Por Luis Américo Illuminati.-

El título en español, “Danzad, danzad, malditos”, es una adaptación más directa del título en inglés de la película “They Shoot Horses, Don’t They?” ¿Acaso no disparan a los caballos? es una traducción más literal del título original y hace referencia a una práctica común de pegarles un tiro a los caballos heridos para evitar su sufrimiento. Esta película data de 1969, interpretada por Jane Fonda y Michael Sarrazin, que vista de cerca es una perfecta metáfora de la alocada maratón del kirchnerismo que (por ahora) arrojó toneladas de piedras (al gobierno de Macri) y recientemente estiércol de caballo en el domicilio del candidato el diputado opositor José Luis Espert. El peronismo es tan «democrático» y tolera tan bien a los gobiernos no peronistas que hasta que no caen o fracasan no cesa de hacerles zancadillas. Volviendo a la película. La historia se centra en EEUU durante la Gran Depresión en que un grupo de personas desesperadas participan de un maratón de baile, donde un pícaro oportunista -el maestro de ceremonia- los anima a probar suerte. Robert, un hombre sin hogar, tiene el triste recuerdo que cuando era niño fue testigo de cómo le disparaban a un caballo que se había roto una pata, sacrificándolo para que no sufriera. Siendo ya adulto, se interesa por un maratón de baile. Las parejas compiten por un premio de 1.500 dólares y así se ilusionan de ser descubiertas por alguna celebridad de Hollywood o cazatalentos. Así, el maestro de ceremonias o director del circo organiza una serie de carreras (derbis) en los que las parejas corren juntas -atadas-como bestias. Decepcionados y desengañados Gloria y Robert se retiran de la competencia. Momentos después, mientras ambos caminan por el muelle, Gloria, abatida, le confiesa a Robert lo vacía que se siente y que está cansada de la vida. Ella saca entonces una pistola de su bolso y se apunta a la cabeza, pero no se atreve a apretar el gatillo. Desesperada, le ruega a Robert que le dispare, y él accede. Llega la policía y detiene a Robert. Le preguntan por qué lo hizo, a lo que les contesta que Gloria se lo pidió, y añade: «Disparan a los caballos, ¿verdad?». El maratón continúa con las pocas parejas que quedan, habiendo alcanzado ya las 1.491 horas y todo hace pensar que no pararán hasta que desfallezcan todos por agotamiento físico.

El kirchnerismo tiene un funcionamiento parecido a la película citada. Se trata de un fenómeno social aberrante integrado por una multitud irracional definida por Ortega y Gasset: el hombre-masa que forma parte de una turbamulta informe que abusa de la democracia, un bisonte populista que pisotea todos los derechos, que arma revoluciones soterradas y conspira contra el orden todo el tiempo. Todo empezó el 25 de mayo de 2003. Años antes sus fundadores, el matrimonio Kirchner-Fernández, se colgó de la mano de un peronismo desprestigiado y medraron a la sombra del menemismo, que en sus últimos años se caía a pedazos. Volviendo el reloj para atrás: veinte o veinticinco años antes, el difunto Néstor y su esposa Cristina, cuando las papas quemaban, se tomaron las de Villadiego y se mudaron urgente a Río Gallegos, donde hicieron pingües negocios gracias a los militares. Terminada la dictadura y con el regreso de la democracia, eran dueños de todo e hicieron suya políticamente la Provincia de Santa Cruz. Tras el corralito, el corralón, la caída de Fernando de la Rúa y la designación de Eduardo Duhalde como presidente de la Nación -algo constitucionalmente insólito-, éste les abrió las puertas para competir contra Menem, quien desertó en el balotaje. Instalado Néstor en la Rosada, su estrategia inicial fue usar el cadáver agonizante del peronismo menemista. Al modo del Dr. Víctor Frankenstein, creó un gólem, un monstruo obediente a sus planes y propósitos para concentración el poder como un monarca absolutista y así desfalcar el país frente a las narices de todos. Gran bailongo de medianoche y con fuegos artificiales se apoderaron de cuantiosos fondos del Estado y así lo quebraron. Y los ciudadanos desesperados participaban forzosamente en una competencia donde bailaban y corrían hasta agotar sus fuerzas y morir por el esfuerzo en la carrera interminable. Pan y circo para la tribuna y los militantes favorecidos por el poder arbitrario del gólem kirchnerista aplaudiendo todo el tiempo. Unos fueron espectadores invitados especiales del circo «K» y los otros, o sea el resto de los argentinos, corrieron el baile de San Vito mientras los militantes de La Cámpora les gritaban en coro: «Danzad, danzad malditos». Presa hoy la viuda, sus hordas cantan al pie del balcón la canción de Alberto Castillo «Siga el baile».

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