Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, a la que queremos porque somos hijos de ella, nos duele de verdad que haya tantos qué, inclinados por costumbres, ideas malsanas, comportamientos erráticos, desvaríos emocionales, se apartan desdichadamente de los objetivos que persiguen mayorías silenciosas que caen bajo el accionar de otros grupos que no trepidan en hacer daño. Una profunda y perversa acción dialéctica hacen que sus mensajes entren en la conciencia colectiva provocando una sensación de inestabilidad crónica, lo que obnubila toda posibilidad de un razonamiento adecuado. Mucho se ha dicho sobre el impresionante daño causado a la nación por las malas praxis de los gobiernos que se han ido sucediendo en décadas. La política, que se eso se trata el asunto, tuvo, tiene y tendrá como objetivo central resolver pacífica y razonablemente los conflictos entre las personas y los grupos sociales que conforman el país, como un todo. No hay forma de exponer motivos que sean excluyentes de otros; todos en principio deben ser atendidos conforme a su complejidad. En esto, casi siempre, se adoleció de figuras trascendentes que por su nivel de preparación, orígenes y comportamientos dejaran la sensación de estar frente a verdaderos estadistas. Todo lo contrario. Por una u otra razón, la mayoría cayó bajo el influjo de acciones contrarias a la normalidad. La paz y la tranquilidad fueron arrasadas con un efecto lacerante, difícil de comprender, como es obvio. Las responsabilidades se diluyeron a poco de andar. Cada cual con su carga. Malos y regulares; pocas veces buenos en plenitud.

La historia reciente nos marcó a fuego en este punto. El pasaje del kirchnerismo por la función pública dejó para la historia del país una de las páginas más oscuras. Déficit institucional, economía en bancarrota, educación y salud deteriorada a niveles pocas veces vista. Y sobre todo el flagelo de la corrupción que erosionó el panorama democrático de modo superlativo. La concluyente situación de su figura más emblemática (CFK) en prisión por diversos delitos, marca el final indeseado de una época olvidable.

En estos días la noticias sobre el comportamiento del Jefe de Gabinete (Manuel Adorni) con su meteórica carrera en la política, pone de nuevo al flamante gobierno en la alternativa de salir a defender a uno de sus principales hombres del escarnio público. Un hecho, qué en otros momentos del país, fueron una desagradable rutina, tolerada de modo escandaloso. En este caso, el hecho de llevar como acompañante, en viaje oficial (Argentina Week en EEUU) a la esposa del referido funcionario, catapultó un alboroto de proporciones. Sumado al hecho de otro viaje, en vuelo privado, a Punta del Este, sobre lo que se habían sugerido y formalizado normas para evitar este tipo de eventos. Las derivaciones son un misterio. La unión de los funcionarios oficiales cerrando filas para defenderlo; quizás si alcance. Cierto es que el citado hombre público, dejó en el camino algunas huellas no compatibles con el acuerdo general. Su carácter confrontativo tantas veces marcó un sendero proclive a las reacciones ajenas. Hoy el pase de facturas promete ser lapidario.

En este revuelo se unieron los del mundo K, con sus socios acostumbrados. Con total virulencia. Destrozando la prudencia. Pedidos de interpelaciones, denuncias penales, y todo un combo compatible con la memoria frágil de aquellos que hicieron de estas prácticas, cuando fueron gobierno, una razón de vida oficial. La oposición, para estos menesteres, es una ilustrada feligresía convocante. Las peleas internas, por el momento, se archivan; el tema es dañar lo más que se pueda al adversario. Por el lado del oficialismo vendrán las justificaciones. Los perdones. Los cubrir de espaldas. Las aclaraciones que en la mayoría de los casos oscurecen. Esto, sumado a otros affaires ya expuestos públicamente, no hacen sino dañar a un gobierno que había prometido, desde la transparencia y la pulcritud de procederes, alejarse lo más posible de las históricas pésimas administraciones que debió soportar la República, año, tras año. Dicho esto, la nueva administración deberá “deslomarse” para cambiar el rumbo de las cosas, para no hacernos la pregunta que se expresa en el título: “¿Siempre lo mismo?” Es de esperar que no. El criterio y la razón deberán prevalecer. Las faltas éticas, la narrativa pública, la transparencia, la moralidad serán términos en el léxico político por venir. Ojalá sirvan.

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