Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, el día a día muestra una cartelera de la que, en un abrir y cerrar de ojos, pasamos de la depresión a la euforia. Los motivos son de lo más variado. Porque son tan disímiles las circunstancias que los provocan que apenas si son, muchas veces, tan fugaces que apenas si podemos capitalizarlos; en unos casos para salir del hecho que nos deprime, o el motivo que nos provoca algún tipo de alegría. Esto nos lleva a plantearnos que siempre estamos en deuda. La voluntad se ensombrece cuando en el horizonte nada parece perdurar un tiempo demasiado prolongado que pinte color esperanza el clima de solidez necesario para su perdurabilidad. La vida del argentino se transforma en un revival constante. En una cotidianidad subyugante, capaz de hacer que lo cotidiano nos lleve a descubrir un camino lleno de sorpresas; para bien o para mal, tantas veces. Pero que esa resiliencia cautivadora nos protege, finalmente, para que los desencuentros, aún con nosotros mismos, puedan abrir caminos de cierta paz interior y de pensamiento positivo. Simplemente como una manera de no claudicar en el intento de ver un poco de luz, al final del camino; aunque éste sea simplemente una cuestión efímera. Apenas si perceptible; mínimamente duradera.
Este fenómeno, con ribetes mundiales, aunque a nosotros nos toca frontal y decididamente comprometido con las emociones, como lo es la Copa Mundial de Fútbol, tiene que ver con el apunte inicial. Dos mundos copados por el fanatismo, la intolerancia y la creencia que la razón tiene tantas aristas como le queramos dar, según nuestras apetencias. Algunos triunfos de nuestro equipo campeón, casi producto de la milagrería, algunas veces, nos depositaron en la cumbre de la consideración general. Todo es celeste y blanco. Festejos que se distribuyen en la “tradicional” salvajada, aprovechando el amuchamiento, donde el resultado final es la agresión a las fuerzas del orden; las “históricas” detenciones que de nada sirven , pues a las pocas horas, generalmente, gozan de libertad nuevamente; y las de aquellos que , con sincera adhesión participan del festejo desgranando toda su pasión futbolera.
En el caso de los los primeros, encuentran en el alcohol o la droga el envión para el festejo. Tan inexplicable esto, como la concurrencia con armas tumberas, el consecuente robo de teléfonos, o la rotura de bienes públicos. Del otro lado una inmensa mayoría, lealmente y con verdadera pasión participan de los festejos. Porque en la intimidad hay un reconocimiento a las conductas de los integrantes del plantel que han puesto todo de sí para transmitir una imagen de orden, disciplina y trabajo, verdaderamente envidiable. Las imágenes de figuras centrales (caso Messi y Scaloni), dan al mundo la impronta de una dupla capaz de dejar para los tiempos un ícono de lo que debe ser una trabajo en equipo. Una categoría personal y profesional que marcará un rumbo imborrable para las futuras generaciones de amateurs o profesionales de este popular deporte. El resultado final, qué según el deseo generalizado es la conquista de la cuarta estrella, será solo una contingencia. Frente a este cuadro de situación vendrán las opiniones, las discusiones sobre la cantidad y calidad de los festejos, los amores propios sobre los méritos del resultado, el aprovechamiento de la dirigencia y política; en fin lo que nos lleva a decir lo del título: “Será posible”. Siempre alguna manchita, esperemos que no, puede oscurecer semejante proeza. ¡Cuidado, señores!
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