Bla, bla, bla

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La magnitud del drama humano que implica el éxodo en condiciones precarias, a menudo letales, de cientos de miles de refugiados y de emigrantes económicos, en busca de asilo los primeros y de condiciones dignas de vida los segundos, conmueve a todas las personas que conservan un mínimo de sensibilidad social. Y las impulsa a buscar los medios apropiados para prestarles ayuda, tanto individual como colectivamente. Como siempre, cuando se llega al punto a partir del cual hay que tomar medidas concretas, más allá de los buenos deseos, afloran los problemas prácticos, muchos de los cuales tienen su raíz en la naturaleza humana. Naturaleza que, inevitablemente, comparten las víctimas, los victimarios y los salvadores potenciales. Es a este punto límite al que hemos llegado y a partir de él entramos en el territorio del bla, bla, bla.

Voluntarismo estéril

La complejidad del problema facilita la aparición de un variopinto elenco de portadores de soluciones. Merecen respeto y atención los auténticamente solidarios que, sin embargo, se estrellan contra obstáculos tan insalvables como lo son las trabas burocráticas y las indispensables medidas de seguridad, las cuales, a su vez, desembocan, precisamente, en las estremecedoras escenas de hacinamiento y muerte que difunden los medios. Si se desea que la migración se ciña a las normas de una sociedad organizada y no dé pretextos a los agitadores xenófobos, ni allane el camino a los yihadistas infiltrados, pretender que esas trabas y esas medidas desaparezcan es una muestra de voluntarismo estéril. Si viviéramos en el mejor de los mundos los esfuerzos de los solidarios fructificarían civilizadamente, pero, por desgracia, este mundo no es el mejor ni lo parece.

Tenemos, por ejemplo, el caso de los sabihondos con ínfulas de estadistas, cuya panacea es un quimérico Plan Marshall que llevaría la igualdad y la prosperidad a los países africanos, cuyos habitantes ya no sentirían la tentación de arriesgar la vida embarcándose en frágiles pateras para llegar a la tierra de promisión europea. Bla, bla, bla. Los fondos así transferidos irían a parar a las cuentas suizas de los sátrapas locales, que además ya han negociado planes de desarrollo con los colonizadores chinos, cuyo ideario comunista no los disuade de explotar la mano de obra esclava local en yacimientos y plantaciones de donde huyen, qué duda cabe, los trashumantes.

Estrategas de café

Merecen un párrafo aparte los estrategas de café que se jactan de tener la fórmula mágica para salvar a los oprimidos y ahorrarles el calvario de la emigración. Es muy sencilla: Occidente debe derrocar a los dictadores que los pérfidos europeos y estadounidenses entronizaron, armaron y continúan armando, reemplazándolos por los representantes legítimos del pueblo elegidos en comicios democráticos. Vaya, repetir la sonada experiencia de la primavera árabe. Curiosamente, a la cabeza de estos estrategas están los mismos iluminados que estigmatizaron como criminales de guerra a Bush, Blair y Aznar (siempre se olvidan de Durao Barroso) porque se aliaron para derrocar a Sadam Husein con el argumento de que tenía armas de destrucción masiva, cuando sólo era un amable pacificador que daba alojamiento gratuito a miles de presos políticos y experimentaba con un modesto arsenal de gas mostaza y gases nerviosos que su colaborador, el general Alí Hasán al Mayid (Alí el Químico), utilizaba para sedar definitivamente a los kurdos revoltosos de Halabya. Bla, bla, bla.

Hoy estos estrategas improvisados culpan al trío-cuarteto de las Azores del éxodo masivo de iraquíes, pero olvidan que ellos pidieron a gritos el derrocamiento del crápula Muamar el Gadafi y que este derrocamiento sumó a dicho éxodo masivo una multitud de libios que huyen de su país descuartizado por las tribus. Y no hablemos del sanguinario Bashar al Asad. Los estrategas de pacotilla no saben qué hacer para librarse de este asesino aliado de los chiíes iraníes y de Hezbolá, cuando quienes combaten para sustituirlo son los yihadistas suníes y los milicianos kurdos por un lado y los degolladores del Estado Islámico por otro. Bla, bla, bla. Evidentemente, los millones de fugitivos sirios no cifran grandes esperanzas en estas alternativas y siguen huyendo.

Fue un éxito de las potencias occidentales que los animistas y cristianos de Sudán del Sur se emanciparan del resto del país y dejaran de vivir y, sobre todo, de morir oprimidos por el feroz Omar al Bashir. Pero ahora los sureños huyen en masa de su propia guerra civil y comparten las penurias del éxodo con sus excompatriotas norteños. Más y más refugiados, que se suman a los de Afganistán y Yemen. Sólo falta que los exportadores de democracia derroquen al despótico Al Sisi para que Egipto nutra las columnas de refugiados con las víctimas de los Hermanos Musulmanes y de la sharia. O no. También es posible que las almas caritativas -esas que abominan de los drones de Obama- nos obliguen a recibir con los brazos abiertos a los Hermanos Musulmanes y predicadores de la sharia que huyen de la implacable represión con que los castiga el dictador egipcio, que, como dijo Franklin D. Roosevelt refiriéndose al tirano nicaragüense Tacho Somoza, “es un hijo de puta pero es nuestro hijo de puta”.

Chocamos con la realidad

La composición de la masa de fugitivos es muy heterogénea y la necesidad de separar a los refugiados políticos de los migrantes económicos y de determinar la veracidad de sus explicaciones y antecedentes prolongará los trámites hasta límites insoportables. Aquí es donde chocamos con la realidad que aflora en la pregunta de Walter Lacqueur: “¿Un problema sin solución?” (LV, 1/9). Pronostica Lacqueur:

Pero no se ha advertido que la verdadera crisis apenas comienza. Lo que vemos es sólo el preludio de la obertura de la crisis y nadie en Bruselas o en otro lugar tiene la más remota idea de qué hacer al respecto. (…) La auténtica crisis que deberá afrontar Europa será la corriente de refugiados de África. África siempre fue el gran continente menos poblado. Hoy África cuenta con más de mil millones de personas. En tan sólo una generación habrá dos mil millones. También es el continente más joven y las mujeres africanas no saben nada sobre control de la natalidad o no tienen los medios para practicarlo. (…) El problema -dice todo el mundo- tiene que ser abordado no en Europa sino en África, en la fuente del mismo. Pero nadie ha encontrado hasta ahora una forma efectiva de hacerlo.

Taras congénitas

Los gobiernos europeos están desbordados y sumidos en contradicciones. En España se moviliza la buena gente, pero escasean los medios materiales. Leemos: “Alud de familias para acoger a refugiados en Barcelona” (LV, 2/9); “La red de ciudades refugio crece como una bola de nieve” (LV, 4/9). Sin embargo, la realidad frena los excesos de voluntarismo y, por qué no decirlo, de demagogia. Un descarnado editorial pone filtros a la avalancha (LV, 5/9):

Conviene que los gobiernos estatal, autonómicos y municipales se coordinen para que la acogida de asilados procedentes de países con graves problemas humanitarios dispongan de lo más básico. Es decir, vivienda, de forma provisional, servicios de sanidad y escuelas para los niños, así como de una ayuda económica básica y temporal para que puedan vivir con dignidad y, después, rehacer sus vidas en el lugar de acogida, si es que así lo deciden. La segunda prioridad es que esté claro qué personas y familias tienen derecho a este tipo de ayudas, por distinguirlo del emigrante económico, cuyo tratamiento es y debe ser de otro cariz. Y en tercer lugar, cuáles son los fondos necesarios para satisfacer estas medidas y en qué presupuestos se articulan.

Estas precauciones no son superfluas y los y las líderes de la solidaridad deberían tomarlas en cuenta si se recuerda que, según el catedrático Josep Oliver Alonso (LV, 4/9), en Cataluña “la exclusión social se acerca a niveles trágicos y (…) en cerca del 20% de los hogares pobres vive casi el 30% de los niños”. ¿Por qué nadie organiza gigantescas movilizaciones sociales para ayudar a estas víctimas silenciosas que ya se encuentran entre nosotros? Pues porque no es políticamente rentable. Como tampoco es políticamente rentable normalizar la situación de la minúscula pero fastidiosa comunidad de manteros senegaleses.

Con un añadido inquietante sobre la forma en que funciona la solidaridad entre compatriotas. El día 4 de septiembre, cuando La Vanguardia subrayaba en la página 4 del suplemento Vivir que “La red de ciudades refugio crece como una bola de nieve”, la página siguiente exhibía un titular muy destacado: “El plan hidrológico del Ebro reabre la guerra del agua”. El texto tampoco tiene desperdicio:

Tres comunidades autónomas más, Valencia, Navarra y País Vasco votaron ayer en contra, aunque cada una por motivaciones bien distintas. (…) En el Consejo del Agua de ayer la Comunitat de Regants de l’Esquerra de l’Ebre sí votó en contra del plan pero la de la Derecha lo hizo a favor, como era previsible.

Todo indica que debemos dar una respuesta desoladora al interrogante que plantea Lacqueur: no, el problema no tiene solución porque es producto, como muchos otros igualmente irresolubles, de las taras congénitas de la naturaleza humana. Lo que no nos exime de seguir buscándola, sin dejarnos aturdir por el bla, bla, bla de los políticos desconcertados, de los demagogos sin escrúpulos y de los buenistas autodestructivos.

Eduardo Goligorsky

Libertad Digital

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