Por Luis Alejandrino Rizzi.-

Esta nota, con pretensión de “ensayo”, no se basa en información, sino más bien en una concepción moral de la política, lo que suena, en estos tiempos, más a contradicción u oxímoron.

Se me ocurre pensar que Lula sabe que tiene posibilidades de ganar el balotaje, y que estos 20 días que restan hasta el domingo 25 podrían ser extremadamente polarizantes y dejar en la sociedad secuelas lesivas para el futuro.

Pienso que incluso sería más grave si lograra ganar el desafío electoral -eso es un balotaje-, porque debería gobernar en clara minoría, lo que podría exacerbar viejas diferencias, de donde el odio se convertiría en un repudiable medio de acción política.

No debería tratarse de una renuncia unilateral sino más bien fruto de una transición negociada, en la que el pasado se retira y lo que parece ser el futuro nace naturalmente.

No se daría ese momento de morbosidad política descripto por Gramsci, en el que uno no muere y el otro no puede nacer.

La morbosidad política contamina, del mismo modo que el consenso construye por sí mismo.

El triunfo de Bolsonaro no me alegra. Creo que es la expresión que se ve en el último informe de Latinobarómetro publicado por Bloomberg, parecería que la tendencia va en dirección a los gobiernos fuertes en perjuicio de las democracias republicanas.

Sebrelli escribió sobre “El malestar de la política”, pero quizás el malestar esté en las sociedades mismas, que viven encandiladas por un bienestar de “vitrinas”, en las que brilla lo inalcanzable para el común de la gente.

Dice Adrián Abonizio en la milonga “La vitrina”:

“Me enamoro porque sí

sin preguntarme la causa,

el corazón es la balsa

que siempre va a la deriva.”

Así son “las gentes”, o lo que Ortega llamó “rebelión de las masas”, como jangaderos de la vida, viven derivando, su orgullo es no tener destino y su destino consiste en vivir insatisfecho.

La vida sería como un viaje a la desesperanza, o al nihilismo extremo que describió Víctor Massuh.

Cuando la gente se expresa a favor de los regímenes fuertes, muestra su propia debilidad, incertidumbre e incultura, y cree sanamente que la fuerza confundida con la arbitrariedad protege y garantiza lo mínimo.

Podría parecer una neurosis colectiva del tipo “enredadera u otra”.

La vida parasitaria nos alienta, y la oscuridad de la ostra nos protege y nos ciega.

La trama social se teje desde la mala fe y la desconfianza, y el crimen organizado se constituye en un medio de vida de una supuesta anormalidad honesta.

Todo trabajo es decente y, como diría Discepolo, desde ser sicario, colchonero o estafador o sabio o cura, todo es igual.

Hoy vivimos la ola del autoritarismo y arbitrariedad, que son la expresión de un falso concepto de libertad o el significante vacío de la “libertad libertaria”.

Estas olas son imparables, llegan con toda su fuerza y furia, destruyen a su paso, pero terminan mansas y dóciles en las playas del sentido común.

La vida es así, gracias a Dios estas olas tienen la duración de lo efímero, pero debemos pensar en volver a construir.

Se puede vivir un tiempo en el nihilismo, unos pocos podrían vivir todo el tiempo, pero los demás necesitan creencias y convicciones por qué vivir.

Lula debe entender, la ola de la derecha es imparable, si gana el balotaje terminará escoriado.

Sería inteligente dejarla llegar, siempre para la gente hay nuevas oportunidades. Debemos pensar en el futuro, pero aprovechando todo lo que la historia nos dice que no debemos hacer.

Para saber qué hacer está la cultura.

Trasmitir cultura y conocimientos es la misión de la educación.

Siendo optimistas, estas olas también barren lo malo.

Lula puede terminar con autoridad su gestión, tiene su oportunidad.

No sólo se gana “ganando”.

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