Por José Luis Milia.-
Ya van más de 300 juicios desde que reabrieron la temporada de caza contra quienes combatieron al terrorismo, pero la fábrica sigue. No hace falta mucha imaginación para mantenerla funcionando, basta inventar una requisitoria, reciclar una demanda o numerar un expediente muerto para que el circo continúe. ESMA I, II, III… y los que hagan falta, hasta, por ejemplo, convertir la “Operación Independencia” en franquicia eterna. La numeración es irrelevante, lo importante es que nunca falten nombres para condenar.
Estos procesos, rutina burocrática con épica de utilería, se estiran in aeternum. Total, materia prima sobra cuando la imaginación jurídica reemplaza al derecho y la memoria vengativa hace de fiscal auxiliar.
Aún hay algunos ingenuos que creen que esto ha de cambiar. No, Argentina no es el país de las maravillas, y esperar que la judicatura experimente una súbita elevación moral es pedirle ciruelas al ombú. Los herederos seguirán el legado rastrero de Arslanian, Gil Lavedra, Rozanski y Rafecas, y otros tantos próceres del arte de usar la Constitución como papel higiénico y de honrar el pacto que en 2003 firmaron un ladrón y un asesino.
La justicia argentina convirtió los juicios sobre la guerra contra la subversión-rebautizados de lesa humanidad por el cártel de los derechos humanos- en farsas donde la defensa es ninguneada y la condena viene escrita de antemano. Testimonios endebles, pruebas inexistentes y jueces que se creen divinos mientras se pudren en su propia soberbia.
Hace años que ellos presentan estos sainetes como monumentos a la ética, pero son altares al cinismo y la venganza. Detrás del decorado solemne, solo hay tribunales guionistas de propaganda, jueces que prevarican con impunidad, testigos falsos repetidos como coro griego y sentencias dictadas en nombre de la conveniencia política. No es memoria, verdad y justicia; es memoria selectiva, verdad adulterada y justicia de cartón.
Desde 1983 la corporación judicial se disfraza de garante de derechos humanos, pero los manipula como fichas de ajedrez para sostener su poder. Los magistrados, que deberían ser guardianes de la ley, son actores de un teatro envilecido donde la ética se archiva y la imparcialidad se sustituye por militancia disfrazada de toga. Y esto es factible porque la dignidad de los jueces ya fue tasada con anterioridad en un indecoroso mercado de pulgas.
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