Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra que se vive en el mundo eleccionario cada dos años (nunca se sabrá hasta cuándo durará esta práctica), nada de lo que ocurra en ese sentido ya puede sorprendernos. Tiempo en que la razón parece salir de curso. En el que los sentimientos de adhesión solo se cumplen si lo que se haga o decida, complace las expectativas de cada uno. En el que la moral y las buenas costumbres se toman una licencia. En donde las amistades parecen esfumarse para ir en busca de posiciones, aunque se pisotee al compañero, en el rastreo frenético de un lugar en una lista o un cargo que haga las veces de bote salvador en un mar embravecido de pasiones partidarias. Ni hablar de “experimentos extraños”, como el corte de luz (o más de uno) para patear hacia adelante la conformación de listas de un partido. Porque las luchas internas alejaban la posibilidad de conformar a todos. Una secuencia de pésimo mal gusto (de haber sido consensuada previamente) pues identifica conductas infectadas de trampa para “arreglar” contubernios, muy propios de la hoy llamada casta política. Esta semana fueron los K, mañana puede ser otro. Nada es ajeno a ese escenario, cada vez más decadente.

En el contexto, se desvanecen las amistades; el tramoyismo pasa a ser relevante; donde los actores, tantas veces especialistas en urdir emboscadas, tiran a la basura las dignidades. Porque cuando el respeto, la amistad y el decoro se pierden nada cuesta ya que al amigo se lo pase a la categoría de enemigo (ni siquiera adversario); bajo el justificativo de ofrendas a un grupo, una facción o simplemente por intereses espurios y personales. Ni hablemos de las lealtades. Nada que rompa con el apego a la fidelidad entre pares, parece sorprender. Porque la posibilidad de ascenso, a cualquier precio, es el objetivo. En ese encuadre, Karina Milei pateó el tablero y en el criterio cerrado sobre nobleza envió un mensaje furibundo a “su” tropa. “La lealtad no es una opción, es una condición”. Para rematar la disputa, un libertario diría: “la lealtad no es obsecuencia”-· “El Jefe” daría por terminada, en apariencia, la disputa manifestando que “Aquí se viene a defender con dientes y uñas las ideas del Presidente”. Un axioma verticalista que por lo visto no admite desviaciones. Dentro, sin discusión; o fuera sin apelaciones, indica, con contundencia, el mensaje.

Mientras la mensajería disciplinaria parece tener visos de auténtica, subterráneamente las controversias y enfrentamientos lucen con su mejor brillo. En unos y otros. Sin disimulo. Muy torpe. El universo K, en tándem, Cristina (de aparente ostracismo, con balcón opacado, ¿jugó apoyando a La Cámpora?), Kicillof, Máximo y por ahí filtrado Massa, juegan en el armado de listas con figuras en apariencia testimoniales (aunque se desmienta); lo que configuraría una nueva (aunque ya vieja) práctica de engaño y burla al votante. Por el lado del oficialismo las cosas no lucen por lo muy prolijas. Idas y venidas que dejan “heridos” en el camino; aunque después el abrazo exultante morigere y disimule el episodio (véase La Derecha Fest). Lo que se dice en el título : “Apagón, listas, peleas y lealtades”. Todo en un caldero para quemar viejas ofrendas en esa atmósfera de la vieja política que se resiste a morir. Porque los “nuevos” que a su vez la niegan, caen en lo sucio y desordenado de la “vieja”.

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