Por Gabriel Boragina ©
Una lectora de este espacio me hizo llegar una observación a propósito de mi artículo anterior, “Una esperanza para el PRO y el país”. Su comentario merece ser recogido, porque introduce una cuestión que, efectivamente, obliga a actualizar parte del análisis.
Me señala que, a partir del nuevo acercamiento entre el PRO y La Libertad Avanza, habría quedado parcialmente desactualizada mi consideración del PRO como una eventual alternativa independiente del gobierno de LLA.
Tiene razón en una cosa: el escenario ha cambiado.
Pero creo que el cambio no consiste exactamente en que el PRO y LLA estén ahora comenzando a acercarse.
El acercamiento comenzó en diciembre de 2023.
Lo que estamos viendo ahora es, en todo caso, el intento de formalizar, institucionalizar y finalmente blanquear una relación política que existe desde el comienzo mismo de la gestión de LLA.
Y esta distinción no es menor.
EL ACUERDO YA EXISTÍA
Después del triunfo de LLA en el balotaje de noviembre de 2023, una parte fundamental del PRO decidió acompañar al nuevo gobierno.
No fue simplemente un apoyo parlamentario ocasional.
Dirigentes provenientes del PRO pasaron a ocupar cargos en el Poder Ejecutivo; otros se convirtieron en aliados permanentes del oficialismo y numerosos legisladores del partido acompañaron iniciativas fundamentales del gobierno.
Patricia Bullrich es probablemente el ejemplo más evidente, pero no el único.
El gobierno de LLA se nutrió desde sus comienzos de dirigentes, funcionarios y cuadros técnicos provenientes del macrismo. La presencia de antiguos funcionarios del PRO en la administración pseudo libertaria llegó a ser tan significativa que en junio de este año se contabilizaban al menos trece integrantes de primera y segunda línea con antecedentes en gobiernos macristas.
Por eso resulta un tanto artificioso presentar la eventual alianza PRO-LLA como una novedad.
La alianza política ya existe.
Lo que ahora se discute es si habrá que ponerle nombre, sello y estructura electoral.
Es decir: sí habrá que convertir una fusión de hecho en una fusión de derecho político.
LA FUSIÓN FORMAL SERÍA UN ERROR
Y aquí es donde discrepo radicalmente de quienes consideran que semejante acuerdo sería una buena noticia para el país.
A mi juicio, sería una desgracia.
Y lo sería especialmente para quienes creemos en el liberalismo y en el republicanismo.
Porque una cosa es coincidir con un gobierno en determinadas políticas económicas y otra muy distinta es resignar la identidad política propia para incorporarse a él.
El PRO tuvo, con todos sus errores y contradicciones, una característica que hoy resulta indispensable: representó una tradición política distinta del populismo argentino tradicional.
Podrá discutirse cuánto de liberal tuvo realmente el macrismo. Podrá criticarse su gestión económica, sus errores políticos y sus vacilaciones. Pero precisamente por eso resultaría absurdo que terminara disolviendo su identidad dentro de un movimiento cuyo liderazgo, concepción institucional y estilo político son sustancialmente diferentes.
El problema no es que el PRO apoye una reducción del déficit.
El problema no es que apoye la desregulación económica.
El problema no es que acompañe una reforma laboral o tributaria.
Políticas que -aclarémoslo- LLA solo ha declamado, pero siguen sin verse.
El problema es que, al fusionarse con LLA, dejaría de existir una fuerza política capaz de defender esas mismas ideas desde una concepción institucional diferente.
Y eso es precisamente lo que necesita una república. Además de concretar esas promesas incumplidas.
MACRI: ENTRE LA OPOSICIÓN Y EL OFICIALISMO
Mauricio Macri ha tenido una conducta particularmente ambigua frente al gobierno de LLA.
Ha formulado timoratas críticas. Ha advertido al pasar sobre problemas institucionales. Ha cuestionado determinadas decisiones del gobierno.
Pero nunca llegó a ejercer una oposición política sistemática.
Más bien ha oscilado permanentemente entre la crítica y la colaboración, entre el reclamo de autonomía y la búsqueda de acuerdos.
El reciente diálogo entre el PRO y LLA constituye una nueva expresión de esa conducta. La mesa de trabajo creada entre ambos espacios apunta precisamente a encauzar una relación que tiene como horizonte las elecciones de 2027.
Y esto coloca al PRO frente a una disyuntiva inevitable:
¿quiere ser una alternativa a LLA o quiere formar parte de LLA?
Las dos cosas simultáneamente no pueden ser.
No se puede ser oficialismo y oposición al mismo tiempo.
No se puede presentar una candidatura para reemplazar al gobierno y, simultáneamente, integrar electoralmente la coalición que pretende perpetuarlo.
En algún momento habrá que elegir.
LA SITUACIÓN DE LACUNZA
Aquí aparece la importancia de Hernán Lacunza.
Lacunza ha planteado públicamente que quiere competir por la Presidencia en 2027 desde el PRO y ha sostenido que el partido debe ofrecer una alternativa electoral al gobierno de LLA. También ha señalado que existen coincidencias económicas con el oficialismo, pero diferencias importantes en materia política e institucional.
Incluso ha sido particularmente claro al advertir que, si el PRO decide jugar electoralmente con LLA, él no estaría dispuesto a participar de esa misma cancha.
Y allí aparece una posibilidad política que, a mi juicio, merece ser considerada seriamente.
Si el PRO finalmente decide fusionarse con La Libertad Avanza, Lacunza debería abandonar el PRO antes que abandonar la posibilidad de construir una alternativa.
No necesariamente tendría que hacerlo solo.
Podría encabezar una nueva fuerza política o construir una alianza con partidos y dirigentes menores que estén dispuestos a defender un programa inequívocamente liberal y republicano, pero simultáneamente ejercer una oposición clara frente al gobierno de LLA.
No se trataría de volver al pasado.
Tampoco de reconstruir la antigua Juntos por el Cambio.
Se trataría de construir algo nuevo.
LA ARGENTINA NECESITA SALIR DE LA TRAMPA DE LA POLARIZACIÓN
Porque hay algo que deberíamos empezar a discutir seriamente.
La Argentina está atrapada en una polarización que presenta dos alternativas supuestamente inevitables:
el populismo de izquierda y el populismo de derecha.
De un lado, el PJ-Kirchnerismo.
Del otro, La Libertad Avanza.
Uno reivindica el Estado omnipresente, el gasto público, el intervencionismo, la política distributiva y el liderazgo carismático de izquierda.
El otro reivindica (solo en el discurso) el mercado, la reducción del Estado y la libertad económica, pero incorpora una concepción política fuertemente personalista, confrontativa y, en demasiadas ocasiones, poco respetuosa de las formas institucionales republicanas. Además de mantener el gasto, restricciones económicas y mercados cautivos.
Uno habla en nombre de los pobres.
El otro habla en nombre de quienes pagan impuestos. Pero en los hechos los mantiene.
Uno demoniza al mercado.
El otro demoniza a la política, pero igual la ejerce.
Uno convierte al Estado en la solución de todos los problemas.
El otro parece convertir al Estado en el problema de todos ellos.
Pero ninguno de los dos monopoliza el liberalismo ni el republicanismo.
Y ese es precisamente el punto que debería interesarnos.
LIBERALISMO NO ES LLA
Conviene decirlo claramente porque la confusión empieza a resultar peligrosa.
Ser liberal no significa ser necesariamente »libertadavanzista».
Y ser republicano es todavía menos compatible con la idea de que un determinado líder sea políticamente imprescindible.
El liberalismo supone defensa de la libertad individual, propiedad privada, economía de mercado, competencia, responsabilidad fiscal y límites al poder estatal.
El republicanismo supone división de poderes, respeto por las instituciones, controles, independencia judicial, libertad de prensa, alternancia, responsabilidad de los gobernantes y límites efectivos al poder.
Es perfectamente posible coincidir con LLA en algunas de las primeras cuestiones y discrepar profundamente en las segundas.
De hecho, esa combinación es precisamente la que podría dar origen a una alternativa política verdaderamente novedosa.
EL ERROR SERÍA DEJARLE A LLA EL MONOPOLIO DEL LIBERALISMO
Si el PRO se fusiona con LLA, se produciría una consecuencia particularmente negativa.
El electorado argentino quedaría nuevamente condenado a una elección binaria.
Quien quiera políticas económicas liberales tenderá a creer (erróneamente) que deberá votar a LLA.
Y quien quiera oponerse a LLA deberá terminar votando al PJ-Kirchnerismo.
Es una falsa disyuntiva.
Y es, además, políticamente funcional a ambos extremos.
Porque ambos necesitan que el otro exista como enemigo.
El peronismo K necesita presentar a LLA como la única expresión posible de la derecha.
LLA necesita presentar al peronismo K como la única alternativa posible a su gobierno.
Y si el PRO desaparece como tercera opción, ambos ganan.
Pierde, en cambio, el ciudadano que quiere libertad económica sin populismo, mercado sin autoritarismo, reducción del Estado sin destrucción institucional y firmeza política sin personalismo.
UNA TERCERA FUERZA
Por eso la eventual desaparición del PRO como fuerza autónoma no debería ser interpretada simplemente como una reorganización electoral.
Podría ser la desaparición de una oportunidad.
La Argentina necesita una tercera fuerza.
Pero no una tercera fuerza destinada a ser una simple variante electoral del mismo esquema.
Necesita una fuerza genuinamente liberal y genuinamente republicana.
Una fuerza que no tenga miedo de defender el mercado frente al populismo de izquierda, pero que tampoco tenga miedo de defender las instituciones frente al populismo de derecha.
Una fuerza que pueda decirle al PJ-K:
no volveremos al pasado.
Pero que pueda decirle simultáneamente a LLA:
tampoco estamos dispuestos a entregar el futuro a un nuevo populismo.
Ese espacio existe.
La pregunta no es si existe electoralmente.
La pregunta es quién tendrá la inteligencia, la valentía y la decisión de ocuparlo.
EL PRO TIENE QUE DECIDIR
Por eso vuelvo a la observación de mi lectora.
Sí: el nuevo escenario obliga a modificar el artículo anterior.
Pero no porque ahora haya aparecido una alianza entre PRO y LLA.
La alianza ya estaba.
Lo que está ocurriendo ahora es algo diferente: se intenta convertir esa alianza informal en una alianza formal.
Y si eso finalmente ocurre, el PRO deberá aceptar las consecuencias.
Habrá dejado de ser una alternativa a LLA para convertirse en una parte de LLA.
En ese escenario, quienes todavía quieran construir una alternativa liberal-republicana tendrán que hacerlo por fuera.
Y allí la figura de Hernán Lacunza podría adquirir una importancia que hoy todavía no estamos en condiciones de medir.
Lacunza tiene una oportunidad.
Puede convertirse simplemente en otro dirigente del PRO que termina subordinado a una negociación electoral.
O puede entender que la verdadera cuestión no es salvar una estructura partidaria.
La verdadera cuestión es evitar que la Argentina vuelva a quedar atrapada entre dos populismos enfrentados.
Si el PRO se fusiona con LLA, habrá que construir otra cosa.
No necesariamente contra el liberalismo.
Precisamente para salvarlo de ser confundido con LLA.
Y no necesariamente para defender a la vieja política.
Precisamente para recuperar la República.
Porque una democracia saludable no puede depender eternamente de elegir entre el populismo que promete distribuirlo todo y el populismo que promete destruirlo todo.
Necesitamos una alternativa que sepa hacer algo bastante más difícil: construir.
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