Por Jorge Eduardo Acosta.-

En homenaje a los 200 años del regreso a la patria de los últimos granaderos libertadores, cuando fueron sometidos al exilio (en ese caso interno) que, según nos marca nuestra cíclica y atormentada historia, les fue reservado a todos los que hicieron algo por lo que descollaron al servicio de la patria.

El retorno de San Martín – Brown y su mensaje

El arribo de la “Chichester” y el escenario político (1829)

La recepción y la firme decisión de no desembarcar

El eco de la renuncia y el destino de la gloria

El amargo retorno de José de San Martín en la “Countess of Chichester” en 1829 y el triste desamparo impuesto a sus Granaderos en 1826 operan en nuestra historia como el síntoma temprano de una tragedia recurrente: la dolorosa asimetría entre el desinterés de los héroes fundacionales y las mezquindades de las facciones políticas en pugna.

Las cartas del Libertador, preñadas de una lucidez sombría, no hacían más que constatar que sus antiguos soldados -aquellos que derramaron su sangre en un continente entero- habían sido aislados del tejido social y diluidos por el desprecio burocrático de un centralismo ciego a la gloria.

En ese espejo de ingratitud debió mirarse San Martín al negarse a desembarcar.

Es allí donde cobra una dimensión monumental el proceder del Almirante Guillermo Brown: ejerciendo el gobierno interino en medio de la borrasca civil, el marino de Irlanda comprendió de inmediato la estatura ética de la negativa sanmartiniana.

Aunque Brown representaba a las autoridades de Buenos Aires y necesitaba la espada del prócer para pacificar la provincia, optó por respetar su neutralidad, tendiendo puentes de correspondencia que resguardaron la dignidad del Padre de la Patria por encima del lodo de la guerra fratricida.

La repercusión histórica de este cruce de voluntades es elocuente.

Al blindar su sable contra las luchas intestinas, San Martín salvó su legado moral para la posteridad; mientras que Brown, quien poco después también renunciaría hastiado de los excesos políticos, legitimó con su caballerosidad el principio superior de que las armas de la patria sólo pertenecen a la libertad de los pueblos, jamás a la tiranía del odio doméstico.

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