Por Carlos Tórtora.-

Una vez más Javier Milei le dio a su discurso anual de inauguración de sesiones ordinarias un tono de marcada mediocridad. Mencionó algunos proyectos de leyes, como la reforma del Código Aduanero, del Civil y Comercial y del Procesal, pero sin abundar en qué van a consistir las reformas. Dio toda la impresión de que se estaba guardando cartas, es decir, no mencionar ciertos proyectos que el gobierno tiene en carpeta. Otro eje de la alocución fue el autoelogio de su gestión con slogans en su mayor parte ya descalificados. Pero el autoelogio le permitió encender a un público que obviamente quería festejar por primera vez en una asamblea la hegemonía libertaria en el Congreso. Así es que amenazó con una tormenta de proyectos de ley que habrá que ver si luego se concretan.

Claramente, lo que el presidente quiso mostrar, for export, es que ahora es el dueño del Congreso, algo que en Washington aceptan pero con grandes reservas.

Tema aparte, se ocupó de mostrar que su incomunicación con Victoria Villarruel es total, lo que a esta altura representa un desafío a que ella se presente como candidata a presidenta y compita con LLA.

Con la cabeza en las urnas

Si algo significativo tuvo el discurso fue el largo capítulo dedicado a denostar y denigrar a todos los sectores opositores.

Esto merece dos conclusiones: en primer lugar, que Milei tomó una decisión desacertada al retornar a la retórica de la violencia que había relegado a un segundo plano luego del 26-O, creando la mera apariencia de que podía ser un presidente racional.

Pero lo segundo es lo más importante: habló ante el Congreso como un orador de barricada. Ayer era ni más ni menos que un candidato buscando su reelección y recreando, por milésima vez, su polarización con el kirchnerismo, que tantos beneficios le diera.

Este tono electoralista indicaría que está cerca de lanzar su reelección, ante una sociedad sumergida en la apatía y la desesperación económica.

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