Por Juan José de Guzmán.-

Es una palabra que por sí sola encierra un sinnúmero de acepciones.

Una de ellas sería que es bueno y necesario hacerlo para potenciar el crecimiento de los niños, acompañándolos, haciendo las veces de guías en el recorrido que va desde la infancia a la niñez y de allí a la adolescencia.

Podríamos decir que se “suelta” algo que es poseído, porque para soltar algo o soltarse de algo tiene que existir ese algo.

Hoy en día está muy difundida (en especial entre los jóvenes) y entre aquellos que sin título habilitante en psicología no dejan pasar la oportunidad de opinar en mesa de amigos las razones por las cuales “hay que soltar” como forma de liberación de cosas que nos estresan.

Profundizando un poco más, también podría significar “desprenderse de algo o de alguien”, o dejar que las cosas sigan su curso sin intervenir, no interesarse de algo o por algo (que debe arreglarse por sí solo, “yo ya solté, me deshice del problema”, de algo que me pertenece, que es mío pero concluyo que me estresa). No soltar es comprometerse, con el prójimo, con lo que fuere, hasta que duela (parafraseando los dichos de la Madre Teresa).

¿Cómo podría soltar al amor de mi vida habiendo un halo de esperanza? ¿Cómo ser generoso con el deseo de la enferma tratándose de un egoísta que la quiere tanto como si se tratase de la razón de su existencia?

Los recuerdos permanecerán, correcto pero, ¿qué hago yo con los recuerdos si a ese ser que tanto amo y necesito le suelto la mano para que se vaya, nada es para siempre?

En la vida de pareja se van saltando distintas etapas en donde ambos (juntos) se desprenden o modifican hábitos, costumbres, ceremonias.

Uno de esos saltos, que no se pueden olvidar es aquel en donde sí, hay que soltar, cuando lo hijos se van de la casa paterna para empezar a escribir sus propias experiencias.

Es entonces que este anticuado se pregunta: “¿dónde quedó archivado el compromiso de unión, ante el altar “hasta que la muerte los separe?”

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