Por Claudio Valdez.-
Una malograda discípula del profesor Roberto Lavagna, también ministra de economía de Néstor Kirchner, tuvo como ocurrencia excusar los desaciertos e ineficacias de los “programas aplicados” alegando en aquel año 2007: “son tensiones de crecimiento”.
El Siglo XXI se presenta en nuestro país como una época política, económica e ideológica donde los engaños, los chantajes y el soborno aparecen como medios preferidos para el logro de pretendidos consensos. Mediante planificadas operaciones de prensa e incluso sabotajes y terrorismo de baja intensidad, interesados participantes buscan inclinar voluntades: es la “democracia real” que los dirigentes lograron establecer luego de más de cuatro décadas de ejercicio electoral.
Tanto “progresistas” como “globalizadores”, por señalar al socialismo y al capitalismo, incluidos anarco libertarios, según la híbrida terminología de los actuales medios de comunicación, intentan las más variadas explicaciones del fenómeno, escandalizándose con hipocresía por la contradictoria situación. Terminan finalmente atribuyéndola a “tensiones de crecimiento”: aconsejan entonces “tomar más sopa”, insistiendo en que la democracia electoral se perfecciona con “más democracia electoral”.
Un más acertado diagnóstico puede explicar que el padecimiento es causado por “contracturas” de un cuerpo social atrofiado por desidia, pereza y mal empleo “del movimiento” (libertad) promoviendo con preferencia lo contranatural y lo contracultural. Se lleva así lo vital a límites con morbosidad, logrando sólo anticipar “peligro de muerte” (desintegración).
Las estadísticas e interpretaciones oficiales, rechazadas por los opositores, se muestran optimistas pero la realidad encubierta demuestra que “no es verdad que estemos creciendo”. El propio presidente de la nación reclama que se necesita, al menos, treinta años. El crecimiento se exterioriza con desarrollo y se acompaña con madurez, situaciones que no se perciben en nuestra sociedad. La violencia verbal política, las forzadas medidas económicas “liberales” implantadas y la conflictividad social alcanzan para demostrarlo.
La madurez de un pueblo comienza precisamente en la búsqueda del bien común y la unión nacional, con descalificación y rechazo por cualquier extorsión, además de una especial aversión por los forzamientos para alcanzar simulados consensos electorales y legislativos. Este particular tipo de extorsión contiene el germen de lo antisocial y clausura toda posibilidad de legítima acción política democrática.
La compra y usurpación de voluntades no expresan tensiones de crecimiento, ni tampoco pueden favorecerlo. Son manifestaciones de atrofia social, cultural, política y espiritual. Marco Tulio Cicerón supo en su época explicarlo: “Pues es por nuestras propias faltas, no por casualidad o un hecho accidental, por lo que conservamos solamente la forma de la república, habiendo perdido hace ya mucho tiempo su sustancia y realidad”.
Para la Economía, bastaría agregar: en contabilidad nunca 1+1 puede dar 3, como pretendía aquel presidente Mauricio Macri. ¡Ni siquiera en la Argentina!
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