Por Luis Alejandro Rizzi.-
La persuasión tiene que ver con cierta capacidad para convencer, incitar, seducir y sobre todo convocar.
Su opuesto, la “disuasión”, es un modo también de convencer, pero negativamente, para no hacer algo que se considera lesivo, fundamentalmente a valores culturales, mejor dicho, éticos y morales.
Obvio, estos modos racionales son los que predominan en la vida para resolver conflictos o lograr consensos
La “imposición” es un medio agonal o compulsivo para exigir una determinada conducta o cumplir con una carga ilegítima.
Referimos estos conceptos a la política, pero en especial a los regímenes que llamamos republicanos, representativos y democráticos.
La autoridad es una cualidad inmanente del poder, que genera certezas, sirve de ejemplo y persuade por nivel cultural y sabiduría.
Es lo que la Constitución denomina “idoneidad”, un concepto integral que ubica el saber profesional en los diferentes oficios, en esa perspectiva que nos da un conocimiento cabal de lo que es la vida, lo que son las cosas, lo que es el mundo y el universo.
En el mundo de las relaciones internacionales observamos que predomina el poder de disuasión, por sobre el de la persuasión, pero cuando se carece de la capacidad de disuasión, crece inversamente el poder de imposición.
El ejemplo típico es el de Ucrania. Rusia invadió a Ucrania el 22 de febrero de 2022, porque menoscabó su poder de resistencia y creyó, hasta ahora con fundamento, que Occidente carecía de capacidad para disuadirla de su objetivo.
Rusia, con la invasión a Ucrania, puso a prueba a EEUU, Europa y a su brazo armado la OTAN, que se limitaron a ayuda logística, pero además puso a prueba el nivel de solvencia cultural de Occidente, y allí se manifestó su total liquidez; más aún, potenció eso que se dio en llamar “contrademocracia”, que se traduce en los fundamentalismos políticos de los extremos, de los opuestos de ese círculo de los repertorios de creencias superficiales y vulgares que ponen a la “Biblia junto a un calefón”.
Los románticos nos dirían que no hay causa digna por la que morir; yo diría que no la hay “para vivir la vida”.
Me asusta el nivel de macaneo que aceptamos, que está llegando a un riesgoso límite de zoncera y de estupidez con eso de la IA, que estamos convirtiendo en una suerte de religión obligatoria, ante la que nos debemos rendir para crear un paraíso terrenal que incluso nos podría instalar en alguna forma de eternidad.
Dentro de poco rezaremos “Padre nuestro que estas en la tecnología…” y los ordenadores serán los nuevos maestros de la educación y sacerdotes de la fe…
El universo, la presencia de Dios, nos contempla en lo mal que usamos ese don de la vida.
Transfugamos sus fronteras.
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