Por Luis Alejandro Rizzi.-

“Por último, edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento —la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común, la paz— y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.” Magnífica Humanidad, 14.

Una vez más debemos referirnos al lenguaje, ya no solo del tal Javier Milei y varios de sus acólitos en su cuarta acepción de la RAE.

Milei se sigue refiriendo de modo refinadamente -extremado en la maldad-, en su grosería respecto de quienes no creen o no comparten sus sofísticos dogmas o, en mi opinión, su barbarismo ilimitado, que lo descalifica ya no como “señor” sino como “persona”.

También se descalifica como académico, a lo sumo lo sería de pacotilla -chusma, gente baja y maleante-, ya que la esencia del verdadero académico es aceptar el disenso y la diversidad de opiniones.

Muchos justificaban las groserías de Milei con esa falaz afirmación de que “es así” con lo que se justificaría hasta el peor de los crímenes. Más aún, ser de un modo determinado sería causa legítima de inimputabilidad.

Si Milei “por ser como es” es inimputable, no estaría apto para ejercer un “empleo público” por carecer de idoneidad.

Lo grave es que muchos de sus acólitos también optaron por “ser como Milei”. Siguiendo su “ejemplo”, Caputito, su funcionario eunuco -ver su cuarta acepción- protegido, se refirió al periodista al que se le negó el ingreso al país por su simpatía con el Señor Lula da Silva con epítetos burlones que lo descalifican como persona de bien.

“Ser como Milei” se convirtió en un “estilo cool” del mal gusto, la irreverencia y de vulgaridad reprobable.

Empezamos esta nota con palabras de León XIV, cuya presencia en la Argentina en el próximo mes de noviembre será cuando menos inmanente, aunque deba suspender su viaje por las razones conocidas.

Ese discurso de amistad, que rechaza las palabras portadoras de odio y resentimiento que humillan o enfrentan, sonará en todas las personas de buena voluntad.

En otro párrafo de “Magnífica humanidad”, León XIV nos itera que el Papa Francisco recordaba con fuerza esta dimensión histórica de la misión eclesial, señalando que «nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos».

Desde mi visión agnóstica, diría que ese párrafo no responde sólo a una concepción religiosa de la vida, sino asimismo a todos los que buscamos el bien, en especial en los casos de los que la pasan mal.

Es posible que León XIV no pueda viajar en la fecha prevista, pero su presencia en los corazones de la gente de bien sacudirá este clima de agravios, groserías, obsecuencia y maldad que impera en muchos de los que desempeñan el empleo público en los tres poderes del gobierno.

Más de una vez la ausencia involuntaria tiene más fuerza que la presencia física.

León XIV tiene un lenguaje armonioso, en tono musical, que acaricia el alma y nos genera esperanza.

Es el canto de la buena fe, atrae por su forma y contenido.

Share