Por Luis Alejandro Rizzi.-
Ursula von der Leyen, presidente de la Comisión Europea, habló sobre el fin del orden mundial basado en reglas -en el derecho internacional- y, en una declaración posterior, en cierto modo ratificó ese concepto al decir: “Permítanme señalar un punto importante: ver el mundo tal como es no disminuye en modo alguno nuestra determinación de luchar por el mundo que queremos”.
Personalmente soy muy escéptico sobre la realidad del derecho internacional, pero la “cuestión” -problema de problemas- es que también está en tela de juicio el concepto de orden constitucional y de los procesos políticos.
En definitiva, lo que está en crisis es el concepto mismo de “derecho”.
Iría más lejos. Lo que está en crisis es el concepto de legitimidad de ejercicio del poder político, que a su vez nos lleva al deterioro del concepto de “autoridad” como factor de certeza, seguridad y confianza. Autoridad e idoneidad son palabras inseparables, se confunde una en la otra.
Como diría Mirtha Legrand, “el poder político ya no es de mi confianza”.
El gobierno de un país es un proceso de legislación, administración y ejecución, a la vez, sujeto o condicionado al control de legalidad por el llamado fuero contencioso-administrativo, que tiene la última potestad para confirmar o no la legalidad o constitucionalidad de la ley, reglamento o acto administrativo cuestionado o impugnado.
Hecho que ocurre mucho tiempo después de su sanción y promulgación, diluyendo el concepto de justicia. La justicia, para ser tal, debe ser oportuna.
Este proceso, necesariamente largo y a la vez tortuoso, descalificó la legitimidad de los regímenes políticos republicanos con base democrática.
En nuestro caso, el DNU 70/23 tiene pendientes resoluciones judiciales sobre su constitucionalidad, lo mismo que la llamada Ley Bases. Esto es un factor de inseguridad jurídica que descalifica la calidad o legitimidad del sistema institucional.
Este deterioro institucional se agrava porque se mantienen usos propios de épocas pasadas, que hoy se han convertido en vicios.
Por ejemplo, la distinción entre sesiones ordinarias durante nueve meses y extraordinarias sujetas a la discrecionalidad del Poder Ejecutivo debería eliminarse y el Congreso debería sesionar todo el año.
La complejidad de la tarea de gobernar así lo exige.
Tampoco tiene sentido la feria judicial de un año y otra de medio término de dos semanas.
Vivimos una época más veloz que hace no más de 50 años, pero la velocidad institucional se lentifica, lo que -reitero- le quita legitimidad y confianza.
Un mero ejemplo. Fui a una farmacia a comprar un medicamento ordenado por uno de los servicios de seguro de salud. Desde que me atendieron hasta que pagué pasaron doce minutos, que es el lapso que lleva completar el trámite burocrático de la venta farmacéutica.
Con la tecnología disponible, ese trámite de compra de un simple analgésico no debiera demorar más de dos minutos.
Saliendo de lo anecdótico, se advierte que comienzan a consolidarse liderazgos sustentados en la fuerza y su supuesta eficacia.
El procedimiento del proceso, valga la redundancia, lleva a confundirlo con ineptitud, indecisión y debilidad.
Así, el epíteto sustituye al uso de la crítica; el diálogo y debate son muestras de cobardía y de obstrucción; la deliberación es pérdida de tiempo y la agonalidad remplaza a la institucionalidad y al respeto de la opinión ajena.
No es casualidad que hoy existan los Putin, los Trump, los Netanyahu y los Milei, que en nombre de sus propias moralinas crean preceptos morales para justificar su arbitrariedad teñida de sano providencialismo.
Diría que el laicismo se convirtió en religión y la mal llamada IA, en una suerte de cielo divino, desde donde nos contemplan perfectos robots que hacen de la humanidad su ferretería, en la que las personas pasamos a ser cosas fungibles.
Leí algo de Edgard Morin donde señalaba cómo las matemáticas habían deshumanizado a la economía, ciencia social por esencia.
A modo de epílogo, ahora se debe gobernar en modo “eficaz”, y para ello se recurre a los energúmenos, que sólo saben de agravios y prepotencia.
Estos energúmenos tienen legitimad de origen, lo que legitima su ilegitimidad de ejercicio.
Vivimos los tiempos morbosos de Gramsci, que son los Milei, Putin, Trump, los ayatolas y muchos más… los desperdicios de una cultura que parece sucumbir ante la IA.
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