Por Carlos Tórtora.-

Cristina Kirchner enfrentará su encrucijada política más difícil si Axel Kicillof mantiene dos semanas más su exigencia de que el próximo presidente del PJ sea una figura de la gobernación, por caso Verónica Magario. De ir a las urnas el 15 de marzo, las perspectivas de La Cámpora son sombrías. En las filas peronistas el cristinismo está casi agotado. El problema para la expresidente es que, si cede y le deja el paso libre a Magario, habrá certificado la defunción de La Cámpora. No hay que olvidar que ella, debido a la inhabilitación que la afecta por la condena en la causa Vialidad, ya no es presidenta del PJ nacional y la conducción la ejerce entonces José Mayans. Si bien éste es cristinista, no hay duda de que tiene su propia visión política. Con el PJ nacional que se le escapa de las manos, el último baluarte propio es el que defiende Máximo.

Últimamente todos son sinsabores para Cristina, ya que la justicia federal viene rechazando la flexibilización de sus condiciones de detención y se menciona además su mal estado anímico.

Por último, el frente interno del cristinismo ya no es monolítico y hay crecientes diferencias entre la jefa y Magario, Juliana di Tullio y Anabel Fernández Sagasti. Y se dice que por ejemplo Cristina, muy molesta por el apoyo de la CGT a Kicillof, estaría desinteresada de la defensa de los gremios en relación a la reforma laboral.

La mano oficial

Javier Milei es, por otra parte, el otro gran interesado en la interna peronista.

El derrumbe de Cristina sería una pésima noticia para el gobierno, que necesita seguir sacándole el jugo a su dialéctica de confrontación con el kirchnerismo. Polarizar con Kicillof, en cambio, al oficialismo no le sirve de nada. El gobernador no arrastra un pasado de corrupción y autoritarismo y en cambio podría agrandarse, lo que es sencillamente imposible para ella.

Así las cosas, Milei estaría también a punto de sufrir una importante derrota estratégica.

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