Por Luis Alejandro Rizzi.-

Es una pregunta que creo nadie o muy pocos se han hecho.

La cuestión y la respuesta se pueden analizar desde diversas perspectivas y según donde estemos ubicados.

La primera que se me ocurre es desde la posición de “habitante administrado”.

Milei sabe administrar dos temores esenciales. Uno nos describe el pasado como una pesadilla cuyo recuerdo nos horroriza, y la sintetizamos desde los “gobiernos de facto” que conformaron parte del régimen institucional entre 1930 y 1983.

El golpe de estado era una alternativa deseada y, por lo tanto, legitimada por la sociedad.

Luego, en la perspectiva de la historia esos gobiernos de facto se convirtieron en dictaduras y en un tacho de basura de todo lo malo que puede ocurrir en la vida.

Remover esa basura atemoriza por la sencilla razón que lo hacen otras generaciones que no vivieron esos tiempos. Se pone la lupa en el daño y se oculta la circunstancia en la que ocurrieron los diferentes hechos…

Finalmente se fomentó y fomenta una división en la sociedad entre el “peronismo” y el “antiperonismo”. El peronismo se incubó en el golpe de 1943 y se legitimó en las elecciones de 1946 que el antiperonismo, representado por Unidad Democrática, perdió.

En esta nota no viene al caso analizar al “peronismo” en su calidad, sino en esa división en cuyo nombre se “fusiló por decisión documentada en un decreto” y se mató clandestinamente -leer Operación masacre de Rodolfo Wlash- al son de “letra con sangre entra”, justificando verdaderos crímenes políticos por parte del “antiperonismo”, que sería el segmento social ilustrado.

La moral política estaba del lado del “antiperonismo”.

Al amparo de ambos regímenes políticos y de prácticas corruptas, nació una nueva burguesía empresaria, en un momento fueron “los capitanes de la industria” a quienes se les haría muy difícil explicar su enriquecimiento, pero que se legitimaban militando del lado de los diferentes oficialismos, sea de modo activo, celebrando a los gobiernos cuando sus decisiones los favorecían, o de modo pasivo cuando los perjudicaban, en estos casos callando o quejándose en baja voz.

En esos años, que van desde 1946 al 10 de diciembre de 2023, se formó “la casta”, un conglomerado político empresario y gremial, que hizo del estado su fuente de ingresos, cada vez con menos discreción. La corrupción se institucionalizó, y fue su medio de vida.

Hubo, también es cierto, un modo perverso de aumentar los ingresos, el famoso “dinero disponible”, mediante la alteración de la relación de precios subsidiando el consumo.

Así, el impuesto inflacionario se institucionalizó y se naturalizó, ya que en los hechos multiplicaba el valor del salario o ingreso nominal.

El fenómeno Milei ocurre cuando “la casta” ya no se pudo financiar.

En la crisis del 2001/2, si bien hubo un estallido, “la casta” se reacomodó de inmediato, ya que contaba con la reserva de capital creada durante la década del 90, la década de la convertibilidad de nuestra moneda.

Milei gana en noviembre del 23, porque “la casta” se quedó desnuda, “sin plata”, eslogan que Milei supo usar ante una sociedad que sabía, cualquiera fuera su posición, que era cierto que “no había plata”.

De algún modo tomamos conciencia de que éramos pobres, no sólo por insuficiencia del ingreso, sino porque el país era una ruina.

La sociedad tuvo “miedo”; ser pobre no asusta, pero sí intimida “volverse pobre”.

Es obvio que el “ajuste” tan temido que deberían haber hecho los “gobiernos de facto”, esta vez se haría de modo salvaje por sí mismo y dentro del régimen institucional.

Así se explica que Milei pueda gobernar en minoría, con rasgos de “gobierno de facto”, recurriendo al DNU, creado en la constitución reformada en 1994 para supuestos excepcionales de emergencia y urgencia.

Esto explica la tolerancia del Poder Judicial y Legislativo ante el abuso del recurso de los DNU, por otra parte, sancionados sin respetar el procedimiento constitucional.

Lo grave fue que el propio régimen institucional creó la llave para facilitar el autoritarismo y fortalecer el Poder Ejecutivo en perjuicio de los otros dos, el Judicial y el Legislativo.

La cuestión era que, ante esa realidad existente en diciembre de 2023, nos faltó una elite culta para administrar la grave circunstancia, respetando derechos y garantías de justicia social, prudencia política y calidad institucional.

Hacía falta el ejercicio del poder con “autoridad”.

Esa es la virtud de la que carece Milei y la gente que lo acompaña, traders, oportunistas y “sabios bárbaros” -colosos del disparate y la barbarie- con mucho de eso último y poco y nada de sabiduría.

Milei es un verdadero energúmeno con todos los vicios, y explota, en su beneficio, los de la debilidad humana y ninguna de sus virtudes.

Los hermanos Milei saben atemorizar, porque conocen las miserias de la “casta”, pero los casos que se iniciaron con $LIBRA, el fentanilo, ANDIS y la falta de idoneidad para gobernar, nos muestran esta otra cara oculta “de la casta”, que invoca “las fuerzas del cielo” (sic) y se autocalifica como lo mejor de la historia.

La resistencia a morirse de lo viejo genera esta morbosidad presente que tiene nombre y apellido, “Los Milei”.

La “casta” no muere y puede convertirse en epidemia. Ya no sería la gripe española de 1920 ni el Covid del siglo XXI, es el “mileísmo” lo que nos asusta, porque como tragedia, nos augura un destino fatal.

La “morbosidad” es rentable, y crea esta versión funeraria que es el “anarcocapitalismo” con sus sociedades impersonales, pobladas de avatares y robots.

Lo que nos asusta es la atracción nefasta e irresistible de todo agujero negro, que hoy en la vida pública son “los Milei”.

En ese temor los Milei edifican su fuerza electoral, el miedo, como la basura y la falta de escrúpulos es también un negocio político rentable.

Nos quedan 14 meses para encontrar la alternativa que debe dejar de lado la relación “peronismo-antiperonismo” por otra que administre los recursos con racionalidad y con empatía social, sin mirar de dónde se proviene y sin prontuario.

Esta vez debe ser un comienzo de un nuevo y diferente comienzo, lo nuevo debe nacer y sepultar el morbo de lo viejo moribundo, siguiendo a Gramsci…

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