Por Luis Alejandro Rizzi.-
En la noche del domingo, varios supermercados y afines sufrieron un “ciberataque” que elevó la temperatura de cámaras frigoríficas y heladeras a un promedio entre 36 y 50 grados celcius, lo que provocó su inutilización.
No se sabe aún el monto del perjuicio económico, pero más lo es la pérdida de alimentos en un mundo en que existen el hambre y la desnutrición.
El terrorismo es el flagelo del presente que nos muestra la nueva forma de la conflictividad que apunta a objetivos impensados.
¿Qué pasaría si un ataque cibernético lograra suspender el suministro de energía eléctrica en una zona durante un lapso de diez o veinte horas?
El intento de usar un avión de FlyDubai como arma de destrucción terrorista se pudo frustrar por el esfuerzo del comandante herido y la reacción de varios pasajeros, pero si se hubiera logrado tomar el control avión desde su exterior, otro hubiera sido el resultado.
Estos hechos nos demuestran que la conflictividad “posmoderna” ya está en el campo de la IA y ello nos lleva a escenarios imposibles de prever.
Sin embargo, hay una certeza, hoy cualquiera de nosotros es vulnerable.
El concepto de “inseguridad” se ha naturalizado, y de algún modo todos vivimos pendientes de una condición fulminante.
La otra cuestión es que en general los militantes del “terrorismo” son fanáticos, una enfermedad del alma que consiste en la validación de un solo extremo, el de la propia convicción, que es la única “verdad”.
Debemos reconocer que de poco nos sirven las garantías liberales de la institucionalidad republicana, y lo paradójico es que el “terrorismo” se ampara en ellas cuando es identificado.
Es cierto que el terrorismo existió siempre, y que agrupaciones secretas, que operaron durante la última guerra haciendo sabotaje a las fuerzas militares “enemigas”, fueron consideradas como heroicas.
Pero no podemos negar la nobleza de sus fines, sus objetivos nunca eran indiscriminados. Eran más bien actos sustentados en la defensa propia.
Hoy, el terrorismo es “nihilista”, se sustenta en el odio y el daño por el daño mismo.
En definitiva, es una consecuencia de la decadencia cultural y, debemos aceptarlo, cuando no hay creencias, todo medio es lícito en cuatro logra su objetivo.
El odio legitima el uso de las armas del diablo.
La guerra tradicional o más aún la tan temida guerra atómica se convirtieron en una distópica utopía.
Hoy el terrorismo impone el temor a la “inseguridad” y lesiona la confianza en “el otro”. El enemigo convive con uno mismo y es imposible distinguirlo.
El reciente ataque de los Hutes, chiítas, -partidarios de diesi- al aeropuerto de Riad lo fue contra los propios islámicos, no fue contra objetivos militares, fue contra civiles indiscriminados.
Estamos inermes e inertes.
No es la IA, somos nosotros mismos.
Deja una respuesta