Por Luis Alejandro Rizzi.-

“El acuerdo con Irán será grandioso y significativo, o no habrá ningún acuerdo… Volveremos al frente de batalla y a los disparos, pero más grandes y fuertes que nunca. Y nadie quiere eso”, dijo Trump.

Es obvio que nadie quiere volver al campo de batalla, en especial los propios norteamericanos, y desde otra visión “la economía global”.

La otra cuestión es que “esta guerra” empezada el 28 de febrero pasado no terminará con un claro vencedor ni con una rendición.

Las partes involucradas no son sólo EEUU, Israel, Irán y el Líbano, sino los países árabes, que a su vez tienen sus propios conflictos en sus propias fuerzas del cielo, lo que agrega un ingrediente irracional que son las cuestiones religiosas.

En el caso aplica la teoría del “conflicto permanente”, donde se debe negociar sobre intereses y poder que a veces coinciden y otras se bifurcan.

La amenaza es una pésima estrategia y peor medio táctico, como lo está mostrando la realidad, que en definitiva colocó al estrecho de Ormuz en el vértice del conflicto, dado que el interés económico se convierte en un “poder” que condiciona al poderío militar, donde EEUU e Israel tendrían amplia superioridad.

Medio Oriente es una cuestión en sí misma, y en el caso de Irán gobierna una teocracia que hace de la “fe” un medio irracional de negociación, en el que la muerte se convierte en un sacrificio divino que hace tangible lo intangible, por eso la “amenaza” de Trump se diluye en el vacío de su propia neurosis.

Pero las “fuerzas del cielo” no son tontas, por eso llevan la negociación hacia el estrecho de Ormuz que controla Irán, lo que les permite, por los intereses de otros países, convertirlos en sus aliados y, paradojalmente, fijar los límites de cualquier negociación.

Trump nunca tendrá la victoria que anhela para ofrecerla como trofeo electoral, y el solo transcurso del tiempo lo desgasta y lo afectará en las elecciones de octubre. A los “ayatolas” les sobra el tiempo; sólo deben resistir; a Trump y Netanyahu el tiempo los consume.

A esta altura es imposible pensar en vencedores y vencidos.

Trump pensó en una guerra de un puñado de días. Ya van 90. En esa perspectiva Trump ya perdió, y paradojalmente el costo de la guerra lo pagarán los contribuyentes norteamericanos. Se acuerdan de los plomeros y carpinteros… según había dicho el secretario del tesoro de los EEUU, Paul O’Neill.

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