en el descenso de la tasa de inflación, que hizo que en el primer trimestre ese índice esté cercano ya al 10% fijado en la ley de presupuesto, con una previsión para el año 2026 de alrededor del 25%.

La previsibilidad económica, concebida en términos de mediano y largo plazo, perjudicada por los antecedentes históricos de la Argentina, torna más difícil la concreción de inversiones no financieras, orientadas a “hundir capital”. Esto explica que, pese a las continuas exhortaciones del Ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, y de la sanción de la Ley de Inocencia Fiscal, los argentinos sigamos demorando en sacar los famosos “dólares del colchón”

A estas dificultades corresponde añadir la caída en la recaudación fiscal y, en lugar de las dificultades que atravesó anteriormente el gobierno en el Poder Legislativo, la irrupción de sucesivos problemas en el ámbito judicial, manifestados en los fallos de primera instancia contra la mayoría de los artículos de ley de reforma laboral y en contra de la demora oficial en la implementación de la ley de financiamiento universitario, a los que habría que agregar la repercusión mediática de las diversas denuncias penales presentadas contra el Jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y otros casos similares.

En este panorama cobran relevancia algunas iniciativas de una franja del denominado “círculo rojo”, entre cuyos principales exponentes cabría ubicar a Paolo Roca y Héctor Magnetto, tendientes a la construcción de una alternativa opositora “de centro” que pueda plantearse como opción a la reelección presidencial pero no implique una “vuelta atrás”, concebida como una forma de otorgar una mayor sustentabilidad política a las reformas estructurales encaradas por Milei. En la visión de sus promotores, esa variante, aún en el caso de ser derrotada electoralmente, disiparía la incertidumbre y consolidaría la confianza de los inversores.

Esa nueva variante se cruza con la profundización de la crisis política del peronismo, signada por el agotamiento del liderazgo de Cristina Kirchner y la consiguiente desaparición del “kirchnerismo” como posible alternativa de gobierno. Esta descomposición se ve acentuada por el nuevo escenario mundial, cuando el derrocamiento y la detención de Nicolás Maduro ponen de relieve la total debacle de una visión internacional que privilegiaba los vínculos con el régimen “chavista”, que dieron origen al acuerdo con Irán, reflejado en el ”memorándum de entendimiento” que es hoy causa de otro de los procesos penales que afronta la ex presidenta.

Ese vacío de conducción coincide con la tendencia al afianzamiento de los liderazgos territoriales como fuentes de poder político, expresada en el rol protagónico de los gobernadores y también de los intendentes municipales, que conforman el eslabón estatal más próximo a las realidades territoriales. En ese sentido, conviene destacar la significación política de la reunión del Consejo Federal de Intendentes (COFEIN) celebrada días pasados en Paraná, con la participación, entre otros, de los intendentes de La Plata (Julio Alak), de Córdoba (Daniel Passerini), de Rosario (Pablo Javkin, vecinalista) y también de Mendoza (radical), Santa Fe (radical), Paraná, Tucumán, Salta, Jujuy (radical), Formosa y de otras capitales provinciales, quienes -con el aval implícito de sus gobernadores-acordaron una acción conjunta en sus reclamos al gobierno nacional.

Tampoco tiene solo carácter anecdótico, ni constituye una mera jactancia intelectual de su autor, que Axel Kiciloff haya publicado en el suplemento económico de Clarín un artículo sobre el 250° aniversario de “La riqueza de las naciones”, con una abierta reivindicación del significado progresivo que tuvieron en su época la obra de Adam Smith y el liberalismo económico frente al viejo sistema feudal. El contenido de esa nota, y también su publicación por Clarín, representan sendos síntomas de una percepción común acerca de la necesidad de lo que Kicillof definiera tiempo atrás como una “nueva canción”, que hasta ahora no tiene ni título, ni letra, ni música ni intérprete, pero cuya aparición resulta cada vez más acuciante para el peronismo y para un sector importante de la sociedad argentina.

Un interesante estudio realizado por la empresa DC Consultores sobre si los encuestados preferían un peronismo “de izquierda”, de “derecha” o “de centro” arrojó un resultado extremadamente significativo. El 51,7% de los entrevistados manifestó preferir un peronismo “de centro”, un 27,8% “de derecha” y sólo un 20,6% “de izquierda”. Si bien es preciso puntualizar que ese trabajo no abarcó al peronismo hacia adentro sino a la totalidad de la opinión pública, las respuestas señaladas indican las nuevas demandas que el peronismo tiene el desafío de satisfacer.

Ese desafío exige un replanteo estratégico que, como señalara Perón en “La Hora de los Pueblos”, requiere ante todo una redefinición de la visión internacional. Esta revisión supone la asunción de la necesidad de fortalecer los vínculos con Estados Unidos, sobre todo en materia de seguridad y de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo transnacional, sin que esto implique en absoluto resignar la búsqueda de una estrecha cooperación económica y comercial con China y los demás países del mundo asiático.

Pero por esta reivindicación del papel de la geografía que nos plantea la época esa reformulación política tiene como punto de partida el axioma de que los países no se mudan y que, por lo tanto, la alianza estratégica con Brasil, ya sea con Lula o con Flavio Bolsonaro, constituye una prioridad para la inserción de la Argentina en el nuevo escenario mundial. En este punto, tiene también absoluta vigencia el contenido del famoso discurso de Perón en noviembre de 1953 en la Escuela Superior de Guerra, donde explicó la importancia del ABC como núcleo fundamental de la política exterior argentina.

En 1973 Perón advertía que “las doctrinas no son permanentes, lo único permanente es la evolución” y que la misión de la conducción política reside en “fabricar la montura propia para cabalgar la evolución, sin caernos”. Ese es el desafío que afronta no solamente el peronismo sino la Argentina de hoy en este nuevo escenario mundial.

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