Por Italo Pallotti.-
En esta Argentina nuestra, esa por la que tantos sueñan verla en el pináculo de los más reconocidos, han pasado los tiempos sin que ese objetivo se haya cumplido. Una multiplicidad de razones han convergido, desdichadamente, para que algún proyecto, en apariencia posible, fuera a parar a un canasto reservado a las cosas con patente de fracaso. Pueblo y gobierno, qué en definitiva, no son sino la misma cosa se las han ingeniado, casi meticulosamente, para que algún camino pródigo en buena estructura institucional se viera derruido porque, al igual que cualquier ruta, le faltó el sostenido mantenimiento. El primero porque no tuvo la suficiente capacidad y olfato para elegir, al menos, los que tenían antecedentes, sin ser brillantes, al menos con una solvencia que deparara alguna esperanza sobre su solvencia y conducta. Y en cuanto a lo segundo, una vez instalado en los espacios del poder, no pudieron, no supieron o simplemente no lo intentaron siquiera ponerse al hombro la gestión con la mínima sapiencia, responsabilidad y decoro que implica la función pública. Cada campaña fue, sistemáticamente, una extraña visión de hombres y mujeres duchos en el arte de tirar propuestas para convencer a un público anhelante de ver al mejor. Todo ilusorio. Todo chamuyo politiquero, en cuyo arte son expertos.
La sucesión, por décadas, de esa instancia tuvo, casi sin excepciones, un sistema que resultó la imagen misma del fiasco. Se las han ingeniado para tirar al ruedo una imagen de ternura, vivacidad y compromiso catapultando promesas que de antemano se sabía no se iban a cumplir. Porque una vigencia posterior fumigó todo lo proyectado. Hubo en cada intento una fugaz acción, que pareció deliberada, donde la esperanza tuvo algo de vigencia. Apenas si leve, luego la sincronía del fracaso la devoró. Porque los tiempos para la comunidad nacional (Pueblo y Gobierno) subyace como un fenómeno que no importa perder. Este lastimoso hecho nos han llevado a frustrarnos de un modo irracional. ¡Y aquí estamos!. Apenas si alguna semillita parece asomar en la superficie (Minería, Petróleo -Vaca Muerta-, el Agro) para encender alguna lucesita. Desde ya que en proyectos a largo plazo. Hoy la receta a aplicar tiene que ver con los sectores deprimidos (Industria, Comercio, Pymes, clases bajas de la Sociedad) sobre los que parecen estar estancados en la estructura de la gestión. Con la expresión machacada de la libertad, poco se hace. Los hechos que compatibilicen con una detonada sufriente carencia en los sectores más desprotegidos, esperan su turno. La discursiva se orienta al futuro; eso está bien. Mal sería seguir atada la visión al espejo retrovisor; pero para evitarla, la acción debe ser prioritaria, un ya sin atenuantes. Los riesgos son muy altos.
El lanzamiento de la campaña para las presidenciales ya tocaron la puerta de la expectativa popular; aunque a tantos poco le interesa, pues el cada día lo absorbe demasiado. Resulta que ahora la sabiduría sobre las soluciones a los problemas del país corren por cuenta de la oposición, más que del propio gobierno. Éste envuelto en internas para salvar la ropa de una gestión vapuleada por el día a día. Un Congreso desesperado por sacar leyes fundamentales. Una búsqueda a priori de coaliciones para accionar acuerdos que aseguren números, para hoy y para mañana; porque el temor y algunas encuestas provocan escozor. Mientras la oposición, con los viejos personajes que más que hablar debería llamarse a un prolongado silencio, revuelve fantasmas, coadyuvados por las mismas rancias promesas de antaño. Esto nos lleva a pensar, como se dice en el título, que “son audaces”. Definitivamente, con la consabida esperanza en la amnesia de un pueblo que ya se equivocó, es cierto, demasiadas veces.
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