Por Luis Alejandro Rizzi.-
Pienso que el periodismo es más que “la obtención, tratamiento, interpretación y difusión de informaciones”, como define la RAE a la actividad, sino además narración, contar y difundir cosas o hechos que sucedieron.
Pues bien, esta nota tratará sobre una conversación que tuve, entre mayo o junio de 1967, en la cárcel de la Avenida Caseros, hoy deshabilitada, con un “reo” condenado a 14 años de prisión por diversos delitos, entre ellos asociación ilícita, en palabras simples, era un mafioso.
Hacía poco que había ingresado a ejercer mi profesión de abogado, en un estudio mediano para la época, éramos 10 abogados y con representaciones en Río Negro y Mendoza.
Obvio, era empleado, cobraba el salario de un secretario de primera instancia y en los primeros tiempos asistía a audiencias, teníamos unas 30 por día, sin contar con las de conciliación en el edificio de la calle Cangallo, hoy Perón, donde se presentaban las contestaciones de demanda en audiencias en las que previamente se intentaba una conciliación. Para ese menester había designado un abogado, que en su juventud fue periodista del diario “El Mundo”.
Viene a cuento una anécdota sobre él, un tipo brillante, excepcional por su calidad humana y formación cultural, que recordaré con su nombre y apellido: Rafael Castel Méndez.
El diario lo designó en el año 1953 para cubrir la coronación de la que sería Reina Isabel II y le adelantó una suma importante para viáticos, que se gastó y perdió en unas pocas noches de farra y póker.
Ante esa situación, un amigo lo escondió en su quinta de Castelar y desde allí, como “enviado especial” describió con lujo de detalles y calidad literaria la ceremonia de coronación en la Abadía de Westminster y hechos pintorescos de la nobleza inglesa.
Esas notas fueron excelentemente ponderadas y le valieron una suerte de “bonus” por su labor periodística.
El diario “El Mundo”, de la editorial Haynes, cuya redacción estaba en la esquina de Avellaneda y Rio de Janeiro, si mi memoria no me traiciona, Rafael se desvinculó voluntariamente unos pocos años antes cuando la situación económica de la editorial entró en crisis y se concursó en 1967.
A Rafael le quedaron debiendo varios meses de salarios que nunca reclamó.
Con este recuerdo retomo mi visita al reo.
En el estudio se había recibido un pedido para hacerle saber a una persona detenida que en un juicio sucesorio que tramitó en la ciudad de Santander, España, había sido declarado heredero de un importante patrimonio. A su vez, en ese carácter se debía iniciar, junto a un hermano, un juicio sucesorio sobre bienes existentes en el país.
El abogado, dueño del estudio, si bien existía una sociedad informal entre él y otros tres abogados, me encomendó la tarea.
Hice la respectiva presentación y fui autorizado, recuerdo la hora, de 14.30 a 15.30 la visita, en carácter de profesional no patrocinante.
Llegué a las 14.15 y recién cerca de las tres de la tarde me condujeron a una habitación destinada a los abogados defensores.
Me avisaron que la hora se contaba a partir de ese momento.
El hombre rechazó la herencia rápidamente y me pareció un tipo de buenos modales y nos pusimos a conversar.
“Me había retirado y tenía billetes de Aerolíneas Argentinas para viajar a Sudáfrica, pero 24 horas antes me pescaron”.
Tenía causas por robo, hurto, trata de personas defraudación y asociación ilícita, pero me armaron una por tentativa de homicidio, acusación totalmente falsa.
“¿Cómo fue que te agarraron?”, pregunté.
“Una delación de un tipo que estaba preso y le prometieron una pronta liberación si daba nombres y largó una lista entre ellas estaba yo, que tenía causas abiertas, pero no estaba imputado”.
“Y sonaste…”
“Sí”.
“¿Cuántos años tenés?”
“50, soy del 14 de marzo del 17”.
“¿Desde cuándo estás acá?”
“Desde que me condenaron hace poco menos de cinco años. Antes estuve en Devoto; me quedan seis y cuatro meses, pero mi “boga” me dijo que en tres más puedo pedir la condicional.”
“¿Y cómo era tu vida?”
“Empezás de a poco, laburaba con un puntero de Berisso, que estaba en el negocio de las “putas”, ganaba buena guita”.
“Con el puntero hacía pegatinas, rompíamos los comités de otros partidos y así…”
“Hasta que un día me ofreció lo de las minas. Era fácil. Trabajabas con la policía y la política, 40, 30 y 30.”
“¿Qué hacías?”
“Protegíamos a las putas”.
Mostré cara de asombro.
Había “edictos”, que reprimían la vagancia la prostitución. Las vagas quedan guardadas 30 días, y a las putas les imponían una multa, creo que era de tres pesos.
“No entiendo.”
“¿No te das cuenta? Las declarábamos como “putas”, pagaban la mitad y salían. A las minas les garantizás trabajo y seguridad.”
“También los robos, nos daban tiempo para entrar, hacer el trabajo y salir, cuando llegaban los “poli” ya era tarde.”
“¿Mataste?”
“Nunca, la vida es sagrada, creo en Dios, charlo mucho con el cura capellán.”
“¿Por qué te acusan de tentativa?”
“Me tomaron de perejil”.
“Te la bancaste”.
“Sí, si no era peor”.
“¿Querés un café?”
“Podés fumar…”
Se acercó a la puerta y al rato llegaron los dos cafés.
“Con confianza, es de los buenos”.
“Luego allá por el 50 y pico entramos con la marihuana y otra droga, cuyo nombre no recuerdo. Drogas livianas o blandas”, me aclaró. “Son inofensivas, salvo que le des tupido, durante varios años, pasa que éstas te llevan a otras más pesadas y allí cagaste, terminás mal, pero en ese otro negocio no entramos.”
“¿Cómo es la relación entre ustedes?”
Me miró, encendió otro cigarrillo. “Son importados, servite…”
“Bueno, son relaciones jodidas, no somos buena gente, nos desconfiamos siempre, pero a la vez debés confiar, si no el negocio no funciona.”
“Veo que hay delación”, dije.
“Si es parte del negocio, yo también soplé”.
“¿Cómo?”
“La poli tiene que tener algunos éxitos, entonces te dejás agarrar o denunciás dónde hay “merca”. Si te dejás agarrar, a las 48 horas te sueltan y el expediente muere en un cajón o se traspapela en un traslado y entonces lo quemás.”
“¿Estuviste en tiroteos?”
“Más de una vez. A veces son necesarios. Ellos tiran al aire y nosotros también, para cubrir la fuga.”
“A veces hay que hacer ruido”.
“¿Seguís con la idea de retirarte?”
“Sí, ya me retiré, acá terminé el secundario. Cuando salga me iré a Sudáfrica, quince años después de lo pensado.”
“¿Por qué ese destino?”, pregunté.
“Mi medio hermano, vive allí, y le mandaba la guita que hacía acá. Tenemos varios negocios, todo legal.”
“¿Confías en tu medio hermano?”
“Totalmente, mi mujer esta allá, ella administra.”
“¿Estás casado?”
“No sé, tendría que buscar las cosas…”
“¿Tenés hijos?”
“Sí. Al más chico no lo conozco, nació allá.”
“El mayor está estudiando y el más chico está en una escuela militar”.
Faltaba un minuto para las cuatro de la tarde, cuando entró un policía y nos dijo “es la hora”.
Nos despedimos y me fui.
Al terminar esta nota, pensé en ese hombre. Hoy tendría 109 años supongo que debe haber muerto.
Esto que he contado pasó y pasa. Ahora hay otro tipo de delincuencia. La droga cambió los “códigos”, pero eso es posible porque las complicidades siguen siendo las mismas. En Rosario y Santa fe, hasta funcionarios del poder judicial eran parte del problema, según salió a la luz durante este gobierno.
Me pareció que esta nota es de interés periodístico.
“Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”, Art. 18 de la Constitución Nacional.
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