Por Luis Alejandro Rizzi.-
La tercera acepción de la palabra “hartar” dice, “fastidiar, cansar”, que es el punto al que está llegando la sociedad argentina.
Es un hartazgo mutuo; ésa es su particularidad, pero unos y otros coinciden en que así no se puede convivir.
Es difícil saber si la grieta divide en dos o en más segmentos, porque las causas del “hartazgo” son diferentes, pero hay un punto que hace muy riesgoso el momento, que es la movilización por el sentimiento del odio.
Esto no es nuevo y, si bien ocurrió hace setenta años, sigue viva aquella frase de Américo Ghioldi: “la letra con sangre entra”, que se concretó en fusilamientos y asesinatos por causa política, es decir, por diferencias de opiniones.
Algunos dicen que omito la violencia peronista del “cinco por uno” y la quema de iglesias e instituciones como la del Jockey Club de la calle Florida y la Casa del pueblo en la Avenida Rivadavia.
Por cierto no las olvido, pero una cosa, también reprobable, es la destrucción material y otra muy diferente matar. Lo de Perón no pasó de ser una frase, muy desafortunada, pero que quedó sólo en eso.
El liberalismo argentino fue feroz, y mucho más feroz es esta versión “mileísta”, que promueve la violencia, alentando no sólo el odio, sino la acción de odiar.
Hacer mérito de la intolerancia, y su recurrencia a palabras escatológicas lo autodescalifican y ponen en evidencia la sordidez espiritual del tal Javier Milei, al que no puedo llamar “señor” (persona que muestra dignidad en su comportamiento y aspecto); en su caso no cuadra esta definición.
Nada bueno puede salir de este “mejunje” de odio y licuados de excrementos.
Máxima degradación en un clima en el que la agonalidad parecería ser virtud.
Mañana, en “Los hechos de la semana” ahondaremos en lo que significó la despedida del Señor Messi y la inminente visita pastoral de León XIV.
Dos personas que ocupan espacios sin necesidad de hacerse notar.
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