Por Claudio Valdez.-

Hablar de estafa es referirse al acto de “apoderarse del bien ajeno por medio de engaño o artificio”. Hoy en La Argentina sabemos con certeza que, salvo el sistema electoral empleado para designar autoridades, el régimen político republicano no logró ser restaurado, aunque quiera ser denominado “democrático”.

Los condicionamientos habituales a “la libertad política” o posibilidad de elegir y resultar elegido, coartada por normativas, reglamentaciones, acusaciones criminales ajenas a nuestro Código Penal, e incluso presentadas con retroactividad y sobre cosa juzgada, además de restricciones limitadoras a la actividad de los partidos de la oposición confirman la anterior percepción.

No debería resultar necesario insistir en la prohibición republicana a los cargos hereditarios si no se hubiesen instalado en la costumbre, de modo flagrante, “las parentelas” desde la misma presidencia de la nación y para los restantes cargos ejecutivos, avalados por caso mediante fraudulentos plebiscitos realizados bajo apariencia electoral. Las provincias, los municipios y los sindicatos son expresión excedida de esta anomalía.

Más de cuarenta años de desaciertos, engaños, oportunismos, perversiones, venganzas y fraudes, publicitados como éxitos políticos, permiten creer sólo a los necios, incapaces de comprender que habitan “la república estafada”.

Estafas que, por su magnitud, terminan produciendo quiebra, pero debe aclararse, como afirman por experiencia los grandes banqueros, “las naciones nunca quiebran”. Siempre quienes quiebran son algunas generaciones de ciudadanos. Varias generaciones enteras de argentinos, desde hace décadas padecen esta situación de quiebra material y moral, en tanto pervertidos dirigentes prosiguen con sus pillerías. Pervertidores y pervertidos gozan con desenfreno sus canalladas y a modo de “racionalización psicológica” las señalan como democracia.

Nuestro gobierno “representativo, republicano, federal” viene siendo estafado con continuidad por este tipo de servidores públicos. Ya en el año 1890 José Manuel Estrada advirtió: “Veo bandas rapaces, movidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar las finanzas, pervertir la administración, chupar su sustancia…” Felizmente no tuvo que ver en aquel entonces el odio y la venganza promovidos desde la Primera Magistratura, pero sus observaciones le bastaron para concluir: “Eso es la decadencia. Eso es la muerte”.

Al parecer, en nuestro siglo XXI poco se orienta a “constituir la unión nacional” sino, más bien, a mantener “la república estafada”.

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