Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, tan compleja, tan acostumbrada a los negativos en sus proyectos, tan desmesuradamente cruel en la forma de comportarse hacia quien observa de afuera, no hay momentos donde la plenitud del espacio para la paz plena cubra la existencia ciudadana. Son tantas las claudicaciones que se han padecido y padecen, que todo parece enrolarse en un estado de vida. A poca gente ya le parece que lo cotidiano anormal no pase a ser un asunto dentro de lo normal. Hay un acostumbramiento pernicioso a la descomposición adoptado como algo rutinario. Nada parece sorprender. Y pasan cosas que sacuden en el momento y luego pasan. Todo, apenas si da para unas horas de sorpresa, de condena, de repulsa; pero luego la rutina, que no es la apetecible, borra y de nuevo nacen nuevas expresiones despreciables de un comportamiento, aunque aislado, provocando las más ruinosas consecuencias.

Los hechos ocurridos durante la 5ª Marcha Estudiantil frente al Congreso de la Nación, juntamente con el fracaso de la Sesión para tratar la derogación del Dto 70/2023, fueron el “motivo” para que todo sufriera un desmadre típico de este tipo de acontecimientos. Lo de siempre, con esa espectacularidad que parece haberse adueñado y corporizado en este ritual ya hecho raíz en la voluntad de los participantes y luego, como en una matriz ya internalizada en la corriente del grupo manifestante, en un abrir y cerrar de ojos, todo se transforma en un tembladeral, con comienzo sorpresivo; pero de alcance final incierto, brutal y desestructurado. Nadie puede imaginar, siquiera, cual puede ser el final. Porque los que convocaron, de buena fe, aunque puedan imaginarlo, es como que esperan el mismo desenlace de tantas experiencias vividas. Un futuro diferente, frente a los que planean el fracaso de las convocatorias, es solo una ilusión. Una acción, presuntamente, aislada tiñe de negro las supuestas buenas intenciones.

Todo se mezcla. Los buenos y los malos. La legitimidad del reclamo con la dureza y ferocidad de los encapuchados de siempre que con sus “armas” predilectas (piedras, bombas molotov, gomeras) ponen en riesgo la vida y los bienes del resto. Pasa el tiempo y la resultante es la misma. Destrozos por doquier. Atentados a las fuerzas del orden. Algunas detenciones, muchas menos (siempre) de lo deseado. La cantinela, también, como es costumbre. De un lado que son infiltrados, del otro que son el resultado de la represión policial. Apenas si un análisis chiquito, intrascendente. Lo cierto, la ley y el orden bastardeados. Las declaraciones que a nadie conforman. Lo verdadero, que el sentido de la libertad y la vigencia de la llamada “nueva Democracia”, hacen agua por donde se la mire. La historia se repite con un descaro que asombra al mundo. Que nos indigna y avergüenza; pero como es costumbrista el escenario, dejamos pasar todo, tanto como si estos capítulos nos convencen para afirmar, según algún desprevenido e ignorante, como el necesario aprendizaje para comprender, un día, que el país joven (frase hasta ridícula) necesita de estos golpes de efecto para enseñorear la idea que estamos creciendo. Es hora de llamar a las cosas por su nombre: Son delincuentes. El destrozo., la movilización torpe y violenta con un desparpajo que asombra debe, definitivamente, ser atacada con el máximo rigor de la ley. Las declaraciones de que “son los mismos de siempre”, ya aburren, fastidian. Los que patrocinan estos disturbios deben salir a la luz de una vez por todas y el Estado ya llevan demasiado tiempo para ponerles un final ejemplar. Otro argumento, es falaz, insustancial y pasatista. La solución final es imperiosa. Un basta ya, es inmediato. La vigencia de la ley por sobre la barbarie y el salvajismo, no admiten prórrogas. Un pueblo ansioso de paz lo requiere. De lo contrario, como se afirma en el título, seguiremos diciendo “Rompan, el Estado paga”. La libertad y el decoro como nación exige inmediatez. Cualquier argumento dispar o chabacano de la política, en estos casos, es puro mirar para otro lado.

Share