Por Italo Pallotti.-

En esta Argentina nuestra, tan pintoresca en sucesos y en personajes que le dan vida; tan especial para hacer que los tiempos se alarguen más allá de lo deseado, tan proclive a que todo suceda vertiginosamente, nos obliga a estar pendiente de cada suceso, como si el mismo fuera lo último, para mal o para bien; según se mire. Hemos sido capaces de permanecer anclados en una secuencia temporal donde han proliferado, casi descaradamente, personajes que, en cualquier otro lugar, hubieran tenido una efímera vida en su trayectoria pública. La política ha servido para generar, desdichadamente, esta camada de hombres y mujeres que han tenido una perdurabilidad verdaderamente notoria; cuando la fugacidad hubiera debido ser lo que merecían. Por sus acciones, sus conductas en el desarrollo y una vigencia inmerecida. Todo ayudado por mecanismos (legales) como el voto que los entronizaron, mucho más allá de sus merecimientos. El fanatismo, la ignorancia, la perversidad en muchos, la complacencia en otros, como el interés y la incomprensión en tantos, fueron casi como un estigma taladrando las conciencias de miles, millones, de ciudadanos presa de una feroz y brutal demagogia y su hermano, el populismo.

En los últimos tiempos, algo que venimos narrando ya como una costumbre, la vida del Congreso de la Nación (Diputados y Senadores) han mostrado una desagradable y ominosa decadencia que ha hecho de ese lugar una representación casi burlesca, ordinaria por momentos y soez, como grosera y brutalmente contraria al sentido estético. Han olvidado las normas mínimas del decoro y el respeto entre sus miembros. Han hecho sucumbir el sentido ético y moral entre pares. Un desagradable clima que baja a la sociedad como un torrente de insultos e improperios, propios de aquellos que hacen proyectar de su vigencia en el recinto, solo un pésimo recuerdo.

A nadie debe extrañar lo que aquí se señala. Años de una conducción patoteril y embrollada en la cúpula de un supuesto partido político, el kirchnerismo, cuya base de sustentación, cuando convenía, el Peronismo, han ido creando un clima que distorsionó las buenas prácticas de la sana, aunque con discrepancias -como hecho obvio- discusión de leyes en el ámbito del Congreso. Y los mensajes que bajaban como una catarata y un esquema de religiosidad fanático y torpe fueron encendiendo pasiones en defensa de lo indefendible que llegaron, por momentos, al ridículo en virulentos discursos y opciones que, de antemano, se sabía que terminarían en fracasos; cuando la realidad social diera el oportuno cachetazo. Un día debía ser. Y fue.

Y así se enrolaron diputados y senadores, que siguiendo los “mandatos” de San José 1111, con su férrea adhesión a las consignas partidarias, deslucidas por los fracasos y la corrupción, fueron de a poco, demoliendo, con su “reina” a la cabeza, las de un Partido como el Peronismo que logró sobrevivir, vía el populismo y la demagogia, durante varias décadas. Hoy el espacio de época que el destino político les había reservado se va agotando inexorablemente. La diáspora partidista se evidencia con crueldad. Ni la base de apoyo de un Sindicalismo verticalista y vetusto; como la adhesión de la Izquierda; ni la militancia, hoy en franca retirada, parecen servir para salvar la caída. Huérfanos de sucesores, por propia culpa. Como será todo que hasta M.A. Pichetto desanda el camino para entrevistarse con la condenada. Ni los aires de la supuesta “Cristina Eterna” (bajo prisión), vociferados por fanáticos, ni la defensa a ultranza de Jefes de Bloques de Diputados y Senadores, desesperados por cumplir con “la Jefa”, ya sirven para evitar, como se dice en el título, los: “Ocasos esperados”. De una y de otros. Los nuevos tiempos traen otros actores para la política. Es de esperar que sepan salir del pantano heredado y subir la cuesta de una Argentina improlija y decadente; pero esperanzada en que lo nuevo sea definitivamente lo mejor para todos.

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