Por Luis Alejandro Rizzi.-
La Argentina es un caso aparte, como lo dijo Simón Kuznets, o por lo menos así se repite, como yo lo hago en esta nota, pero es cierto, la Argentina, como Japón, no encaja en la lógica común.
Un caso se está dando en este momento, el dólar se deprecia, según lo muestra el índice DXY (compara la cotización del dólar frente al promedio del yen, libra esterlina, dólar canadiense, corona sueca, euro y franco suizo), fundamentalmente para favorecer las exportaciones de EEUU.
El peso argentino se aprecia para mantener la ilusión de un salario alto en dólares y castigar a nuestras exportaciones y, de paso, una suerte de control de precios.
Así resulta que las importaciones crecen más que las exportaciones y el saldo positivo de nuestra balanza ronda los diez mil millones de dólares, insuficientes para afrontar el pago de la deuda; por eso se rolea y crece inercialmente por el peso de los intereses.
En nuestro caso, las tasas de interés altas, positivas con relación a la inflación, y los límites de devaluación mensual, le dan garantías al “carry trade” (un seguro de cambio), lo que genera ingreso de dólares “financieros” que facilitan la apreciación del peso argentino.
Por supuesto eso no es novedad, viene desde antaño, pero ahora fortalecido por el “síndrome Milei” (ver nuestra nota anterior en este Furgón), es muy difícil explicar, que esta dependencia es una forma de colonialismo.
Quedó demostrado el pasado 9 de octubre, con sólo un puñado de menos de tres mil millones de dólares, se decidió el resultado de una elección y la supervivencia de un gobierno que había colapsado, había logrado estrellar la calesita.
De algún modo fue una operación inversa al secuestro de Nicolás Maduro. Allá sacaron a un presidente, acá lo repusieron al hacerle ganar una elección, cuando nos moríamos de hambre según la fina delicadeza de Donald Trump.
Hace 80 años fue “Braden o Perón, hoy es “Trump y Milei unidos triunfaremos…”
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