Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, tan de cimientos flojos en una cantidad de acontecimientos, parece que el tiempo pasara sin siquiera aprovechar la mínima enseñanza. Desde la precariedad de la cultura cívica que a través de décadas como una especie de karma se encaprichó por votar a los peores, hasta una clase política que subida al tren de aquella conducta de sus ciudadanos poco hizo por mejorar la calidad de sus proyectos, sus decisiones, y por sobre todo, su conducta en el manejo de la cosa pública. Los partidos, que en teoría deben albergar a la dirigencia política en una actitud tantas veces incomprensibles; pero repetida hasta el cansancio, han ido cambiando de color, nombre o escudo como si fuera un juego perverso y de muy mal gusto. Sólo les importa cambiar el tono de los discursos, sus contenidos; aunque con habilidad cínica fueron “aggiornando” la temática a los distintos momentos a efectos de sobrevivir a como diera lugar. Las viejas bases que en otro momento sirvieron para concentrar algún elemento de valía fueron metódicamente a parar a un reservorio que la temporalidad sepultó. Y con ellos también sucumbieron algunos personajes de cierta jerarquía porque no supieron, no pudieron o no quisieron, que sería lo peor, tener la habilidad y la sapiencia de hacer perdurar sus mensajes y sus conductas contagiando, para bien, a las nuevas generaciones. Y éstas, frágiles de principios no hicieron ningún esfuerzo para capitalizar modelos que fueran útiles al conjunto de la sociedad. Y los resultados, mal que nos pese, están a la vista. Una realidad nos cacheteó, sin atenuantes. El solo pensar en el pasado duele, mortifica. Un sentimiento de culpa subyace en el pensamiento colectivo. Un sistema de alarma, como hubiera sido el reflexionar sobre quienes debían gobernar y sus mejores propuestas, no simples enunciados, fracasaron por desidia e incomprensión. O simplemente, al final, porque fue generando un estado de frustración que lo hizo incapaz de reaccionar ante situaciones de inacción.
Nada fue gratis. Supo manifestar Platón (427 a.c.) “El precio de desinteresarse de la Política, es ser gobernado por los peores hombres”. Un ejemplo patético y hasta ridículo es el tema de la “Ficha Limpia”. ¿Es necesaria, en estos tiempos, todavía esta ley para que los condenados por delitos dolosos, corrupción, por ejemplo, de la que somos expertos por estas tierras deba ser motivo de eternas discusiones y entredichos? Simplemente resulta aberrante que los legisladores inviertan horas de debate en una situación tan clara que un mínimo examen racional da por tierra con este increíble asunto. Todo enmarcado en una vergüenza para propios y extraños. ¿Qué se esconde detrás del chicaneo frente al tratamiento de esta norma? Es de un infantilismo político absoluto pretender que tal medida no sea aprobada, sin miramientos. Injustificable por donde se la analice. Ese subterráneo oscuro por el que transita la política, muchas veces, deteriora la confianza que los ciudadanos depositan en sus representantes.
La nota de “color” de esta semana, de nuevo, la constituyó la no invitación a la Vicepresidenta a los actos de celebración del 25 de Mayo. Una imagen que deteriora. Un símbolo de la inmadurez que ronda en la cumbre del poder. Una repetición de formalismos que parecen intrascendentes; pero que no lo son. Si esta celebración exalta valores patrióticos, el episodio los desvaloriza. Son de esos disparates que a nadie le sirven; o sí, ¿quién lo sabe? Una dinámica de la banalización que se acentúa, sin aparentes beneficios, sobre el conjunto de la sociedad que vive añorando viejos tiempos donde las celebraciones patrias constituían un acto donde se percibía la alcurnia del poder de turno. Para solaz y desahogo de una sociedad que se mostraba, o muestra, perturbada por distintas problemáticas. Aunque sea por este “detalle”, no menor, deberían cuidarse las formas. Esto nos lleva a pensar lo que se expresa en el título “Distintos tiempos, los mismos hechos”. ¡Parece mentira! ¿Tanto cuesta cambiar?
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